Sangre en la rodilla

Una impactante fotografía de Jon Kortina con la blanquísima rodilla ensangrentada, el reguerillo rojo en línea descendente confundiéndose con los colores y fibras textiles de la media, presidía la doble página dedicada a la Sociedad Deportiva Eibar en la Guía Marca de la Liga 2002/2003. Fue hojeando aquel volumen como entró en mi ridículamente corta vida el equipo armero y tan marcada entre las cejas se me quedó aquella imagen del calvo delantero que todavía hoy, década y media después y con todo lo que ha llovido (en Eibar, por descontado, y en el mundo en general), aún creo ver el fulgor puro y cegador de la esférica cabeza de Kortina cuando sintonizo un partido de los vascos, aún me asaltan flashes de sangre de su rodilla si veo que me cuelga un hilo rojo de alguna prenda, emulando cutremente el agobiante aleteo del ventilador del hotel donde alucinaba Martin Sheen en Saigón. Sólo que yo no escucho a los Doors. Yo escucho a Rosendo.

No sé lo que es el fútbol moderno. Supongo que es el fútbol que cada uno asocia a su niñez, a la magia del descubrimiento, al sabor único de las primeras veces, buenas y malas, a la inocencia inevitablemente perdida. Sensaciones que nacen de las entrañas antes de sucumbir a la tiranía de la razón. Cada uno dibujamos nuestra frontera personal e intransferible entre lo moderno y lo clásico, lo genuino y lo degenerado. Es una ilusión, un constructo mental, todas las fronteras lo son. El fútbol moderno se define mejor por oposición. A mí me gusta definirlo como lo contrario a Astore. Astore en los cromos de la Real Sociedad de mi infancia, Astore en el pecho y los muslos de Kortina en aquella Guía Marca antediluviana. Astore y la fantasía iniciática del párvulo. Astore, símbolo de los tiempos perdidos. Bastión generacional tardonoventero y altomilenarista. En un concierto en Eibar Rosendo se enfundó la camiseta del equipo, camiseta canónica, diáfana, perfecta, camiseta Astore. A veces los matrimonios más improbables son los más armónicos. Siempre vi a Rosendo y al Eibar como tótems, hitos inmutables en el camino de la vida. Yo crecía y crecía y Rosendo seguía ahí, con el micro debajo de la nariz, sin cortarse las puntas, sin escribir letras comprensibles, el Eibar seguía ahí, en Segunda, SU Segunda, Ipurúa embarrado, Norica Carabinas y Hierros Servando, Astore. El equilibrio espiritual del ser humano exige la certeza de que determinadas cosas no van a cambiar jamás. Pero un día el Eibar bajó, y luego subió y subió otra vez, y adiós Astore primero, y adiós Hierros Servando después (aunque aún resiste sobre las tribunas). Y otro día, el lunes pasado para ser exactos, Rosendo anunció que se jubila, que también los tipos eternos se cansan, se hartan, se vacían. Y yo no lo vi venir.

Hoy el Eibar está de moda y Rosendo ya no tanto. Lo lozano se corrompe, yo pierdo el pelo, Rosendo no pierde el pelo pero pierde las fuerzas, el Eibar ya no lamenta penaltis fallados por Kortina y en Ipurúa del viejo barro ha florecido un tapete impoluto, una grada que mudó las alas de pato por otras de albatros. Ni libres de pecado ni libres de la cizalla de lo cambiante. El pasado es un clavo hermoso que abrasa las palmas de las manos. Dentro de unos años veremos a chavales hablar con nostalgia de las camisetas grotescamente ceñidas de Puma, deshacerse en alabanzas a la pureza de las últimas temporadas previas al VAR, elevar al cielo un suspiro porque Maluma y Bad Bunny se jubilan y aquello sí era música y no lo de ahora. Astore les sonará a tienda de pantalones de pana para viejos y estudiarán a Rosendo como un ejemplar de Australopithecus afarensis del ocio de sus ancestros.

El tren de la modernidad, decía un profesor mío de Historia del Pensamiento, va sin frenos y arrolla todo lo que se le ponga por delante, a lo que lejos de las aulas contesto “tantas las cervezas que bebí que perdí todo el respeto a la lección”. Palabra de Rosendo. Me niego a saber que dice adiós del todo. Sé que no. Que aún seguirá agarrando la guitarra, plantando algún micro bajo la nariz, hilando dos o tres frases sin sentido y bendiciéndolas con la varita de hacer canciones. Que no se recortará las puntas. Que se enfunda la camiseta Astore de vez en cuando para bajar al cajero en Carabanchel. Que Kortina no se ha limpiado toda la sangre de la rodilla. Que Servando sigue con los hierros y Norica con las escopetas. Que Manix Mandiola, al abrigo del suave invierno palmesano, oculta bajo la pizarra con el once del Baleares otra con el once del Eibar para esta jornada, que guarda en un bolsillo del chándal un puñado del viejo barro de Ipurúa.

 

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.

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