This is the life

En su momento odié mucho a Fabio Grosso. Sus labios y mejillas cercenando el viento de lado a lado y a cámara lenta, aquellos ojos cerrados fruto del éxtasis y los rizos castaños y húmedos –epítome del look de tribuno de la plebe romano– botando sobre la cabeza. Todo él me enrabietaba hasta la náusea porque asociaba esas imágenes épicas a la caída en desgracia de mis dos selecciones favoritas, Alemania y Francia. Deseaba que Grosso, en su ebriedad furiosa y feliz, no dejase jamás de correr, que se zafara del agarrón de Zambrotta, de los placajes de sus compañeros y de los seguratas del Olympiastadion, que atravesara los bulevares berlineses y llegase a la carretera y aún siguiese corriendo, hasta Frankfurt, hasta el Midi, hasta España, hasta Ciudad Real, donde lo esperaría en la parada de bus de Pío XII dispuesto a partirle dos veces la cara, una por el golazo de la semifinal y otra por no fallar el penalti definitivo frente a mi amado Barthez. Con el tiempo se me pasó, como superé semanas antes el berrinche por la contra-jubilación de Zizou y como previamente había aceptado la decepción tras la bofetada que se llevó mi equipo en su regreso desde el oasis de Primera. Llega un momento en que uno aprende a lamer las heridas repitiendo el mantra “así es la vida”; el mío llegó aquel verano de 2006, justo después del momento de odiar mucho a Fabio Grosso.

Siempre me sentí cómodo en el rol de secundario. No la clase de secundario que aparece poco pero siempre en el momento justo para salvar a los héroes de la película. Ni Gandalf el Blanco ni mucho menos Ole Gunnar Solskjær. Más bien el tipo que sale siempre en la foto detrás del protagonista, interrogante sin importancia, jarrón subsidiario que hace bonito en el pasillo. Mickaël Silvestre, C3PO, Zambrotta agarrando la camiseta del gran elegido para la gloria. No el pedestal de la estatua, sino el pliegue de la túnica cincelada en el mármol.

Me gusta Amy Macdonald porque es una guiri que canta sobre cosas propias de guiris de vacaciones en la Comunitat Valenciana. Amy no engaña. Amy da lo que promete. Amy Macdonald podría ser cualquier hija de la Gran Bretaña con la que compartir aire viciado en un garito de la calle Lepanto de Benidorm. Tengo un amigo que es muy amigo de llegar a verano sin haber hecho los deberes y con necesidad de –me limito a citar– salvar la temporada con algún trasunto de Amy Macdonald. Sólo lo ha conseguido una vez, porque todo el mundo tiene su momento para cada cosa, pero sólo uno. Sólo se brilla en un Mundial, Fabio, sólo se consigue una canción del verano, Amy, sólo se triunfa de verdad una noche, amigo mío. Lo demás son secuelas que no engañan a nadie. Es el precio del protagonismo para el vulgo. Así es la vida. Los secundarios podemos ser mediocres todas las veces que queramos y, con suerte, aún saldremos en las fotos.

Una década después de perdonar la vida a Fabio Grosso y aprender a lamer heridas y pegar costras con el mantra “así es la vida”, allí estábamos mi amigo y yo, en el mismo lugar emocional de nuestra pubertad, yo con mi equipo descendido y mi país eliminado, él con los deberes sin hacer. Éramos conscientes de que su temporada agonizaba en el añadido, podíamos sentir la sombra del año en blanco cerniéndose cada día más amenazante sobre su autoestima. Embriagado por una niebla de olor sospechoso y sacudido por el bombeo infernal de los altavoces, no llegué a ver el pase de Pirlo pero mis ojos sí cazaron el momento en que mi compadre colocó rápidamente el cuerpo en el pico del área pequeña y enfiló con toda su alma una pequeña pelota clavadita a Amy Macdonald que, una vez se despegó de su labio zurdo, salió directa hacia la puerta, pegada a la izquierda del marco, y atravesó la línea. Ella jamás regresó y él emergió de entre la humareda convertido en Fabio Grosso, tocando el cielo en la prórroga, labios y mejillas cercenando el aire viciado del garito, héroe de una noche, canción del verano olvidada, y yo fui Zambrotta persiguiéndolo por la calle Lepanto de Benidorm tratando de agarrar fugazmente su camiseta, secundario feliz, C3PO luciendo palmito de latón en la foto final junto a los héroes de la galaxia sin saber muy bien por qué.

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.