Nostalgia en A Coruña

Todo en A Coruña parece desprender nostalgia. Como si la ciudad viviese en una permanente añoranza de algún tiempo pasado indudablemente mejor. Solo la brillante luz del mar, en los días en los que el sol asoma, golpeando contra las refulgentes galerías de A Mariña parece querer sacar de su melancólica tristeza a la capital herculina. El resto del año, Coruña transita pesarosa recordando lo que un día fue y rebuscando en su recuerdo imágenes de los días que pasaron. En A Coruña, la mezcolanza del fútbol con la vida cotidiana logra una emulsión perfecta. La plaza se presta a ello. Los días pasados en los que la gloria llamaba a la puerta de Riazor día sí y día también generaron un poso de dulzura como el que queda en el fondo de una taza de café con el azúcar sin disolver. Pero esos tiempos hoy se ven ya lejanos, perdidos en lo más recóndito de la memoria deportivista. Hoy la ciudad cuenta los días que quedan para morir. Redacta pacientemente las líneas de su epitafio y ya vislumbra en el horizonte una cruz de granito en lo alto de un promontorio con vistas al Atlántico, como las que recuerdan a aquellos a los que se tragó la mar.

El Dépor navega en aguas revueltas. De hecho, lleva algunos años haciéndolo, con dos pasos por Segunda en apenas un lustro. Tras los días de vino y rosas, el declive del equipo resultó imparable. La realidad devolvió al club a los turbulentos pasadizos que comunican la Primera y la Segunda división. Algunas veces, perdido en el intrincado laberinto que se extiende entre el último de los mejores y el primero de los peores, no ha encontrado la salida correcta y ha terminado asomando el hocico por la indeseable categoría de plata. Ahí deambula el Dépor. Malviviendo con el perenne pensamiento de que algún día llegará el momento de volver al pozo y que, probablemente, la estancia en el purgatorio se vea prolongada durante más tiempo que en las últimas ocasiones. Caminando de la mano de la resignación por tener que asumir una realidad de la que el deportivismo creía haberse despegado para siempre pero que ha vuelto a adherirse a las bancadas de Riazor como el verdín de las algas al espigón.

El Deportivo busca un golpe de timón que enderece su deriva. Un electroshock que devuelva las constantes vitales al moribundo, consciente de que va a costar mucho atar la ansiada permanencia. Se piensa en soluciones con una componente efectista que rompa con la tendencia implacable de los últimos meses. Y así es como surge de entre todo el amplio muestrario de posibles candidatos al banquillo coruñés la figura de Clarence Seedorf. Un técnico ajeno. Una persona extraña en un ambiente que no es el suyo. Una solución que inspira desesperación y que tiene el aroma de la última bala del tambor, mientras el deportivismo indignado clama contra una plantilla insuficiente. Saber de dónde vienes y hacia dónde te encaminas inexorablemente es en A Coruña una sensación devastadora.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com