El proyecto maduro

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El ocho de julio de 1990, un solitario gol de penalti anotado por Andreas Brehme estampaba sobre el águila de la federación alemana de fútbol la tercera estrella de campeones del mundo. Fueron un gol, y una resolución de la final, muy propios de aquel sólido, fiable, pero poco dado al artificio equipo alemán: un penalti en la recta final del choque anotado por un lateral izquierdo de maneras no precisamente refinadas cuadraban a la perfección con lo que transmitía aquel seleccionado de Beckenbauer. Pasaron veinticuatro años y, aunque el método había cambiado radicalmente, la Mannschaft volvía a dominar con puño de hierro el planeta futbolístico. Fue otra vez con un gol solitario, casi robado y medio clandestino en un escenario en el que ya no se le aguardaba. Un gol, aquel de Maracaná, que, como en el 90, resumía y definía al equipo que coronaba como Weltmeister por cuarta vez en la Historia.

La Alemania de 2014, la que se coronó en la noche de un trece de julio en Río, rubricó una obra que se había iniciado doce años antes. O cuatro Mundiales antes, para los que seguimos midiendo el tiempo en la escala mundialista. Su gran éxito en la cita brasileña justificaba además el giro estilístico de la nueva Alemania futbolística del siglo XXI, aquel que se inició con Jürgen Klinsmann y logró su sublimación de la mano de Joachim Löw, y disipaba cualquier tipo de duda resultadista que pudiera haber surgido en torno al proyecto. Adiós, reticentes. Por si aún quedaba alguno por ahí aferrado a su jarra de Paulaner añorando los tiempos de la Alemania rocosa y más difícil de vencer que vencedora de las décadas precedentes.

El equipo de Löw fue campeón en Brasil porque demostró con creces ser el que mejor jugaba al fútbol en aquel torneo. Creía en su estilo, en un fútbol guionizado a partir de interminables y complejas frases subordinadas, de jugadas eternas y repletas de requiebros que siempre parecen esconder alguna sorpresa imprevisible. Contaba además con el servicio de una generación de esas que marcan época. Alguien dijo alguna vez que el fútbol de selecciones nacionales tiene mucho de generacional. Que de nada sirve tener una historia de peso detrás si ésta no se acompaña de un grupo óptimo, una plantilla que aúne veteranía y juventud y que llegue a la cita señalada en el momento más dulce de sus respectivas carreras. Alemania, con Kroos, Müller, Neuer, Boateng o Götze en su punto álgido, lo consiguió como lo había conseguido España cuatro años atrás en la cita sudafricana. Nadie juntaba en el último Mundial tantos y tan buenos futbolistas como el combinado germano, así que explicar su éxito resultó tarea relativamente sencilla.

Alemania hizo además historia perfeccionada con aquel título al ser la primera selección europea en conquistar el triunfo en suelo americano. Lo conquistó, por si fuese poco, habiendo batido en su camino a la anfitriona Brasil -y de qué manera- y a Argentina, las dos grandes fuerzas futbolísticas del continente americano. Y lo hizo abrazada a un nuevo arquetipo futbolístico, ubicado precisamente en las antípodas de su muestrario histórico. Entregada y consagrada a un fútbol que encumbra pequeños centrocampistas con cara de muñeco como Mario Götze y destierra sin ningún miramiento a gigantes de músculo sólido y maneras de autómata (y no estamos pensando en Michael Ballack, no). Alemania fue en 2014 el campeón amable, bonito y vistoso. El que lo logra con merecimiento y justicia indiscutibles y con el reconocimiento íntegro de aficionados de todo el planeta.

Uno ve jugar a esta nueva Mannschaft, exuberante y ajena a cualquier tipo de especulación, y ya no se le saltan de los dedos los hasta hace poco recurrentes símiles de origen militar. Ya no aparecen los panzer, ni la Blitzkrieg, ni la Luftwaffe cuando uno habla de los germanos. No es necesario. A la tradicional fiabilidad y robustez ha unido el virtuosismo. Otra Alemania es campeona del mundo. Y otra Alemania, renovada y rejuvenecida con el aporte de los ter Stegen, Kimmich, Rüdiger, Emre Can o Timo Werner, fiel a su estilo y bajo la advertencia del tropiezo del Vélodrome en la Euro de 2016, aspira a reeditar título en Rusia.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com