Por un puñado de dólares

Era casi la 1 de la mañana y no podía dormir. Algo relativamente normal hoy en día entre desvelos futbolísticos, pero poco habitual para un niño de 7 años. Y la razón estaba justo detrás de aquella modesta puerta de un piso a las afueras de la ciudad. En el silencio sepulcral de la madrugada aguardaba un ruido lejano, una luz, una respiración desde el salón de la casa. Los ojos abiertos como un soldado a la espera de abrir fuego. Era 5 de Enero, la noche más especial del año para cualquier niño. El día en que tus sueños se hacían realidad gracias a la llegada de aquellos tres tipos provistos de mágicos atuendos que se adentraban en tu casa a medianoche cargados de regalos. ¿Y cómo podían cargar con tantos regalos? ¿Por donde entraban? ¿Donde dejaban mientras los camellos?. Daba igual. Todo daba igual. No quería pensar en eso. Solo quería despertar al día siguiente y ver de lo que habían sido capaces aquellos magos de Oriente. De pronto vi luz bajo la puerta. Y pasos. Eran ellos. Tenían que ser ellos. Empezaron a escucharse papeles arrugarse y voces en bajo. Con tanto entusiasmo como estupor corrí hacía la puerta a poner mi oreja en ella. Y de pronto escuché a mi padre maldecir por haberse golpeado con una pata de la mesa. Todo se desmoronó. Pasé la noche en vela tratando de buscar una explicación. La mañana siguiente abrí los regalos dubitativo, con menos ilusión que de costumbre. Algo había cambiado.

Desconozco el momento donde sentí esa misma sensación en el fútbol. Probablemente al ver algún jugador de ultramar de escaso rendimiento deportivo traído por su representante. Quizá en algún cambio de denominación de un club de fútbol por una marca comercial. Tal vez en aquel momento en que Nike descubrió el negocio del fútbol y comenzó a introducir diseños innovadores en la tercera equipación de los clubes, que posteriormente pasó en la segunda equipación, y ahora ya en la primera. Salarios y precio de entradas desorbitados que provocó desarraigo, pérdida de identidad social de los clubes en su ciudad, pérdida de valores con la entrada de las Sociedades Anónimas Deportivas intentando hacernos ver que los clubes son una empresa más (cuando el patrimonio simbólico e histórico de los clubes y el sentimiento que estos generan no tiene parangón en un entorno empresarial), corrupción, tratos de favor….hemos soportado tantas vejaciones a nuestros sentimientos como aficionados que aún me pregunto qué más puede pasar para que dejemos de aplaudir como imbéciles. Para que quememos la bufanda de nuestro equipo y nos hagamos socios (no abonados) de un club de curling o nos vayamos al parque a jugar a la petanca. Sin embargo, la noticia de hoy ha superado todas las expectativas.

Resulta que que la LFP (Cuyo lema no engaña a nadie: “No es fútbol. Es La Liga”) ha anunciado hoy un proyecto de colaboración con General Sports Authority (GSA) y la Federación de Fútbol de Arabia Saudí gracias al cual una serie de futbolistas saudíes reforzarán las plantillas de nuestros clubes en calidad de cedidos durante los próximos seis meses, en un programa para captar y potenciar el talento del fútbol saudí, como la propia LFP indica en el comunicado lanzado en el día de hoy. Minutos antes asistíamos con la sorpresa de aquel niño que ponía la oreja pegada a la puerta al anuncio de varios clubes en sus redes sociales de dichos fichajes. Un futbolista saudí para el Leganés. Otro para el Sporting a los quince minutos. Uno para el Numancia a los quince minutos. Levante, Villarreal…el timing de la operación nos hace imaginarnos a Javier Tebas y compañía en Arabia Saudí con unos bombos similares a los de la Lotería Nacional. La situación ha sido tan surreal que no han faltado pequeñas dosis de “Amanece que no es poco“:

Se desconocen por el momento las cifras de la operación comercial entre un país donde la democracia brilla por su ausencia como Arabia Saudí, y una LFP donde brilla todavía menos dicha democracia. Tampoco existe información fidedigna sobre los contratos de estos jugadores de Erasmus que aterrizan en nuestra Liga entre interrogantes: ¿Qué recibirán los clubes a cambio? ¿Habrán pactado un mínimo de minutos por partido, dado que muchos de ellos son habituales de su selección? ¿Cómo se sentirán tanto los compañeros de equipo como la cantera si eso sucede?. ¿Hablará Javier Tebas explicando minuciosamente la maravillosa idea de ejercer de representante colocando jugadores en modo desembarco, haciendo primar el interés económico al deportivo?. La idea huele a chamusquina. Rechina por los cuatro costados. Una maniobra puramente mercantil choca de frente contra el origen popular y democrático del fútbol. Nunca, jamás, debemos dejar que nos roben lo que es nuestro. Si aceptamos esta política o ejercemos el “The show must go on” ante este tipo de “enchufes futbolísticos” seremos cómplices del saqueo al que estamos siendo sometidos desde hace años. El expolio continuo a los valores del fútbol.

Me pregunto qué será lo siguiente. Acabaremos lanzando enanos a dianas en nuestros estadios como en El lobo de Wall Street. Aplaudiremos desde el sofá entusiasmados cuando una multinacional pague por ver a su consejero delegado jugar de delantero centro. Venderemos nuestro amor propio y el amor por nuestros clubes por un puñado de dólares. Continuaremos viendo como Baltasar se limpia el betún de la cara mientras esperamos que llegue el día 6 de Enero. Seguiremos viendo enemigos en los equipos rivales cuando el verdadero enemigo está en casa. Y lo aceptaremos porque nos traen oro, incienso, y mirra. Y el puñado de dólares, claro está.

Internacional en 0 ocasiones. Fútbol, barro y torretas. No hay nada más bello que un gol en el minuto 90.

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