Las lágrimas de Gazza

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Hay personajes cuya trascendencia social ha ido mucho más allá de su trascendencia y su importancia real. Sus actos, premeditados o no, los han terminado elevando a una supracategoría especial, por encima de sus congéneres y compañeros de profesión. En ocasiones, incluso, llegando a alcanzar mayores cotas de popularidad que otros similares con mayores logros profesionales.

Paul Gascoigne (Gateshead, Inglaterra, 1967) fue un buen jugador, pero no un descomunal futbolista. Un elegido, pero no un superdotado. Con todo, Gascoigne fue dueño de una personalidad indudable, un deportista de innegable carácter icónico y, en algún momento de su accidentada carrera profesional, el futbolista más popular de su país. En eso, al menos, no hubo nadie capaz de superarlo. Caía bien allá por donde iba, por eso no le costó integrarse ni en Roma, durante su etapa en la Lazio, ni en Glasgow, ni en ninguna de las ciudades a las que su carrera deportiva le fue llevando. Un extrovertido profesional gobernado por una excentricidad sin control.

Simon Kuper, en su imprescindible ‘Fútbol contra el enemigo‘ (Ed. Contra, 2012) explica de manera brillante el nacimiento de lo que se dio en llamar ‘Gazzamania‘. Las lágrimas derramadas por el genio inglés en la semifinal que Inglaterra disputó frente a Alemania en el Mundial de Italia 90 fueron las lágrimas de todo un país. Las mismas lágrimas, mezcla de tensión y decepción, vertidas en miles de sofás de toda la geografía inglesa. Aquella noche, cuando el joven Gazza rompió a llorar sobre el césped tras ver la cartulina amarilla que le hubiese impedido jugar la final mundialista si su selección se hubiera clasificado para la misma, se ganó un lugar preferente en el corazón de todos los aficionados ingleses porque lo hizo de manera inocente y sincera. Pero no fue la única ocasión a lo largo de su vida deportiva. El propio futbolista reconocería años después que llorar, dejar escapar la lágrima de manera intencionada, le había resuelto más de una papeleta complicada.

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Gascoigne fue un histrión. Una expresión de la teatralidad del fútbol llevada al extremo. Aquel Mundial italiano supuso tal vez su actuación más recordada, siendo un futbolista de importancia capital en el camino que llevó a Inglaterra hasta la semifinal del torneo. Puede que todo fuera fruto de su irresponsabilidad y de su actitud despreocupada ante lo que se le venía encima. Chris Waddle, compañero de Gazza en aquel Mundial, llegó a comentar que el secreto de Gascoigne en aquel campeonato fue haberlo jugado siendo completamente inconsciente de su trascendencia, ajeno a cualquier tipo de presión. ‘¡Le hablaba acerca de Rijkaard y él pensaba que me estaba refiriendo a un país!‘.

Gascoigne creció. Tuvo que tragar mil y una críticas. Salió de su país hacia un campeonato, el italiano, que devoraba talentos a ritmo de vértigo. Pero no llegó a madurar. Siguió siendo el mismo inocente y despreocupado chaval de 1990, aquel que se bajó del avión en Londres a la vuelta del Mundial con unas tetas y una barriga postizas en clara alusión a aquellos que habían largado acerca de su sobrepeso. Y la vida se lo acabó zampando. Condenándolo a una existencia penosa e indisimuladamente problemática.

Mi mejor recuerdo de un Mundial es de Italia 90. Quizá es porque era un niño, despreocupado e inocente, y aquello me parecía todo maravilloso. Puedo imaginar lo que debe de sentir Gazza cada vez que tira de recuerdos y se planta en mitad de aquella noche turinesa.

En DDF| Paul Gascoigne, genio atormentado

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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