Al otro lado de la carretera

Imagen: CF La Nucía

Las mañanas de los días de partido, César limpiaba los cristales de su tienda de deportes como ritual para espantar los nervios, danza de la lluvia con trapo y barreño. Tavernes de la Valldigna, obertura de la sinfonía del fin de siglo. Un planeta incrustado en el punto medio entre oasis del veraneo mesetario, Cullera, Gandía, en la vertiente vedada de la carretera de la costa. Tavernes, orgullosamente ajena a la ignorancia de los viajeros que siempre miran al otro lado cuando rozan sus estribaciones, miran al mar, lo azul, lo evocador, lo hermoso, nunca lo que ellos consideran vulgar. A César todo aquello le daba igual. Cristales, sólo los cristales de la tienda. Sólo el partido de aquella tarde. Picassent, Paiporta, Carcaixent. Humedecer el trapo en el agua enjabonada, elegir la defensa, escurrir el trapo, escoger a los medios, sacar brillo al escaparate, seleccionar la delantera. Tavernes: exiliada de los folletos turísticos y acogida por la Preferente valenciana, grupo Centro. Exiliado César del corto. De los focos. De Mestalla. Acogido por un banquillo y por los cristales impolutos de su tienda de deportes.

Ochenta kilómetros y dos categorías al sur, el bebé balompédico de La Nucía comenzaba a gatear por las alfombras rasposas de Benitatxell, de Gata de Gorgos, de Polop, de Pedreguer, de Beniarbeig (solar que dio calor y calma al espíritu genial de Rafael Chirbes hasta su última hora). Cócteles de hierba, caucho y tierra, víctimas del sol, donde el jugador número doce es la humedad que impregna y pegotea cada resquicio de las gradas, cada poro del cemento de las bancadas, cada centímetro entre las butacas de plástico. Segunda Regional. La AP-7, abismo entre mundos. Río Grande, río Bravo. A un lado, el Occidente voraz y luminoso, moderno, incomprensible, atroz. La Europa enrojecida, decrépita, calcetines, pequeña Brighton entre palmeras. Al otro, el roquedo. El marrón, el amarillo, el ocre tiznado de verde oscuro. Relieve abrupto que acuna valles sedientos entre los tossalets. Olores puros. Lo salvaje. La Segunda Regional alicantina. La Nucía.

César batió rápido las alas. Cruzó la frontera de la carretera y dejó atrás el pueblo, la Vall, el salvaje oeste inabarcable y montañoso, altanero en su soledad. Abrazó el otro lado, el azul, el refulgente, el de Gandía y el de su capital añorada. El que miran los viajeros madrileños camino a su invasión estival. Madrileños que años más tarde lo verían retorcerse en la banda del Vicente Calderón aplaudiendo alguna tarascada de Luccin, desesperado tras un pase mal servido por Jorge Larena. El César que llegó a la cima y desde allí dio la vuelta para siempre sin saber que la meta no era el pico más alto, aquella cumbre helada junto al río sin sherpas que lo arropasen. No, la meta estaba antes, en el caminito y en la pendiente, quizá en el bote milagroso delante de la portería de Rafa Gómez del balón parido por Simeón. Quizá en un viaje en autobús a Zaragoza. César replegó lentamente sus alas e inició el largo camino de retorno. Albacete, Tarragona, Elche. Ir volviendo casi sin darse cuenta. Sin prisa. Dejarse llevar mecido por una marea de tierra hasta el kilómetro cero. Hasta el otro lado de la carretera, el salvaje, el primigenio.

El Club de Fútbol La Nucía, en algo más de dos décadas, también ha sabido batir las alas. Más a ras del suelo, pero volando, en cualquier caso. Segunda Regional, Primera Regional, Preferente, Tercera División. La Nucía celebró su vigésimo aniversario con un descenso. El regreso repentino, el miedo al final inesperado. Un espejismo sudoroso de dos años. Un paréntesis incómodo en el aleteo destartalado de un cachorro que por tres veces ha tratado de elevarse más alto de donde alcanzaba su vista, tres play-offs, tres quemaduras en los brazos jóvenes de Ícaro. La Nucía ha desafiado la gravedad; ha invertido la cuesta abajo y se atreve a mirar de nuevo al sol. El club del lado rocoso y salvaje de la AP-7, el olvidado por las guías turísticas cegadas por el neón de Benidorm, exiliado como la Valldigna kilómetros al norte, ha encontrado dos aves más viejas en pleno camino errante de vuelta, huyendo del mito para reencontrarse con el hombre.

El maestro y el discípulo se reencuentran cerca del final. El diamante embrutecido y desbocado, fuente que fluía fútbol sin caños que lo dosificaran, el niño Jandro que lleva ya demasiados años convertido en viejo. El escalador de categorías silencioso, el terco entrenador que dejó atrás por segunda vez los focos, las gradas abrumadoras. Demasiados partidos y demasiado cansancio entre ambos. La experiencia y la pólvora suficiente para intentar tomar impulso por última vez, batir las alas a este lado olvidado de la carretera y guiar al Club de Fútbol La Nucía a un cuarto viaje hacia el sol. Jandro, gol y asistencia el pasado domingo para que César estampase la firma a sus primeros tres puntos. Una derrota aséptica ayer. Como si no hubieran pasado casi veinte años. Como si el tiempo no hubiera plateado la sien y la cabeza entera de César Ferrando. Volver al punto de partida recreándose en el camino. Volver a la terreta, a la Tercera División, quizá más tarde a la Regional. Volver al césped recalentado y al cemento y a las gradas pegoteadas por la humedad. Volver a cruzar la carretera hacia lo originario, lo abrupto. Volver a espantar los nervios antes de los partidos limpiando los cristales de una pequeña tienda de deportes.

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.

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