Siempre, Quini, siempre

No ser aficionado del Real Sporting no me ha servido para matizar la pena por el inesperado fallecimiento de Enrique Castro ‘Quini’ (Oviedo, 1949). A veces ocurre con determinadas personas que su trascendencia es tal que no hay kilómetro sentimental que se interponga entre su desgracia y nuestra tristeza. Y casi dan ganas de pedir perdón por inmiscuirse en un dolor ajeno. Por querer ser partícipe del duelo por alguien tan aparentemente lejano y extraño. Sentí vergüenza por mi comportamiento el día que me uní a su afición gijonesa gritando el ‘ahora, Quini, ahora‘ mientras el Brujo recibía merecido homenaje en el Reino de León el pasado mes de octubre. Como si hubiera querido disfrutar egoístamente de algo que no me pertenecía. Me salió del alma. Me consuela pensar que Quini no solo era de los sportinguistas y de los barcelonistas, era de todos. Patrimonio de nuestro fútbol. Un tesoro compartido y disfrutado por todos los aficionados al fútbol de España.

Y no fue por el fútbol. No fue por su rendimiento como delantero intachable, esforzado y honesto. No fue por aquella cascada de goles de todos los colores, en Gijón y en Barcelona, que le mantienen aún como octavo máximo goleador de la Liga. Ni por haber sido uno de los grandes jugadores de la historia del fútbol español. Su ascendiente trascendía al propio juego. Su figura embutida en un anorak del Sporting y coronada por una sonrisa perenne humanizaba a un fútbol cada vez más gélido y más aterrador. Era la amabilidad extrema en un mundo abandonado por la empatía.

No es sencillo en este panorama actual despertar el respeto y la admiración de absolutamente todos los actores del fútbol nacional. Sin distinción de colores ni de rivalidades, Quini sembró durante toda su vida el cariño que hoy tristemente nos vemos obligados a intentar devolverle desde todos los rincones de España. Todos los clubes, todas las aficiones, absolutamente todos habríamos querido tener la fortuna de tener a Quini como representante y emblema. Ni una mala palabra, ni un mal gesto. La personificación de la bonhomía. Siempre nos quedará la ilusión por haberlo disfrutado y la pena, la inmensa pena, por no haberlo valorado e idolatrado lo suficiente. Y eternamente guardaremos el recuerdo de un futbolista mayúsculo y de aquello por lo que todos ansiamos ser alguna vez recordados: una buena persona.

Descansa en paz, Brujo.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

2 Comments

  1. El Señor Lechero

    28 de febrero de 2018 a las 3:12 am

    Emotivo, entrañable y compartido. Pude disfrutar de las hazañas del Brujo en su etapa en el Barça y en el Sporting. Mago del balón, que, probablemente, mereció un palmarés más holgado.

  2. Kurono

    10 de marzo de 2018 a las 6:14 am

    Quini, “El Brujo”, un jugadorazo que en otra era hubiera pasado por superestrella del balonpie. Su amor a los colores del Sporting (descendió con ellos y los devolvió a primera allá en los 70’s) y una serie de cuestiones diversas (llegar al Barcelona acomplejado de los 80’s y ser víctima de un secuestro), le dejaron un palmarés más bien modesto para ser el octavo máximo anotador de la Liga española (6to. antes de Messi y CR7). Un coloso poco apreciado, y lastimosamente acaba de dejarnos. Que descanse en paz.

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