La deidad Flor y su Mesías

Anoche perdió el Madrid. Qué digo, PERDIÓ el Madrid. Lo hizo con estruendo, ante un rival notablemente menor, frente su propio público y con todo de cara, incluido el resultado de la ida, para avanzar hasta la siguiente ronda copera. La derrota fue tan sonrojante que dejó tras de sí un montón de cuchillas ensangrentadas y de botes de somníferos desperdigados por las aceras de La Castellana. Así de ingenua es la gente del fútbol. No importa que el equipo llevara semanas avisando de que se encontraba en la mejor disposición para dar uno de esos sonados petardazos que a la prensa le encanta bautizar con nombre propio en aumentativo. Nadie quería darse por enterado de que el agujero de mediocridad aún admitía más profundidad. Pensaba el aficionado blanco que no era posible acumular tanto padecimiento en una misma temporada. Pero aún caben más piedras en la pesada mochila de los diecinueve puntos de diferencia en Liga.

El fútbol es un lugar extraño. Un sitio en el que con frecuencia ocurren cosas sin explicación racional posible. Una sucesión de letras sobre la ouija verde con un vaso movido por el dedo de ochenta mil personas deletreando la palabra ‘derrota‘. Son tantos los factores que concurren que nunca es fácil determinar por qué ocurre lo que ocurre sobre un terreno de juego. Nunca sabemos cuándo va a agotarse el hechizo y va a desaparecer la magia. Y, lo que es peor, nunca sabemos cómo recuperar el hechizo repentinamente evanescido. No hay más que escuchar a Zidane, visiblemente superado por la sucesión de desdichados resultados, para deducir que no debe ser fácil eso de dirigir a un equipo de primer nivel y tener el don de anticiparse a los problemas. No tiene explicación posible, pensará, que un equipo que meses atrás parecía invencible y mostraba una capacidad de adaptación a las adversidades a prueba de cualquier escenario posible se exhiba hoy tan vulnerable y abúlico. Tan vulgar y tan impropio. El Madrid que tenía en su hoja de ruta la dominación efectiva de España y el continente se ha vuelto de pronto groseramente terrenal. Sufre ante cualquier rival y arrastra en su pesadumbre colectiva a futbolistas que apenas unos meses atrás no permitían comparación alguna. Quizá es que en algún momento Zidane creyó que las cosas funcionaban solas. Que todos los éxitos venidos y por venir dependían de los designios de un ente sobrenatural llamado Flor. Una deidad profana de la que él era su profeta en la Tierra. Que daba igual las piezas que se dispusieran sobre el césped. Que no importaba incluso el modo en el que se distribuyesen en el tablero. Que podía prescindir sin miedo de aquellos que otros equipos anhelaban, porque el viento soplaba a favor y nunca iba a dejar de hacerlo. El fútbol es extraño, pero no tanto.

Al Madrid de los Lucas Vázquez, Achraf, Llorente, Mayoral o Theo le está ocurriendo lo mismo que le ocurriese al Barça de los Escaich, José Mari, Sánchez Jara, Eskurza y Korneiev. Se ha visto tan guapo que le ha dado igual no afeitarse y no asearse cada mañana antes de salir a la calle. Ha descuidado imprudentemente sus atenciones sin percatarse de que no es lo mismo ser resultón que irresistible. Cansado de ver siempre lo mismo, ha vaciado parte de su armario y ha prescindido de esos vaqueros que, aunque viejos, le sentaban tan bien. En un Madrid de salud débil y entregado a la molicie es donde realmente se echa de menos al Zidane entrenador. Al dechado de soluciones de emergencia y conocimientos tácticos que se supone debería de ocupar el banquillo más importante del planeta. Triste futuro inmediato se le presenta al madridismo con ese Zizou inane y encumbrado gracias a sus supuestas habilidades en la gestión de grupos y su, eso sí, indudable ascendiente sobre los jugadores.

Tengo verdadera intriga por saber cuál será el papel en el que se desenvuelva Florentino Pérez en el mercado de fichajes del próximo verano. Creo que el escenario ha cambiado tanto que ni siquiera un tiburón empresarial como él va a saber moverse en unas aguas que cada día están más agitadas. El Madrid sigue siendo poderoso, pero cada vez tiene más rivales dispuestos a sentarse a su mesa y con capacidad económica para hacerlo. Apetece ver cómo va a moverse el Madrid en una plaza de abastos en la que, ante la llegada de los ingleses, se colocan las sardinas a precio de besugo.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com