Cómo no conocí a vuestra madre (por estar viendo fútbol)

El ser humano no es el único animal que sabe que va a morir. Acomodarse en el sofá y dejar que el ánima abandone en silencio su prisión contingente, camuflada entre el riachuelo de baba que fluye a cámara lenta a través de la comisura, tomando la curva del labio inferior antes de precipitarse en eterna cascada por la barbilla, rumbo a lo desconocido, a la nada; no es tan diferente de cualquier palomo enfermo, la cabeza a punto de ser engullida por el plumaje encrespado, sucio, inflado, haciéndose invisible a la sombra de un pino del parque, consciente de algún modo de su inminente extinción de este mundo de polvo, piedrecillas, guarrerías de Matutano y pequeños gigantes gritones. El ser humano no es el único animal que sabe que va a morir. Pero sí el único capaz de no hacer un drama de ello.

“Búscate una buena niña, que te quiera y estés bien con ella”; mi abuela da las indicaciones con gesto afectado, todo muy didáctico, los conceptos sencillos y masticaditos. Hubiera sido la persona ideal para guiar a alguna selección africana inferior al puesto 200 del ránking FIFA quizá no hacia su primera clasificación mundialista, sí al menos dar algo de guerra contra Angola y Burundi en casa. Una Bora Milutinovic extremeña con la fe suficiente para ver al pasmado de su nieto con opciones de pasar de ronda ante alguna casadera. Sólo cometió un error: dejarme en manos de mi abuelo, a quien la vida privó de su equipo de fútbol y sin duda por ello no le quedó otro remedio que abrazar el plan B, buscarse una niña buena que lo quisiera, casarse, multiplicarse y, por último, materializar su proyecto de vida en su nieto. Y en estas andamos. Las muchachas casaderas miran embelesadas a otros hombres, caminan por las avenidas prendidas de sus manos, inventando planes ya inventados, creando vida. Gente feliz. Me la suelo cruzar cuando subo al campo a ver los partidos –siempre y cuando no tenga la vista fija en el brick de batido que habitualmente voy conduciendo con el exterior, bien pegadito al pie, con francesa elegancia– y ellos bajan al parque a besarse bucólicamente ante la pasiva mirada de algún palomo terminal.

Buscar respuestas en un estadio o en una iglesia viene a ser lo mismo. Hay quien las persigue en una discoteca después de motivarse con los consejos de algún flipado de internet. Es la utopía de Galeano que no lleva a ninguna parte pero sirve para caminar. No hay sino más y más amasijo calcáreo después de besar las cumbres montañosas, más partidos después de un partido, y luego otro, y otro, y generalmente más aburridos. Mejillas que se adaptan a la forma de las manos que las acarician, besos que pierden humedad, amansados por la mecanización. Faltas que sabes que irán dentro, las tire Juninho o las tire Verza. Somos la rutina que decidimos abrazar, el consuelo con el que remendamos los rotos de la vida. Una saeta al palio, una lágrima con el gol del ascenso.

En el sofá donde debería sentar a mis hijos para contarles la historia de cómo conocí a su madre sólo habrá cojines; feos, pasados de moda, ásperos, blanduzcos. Un epílogo decepcionante para una historia decepcionante. Para qué hacer un drama de ello. No me aterra que lo único que me diferencie de un palomo terminal del parque sea el riachuelo de baba desbordando la comisura de los labios, la televisión de fondo arrullando al hincha con una nana postrera: el resumen borroso de un último empate a cero, intrascendente, como yo, una última jornada, unos últimos minutos, el pitido final.

No. Me aterra el próximo partido. Aunque después haya otro, y otro, y otro.

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.

2 Comments

  1. Baridenko

    22 de febrero de 2018 a las 2:50 am

    No comento mucho, pero leo todo. Me gustó tu artículo, bienvenido!

  2. Michel Barba

    27 de febrero de 2018 a las 8:00 pm

    ¡Muchísimas gracias! Espero estar en lo sucesivo a la altura de esta venerable bitácora.