Odio eterno al fútbol moderno… o no

Este año cumplo cuarenta. Mis recuerdos futbolísticos, meros flashes e imágenes sueltas, empiezan con el Barcelona de Maradona, Duckadam y las remontadas del Madrid en la UEFA. El 12-1 y el balón que se le escurre al que era mi ídolo, Arconada. Y Heysel.

El martes en París jugó el Madrid en su torneo y volvió a ganar como siempre. Algo tendrá que decir Lineker al respecto. Pero en Twitter, que es donde paso más horas al día, y en Radioestadio de Onda Cero, donde sigo escuchando el fútbol a pesar de algunos colaboradores, noté una indignación generalizada con las bengalas que los ultras del PSG encendieron en varios momentos del partido. El árbitro alemán Brych, acostumbrado a estas situaciones en la Bundesliga, reaccionó con calma y una vez se apagaron prosiguió como si nada. Con humareda y olor a pólvora, el show debía continuar.
Tras más de diez años en Alemania y siguiendo al club de mi ciudad desde entonces, uno nota rápidamente que el uso de bengalas y demás pirotecnia en los estadios está mucho más extendido que en España. Las multas por estos incidentes son cuantiosas cada año. Algunos jóvenes no lo sabrán, pero nuestra intolerancia por las bengalas viene de aquella tragedia en Sarriá que a los españoles nos vacunó para siempre. En el resto de Europa no fue así.

Desde hace unos pocos años se ha popularizado la expresión ‘Odio eterno al fútbol moderno’. La veo a menudo en los estadios pero también en Twitter, en blogueros y en la Revista Panenka. Entiendo que hace referencia a la comercialización ‘excesiva’ del fútbol: horarios más pensados en la audiencia televisiva que en el aficionado que acude al estadio, clubes que pierden su identidad histórica tras ser comprados por algún inversor despiadado, otros clubes que son hundidos por la mala gestión de gestores vividores, traspasos de jugadores por cantidades inimaginables, salarios inmorales a futbolistas que los ha convertido en vedettes, y supongo que otras muchas razones. Muchas veces, en el Esprit Arena de Düsseldorf y en otros estadios alemanes en los que he seguido a mi equipo, he visto esa bandera del ‘Odio eterno al fútbol moderno’, siempre ondeada por los grupos ultras y los hinchas más radicales. Y entonces me he preguntado qué fútbol quieren ellos. Son más jóvenes que yo, y al parecer evocan un tiempo pasado que fue mejor. Pero yo recuerdo el fútbol de los 80, y el de los 90, antes de que el malvado dinero de Murdoch lo inundara y contaminara todo, y me pregunto si es ése el futbol que evocan y que desean.

Iba al Bernabéu abajo, a la zona de socios que era toda de pie. Incluso para ver al Castellón de Enrique Ballester recibir un 7-0 (qué porterazo tan estético aquel Emilio) había que llegar casi dos horas antes para poder ocupar el que era ‘nuestro sitio’, al lado de la escalera para que no nos moleste el de la derecha. En mis primeros años, yo bajaba hasta ras de hierba y veía el partido desde la valla con otros muchos niños. No recuerdo a muchas niñas allí por entonces. Esa valla de metal que escalábamos cuando había un gol, igualita que la que impidió la huida de los 96 en Hillsborough. Nos poníamos en el lateral porque en los fondos había avalanchas con los goles. Recuerdo que me giraba cuando algunos potentes vozarrones de los seguidores más clásicos en algún momento de calma soltaban un ‘hijo de la gran puta’ al árbitro. Todos alrededor esbozábamos una sonrisita. Los Ultras Sur eran incluso más explícitos imitando a monos cuando la tocaba un jugador negro. Las peleas contra la policía eran habituales. Cuando les rodeaban en el fondo cantaban: ‘¡esos de marrón, de qué equipo son!‘. Otra sonrisita. Cuando venían los equipos vascos todo el estadio era una gran bandera rojigualda pues el partido era contra once etarras. Las banderas con el aguilucho y la simbología nazi eran habituales en muchos campos hasta que vino un holandés a enseñarnos nuestra miseria moral negándose a jugar con esas banderas en las fondos, que a nosotros nos habían dado siempre igual. En noches europeas, cuando venían equipos italianos los traían andando Castellana arriba hasta el estadio. Al llegar a Concha Espina empezaban a volar objetos y la policía cargaba.

