Una historia de París

Habían aparecido prácticamente de la nada. A esa edad en la que los recuerdos comienzan a ya a aferrarse con firmeza en la memoria, a esa edad en la que por definición uno es fácilmente impresionable y todo cobra una trascendencia desorbitada. No conocíamos del Paris Saint-Germain más que la sonoridad de su nombre, muy probablemente mal pronunciado. Ni sus jugadores, ni su pasado que posteriormente descubriríamos casi inexistente, ni su origen. Nada. Quizá por ese motivo su irrupción en la primera plana del fútbol europeo se produjo de una manera tan explosiva. Porque no esperábamos nada de un equipo al que ni tan siquiera conocíamos y de cuyos jugadores, en las tinieblas del conocimiento de la era pre-Internet, apenas habíamos oído hablar. Un equipo que apenas había empezado a dar que hablar un par de años antes, con su adquisición por parte de Canal+ y la consiguiente inyección económica imprescindible para asaltar el escenario continental y situar por fin el nombre de la capital francesa en el contexto futbolístico europeo.

Aquel PSG de primeros de la década de los noventa lo tenía casi todo. Tenía un ramillete de jugadores extraordinarios y coincidentes en los mejores momentos de sus carreras. Tenían el glamour de la capital francesa. Un uniforme muy característico, tan peculiar y único que resultaba imposible de confundir con ningún otro. Además, su puesta en escena era pasional como pocas. Te enganchaba como un riff pegadizo y enérgico. Sin embargo, el éxito fue fugaz. El proyecto no terminó de despegar en aquella primera intentona y, tras los primeros y modestos éxitos continentales, llegaron los problemas. En un club sin una masa social consolidada y fiel, sin una historia con sus hitos y sus héroes a los que aferrarse en los malos tiempos, el primer bandazo dio con el trasatlántico en los astilleros. Atravesó entonces la entidad parisina unos años de penuria, más relacionados con la ausencia de una identidad definida que con asuntos presupuestarios. Pese a las temporadas de bonanza, el PSG no podía ser considerado un grande de Francia porque realmente, y en comparación con Olympique de Marsella, Saint-Etienne o Nantes, nunca lo había sido. Con los malos resultados llegó de nuevo el desapego popular. El lado moderado de la afición parisina repudiaba a su equipo porque no le aportaba las satisfacciones que buscaban en una actividad de mero ocio. Si no era el fútbol, sería el rugby. O el teatro. O el cine. Por su parte, el lado radical, el mismo lado radical que había alimentado y engordado al club en sus primeros escarceos con la elite europea, se empleaba con toda su fiereza y sinrazón contra los representantes de la institución.

Si descendéis, acabamos con vosotros. Paris Saint-Germain es nuestro‘. No le faltaba cierta parte de razón a la pintada plasmada en los alrededores del Parc des Princes y firmada por los Boulogne Boys, una facción de tinte extremadamente radical escindida del antiguo Kop Boulogne de los años ochenta y noventa. En cierto sentido, ellos fueron quienes hicieron posible el despertar del gigante adormecido y la irrupción entre los grandes de un equipo que no habría llegado a ninguna parte sin una afición entregada. Tras unos cuantos años de incertidumbre, la llegada de Nasser Al-Khelaifi al club trajo consigo no solo un generoso grifo de dinero, sino una cierta paz social entre una afición que, separada en grupúsculos y cada vez más alejada del club ante el pobre devenir deportivo, había sacado a relucir la idiosincrasia propia de sus particulares y, en muchos casos, enfrentadas ideologías.

Los éxitos fidelizan afición y crean nuevas oportunidades para atraer gente al Parc des Princes y al entorno del club. Cada vez es más frecuente encontrar juventud por las calles de cualquier ciudad francesa vistiendo con indisimulado orgullo la opulente camiseta parisina, algo prácticamente impensable hace apenas una década. La camiseta del club que identifica el dinero catarí con el mejor fútbol del planeta y con futbolistas de moda en todo el mundo como Neymar o Mbappé empieza a convertirse en un icono pop en la república francesa. La camiseta del club sin historia ni apenas pasado que busca situarse al nivel de sus rivales en un tiempo récord.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com