Yo tenía entonces entre 10 y 16 años. Supongo que los tiempos han cambiado y que la ola de sobreprotección de los hijos me ha infectado a mí también. ¿Cuántos de vosotros de mi generación, que habéis vivido lo que acabo de contar en todos los campos de España, llevaríais a vuestros hijos al fútbol si hoy siguiese igual que en los 80?

Supongo que muchos que de lo que odian eternamente al fútbol moderno dirán que en el tema de seguridad sí que les gusta el fútbol moderno, que es en lo otro, en lo del dinero. Pues tened cuidado detrás de la pancarta que os colocáis y mirad bien qué busca el que la sujeta, pues los que agitan esas banderas en los estadios son los nostálgicos de esos 80 y 90 cuando los que mandaban eran ellos. Cuando los presidentes les pagaban los viajes, cuando campaban a su gusto por lo estadios y paraban los partidos en Italia, cuando había que tenerlos contentos ‘porque sin ellos no hay ambiente‘. Los de las bengalas y los petardos en nombre de la ‘Fankultur’, los guardianes de las esencias, los que reparten carnés de pureza.

Dicen que el fútbol evoca nuestra infancia, y es cierto. Alrededor del fútbol muchos construimos la relación con nuestros padres, abuelos y amigos y esos momentos los tenemos guardados en lugares muy especiales. Que la nostalgia por lo que no ya no volverá no nos lleve a idealizar lo que no queremos que vuelva jamás. Y si lo que os molesta de verdad es que pongan un partido a las 12 del domingo para que lo vean en China, no es necesario ir de la mano de los violentos para luchar.

3 Comments

  1. Barnaman

    8 de marzo de 2018 a las 11:36 am

    Los Ultras Sur y demás nazis no tienen cabida en la corriente Against Modern Football, no confundamos. Se plantea un fútbol que trate mejor al aficionado, un fútbol libre de racismo, de homofobia y con valores, de cerveza y gradas de animación (nunca hooligans) para hacer un fútbol mejor en el futuro. Odiar eternamente el fútbol moderno no es solo admirar la figura del Tata Abadía y el barrizal de Las Gaunas, es construir un fútbol mejor. El fútbol moderno en cambio, si nos va a llevar al mundial de Rusia… perfecto, enorme el premio a sus aficionados radicales, que la liaron en la pasada Eurocopa, la lían en los torneos continentales y la van a liar en el mundial… esos hooligans rusos, no tienen nada que ver con la corriente contra el fútbol moderno. Tampoco los del PSG, en París los que odia el fútbol moderno van con el Red Star.

  2. feriurgo

    8 de marzo de 2018 a las 2:22 pm

    @Barnaman
    Muchas gracias por el comentario.
    Si quieres un fútbol libre de sexismo, racismo y homofobia estoy seguro de que no te inspirará el pasado. Todavía falta camino y no debemos caer en la complacencia pero tampoco ignorar el camino recorrido, que ha sido mucho. Cualquier película inglesa sobre fútbol ochentero o las biografías de Fashanu o Regis te darán una idea.
    A ninguno nos gusta el Mundial de Rusia ni el de Qatar pero el mafioseo de la FIFA siempre ha sido así, no es algo del fútbol moderno. Por otro lado la UEFA ha puesto en marcha la campana Respect que a mi me ha parecido muy acertada.
    Hablas de tratar mejor al aficionado y estoy de acuerdo. Como digo en el artículo creo que el trato al aficionado que va al campo ha mejorado en muchos aspectos, principalmente en seguridad, que es la más importante. Creo que ha empeorado en el tema precios y horarios. Pero eso es culpa exclusivamente de los clubes. Cada uno debería quejarse a la directiva de su club.

    Saludos

  3. DrCooper

    10 de marzo de 2018 a las 9:04 pm

    Absolutamente de acuerdo con @Barnaman. El lema Odio eterno al fútbol moderno, no es más que eso, un lema, una frase fácil de recitar y que viene a resumir (quizá equivocadamente) TODO lo que Barnaman explicaba: no es simplemente volver atrás, es volver a cierto punto de inflexión en que el fútbol dejó de ser un juego para los aficionados y pasó a ser este negocio tan podrido que vivimos hoy.
    Odiar ese negocio moderno nada tiene que ver con ultras ni con la seguridad en los estadios.