Solo fue una moda

El Ardaturanismo fue como el perro Excalibur. Como los spinner, como las cafeteras de cápsulas, como los Vine de Piqué, como los cigarrillos electrónicos o como llevar un muñeco de Elvis -etapa Las Vegas- meneando las caderas en el salpicadero del coche. El Ardaturanismo fue una moda. Fugaz, explosiva, sonora y pegadiza. Pero además, como todas las modas, estaba completamente hueca.

Arda Turan (Fatih, Turquía, 1987) llegó al Atlético de Madrid en el verano de 2011. Apenas unas semanas más tarde de que el Kun Agüero dejase huérfana de ídolo a la hinchada colchonera. Solo cuatro meses antes del inesperado advenimiento de Simeone. El futbolista turco aterrizó en la ribera del Manzanares en el instante preciso. Sirvió de oportuno analgésico de urgencia a una afición que ansiaba un gesto, un guiño, unos brazos cálidos en los que cobijarse tras un día aciago. Llegó a un equipo en plena mutación y allí logró hacerse un hueco.

El mejor momento de su carrera coincidió con el auge absoluto del proyecto del Cholo. Tuvo la habilidad necesaria no solo para subirse a la ola buena, sino para además mantenerse en su cresta durante la exhibición permanente que era aquel Atleti 2012-2015. Arda siempre estuvo en la cúspide del engranaje de Simeone. Siempre fue diferencial cuando estaba y añorado cuando no. No fue complicado que la afición rojiblanca se identificara con él.

Su traspaso al Barça en el verano de 2015 rompió no pocos corazones colchoneros. Fue el evidente principio del fin del Ardaturanismo. El referente que encabezaba movimientos populares en la grada acabó convertido en traidor. Algunos descubrieron la naturaleza mercenaria del futbolista que unos años antes había abandonado el Galatasaray, club al que había pertenecido desde su infancia, por doce millones de euros en busca de estipendio y reconocimiento. Nada nuevo bajo el sol que alumbra el fútbol profesional.

El Arda del Barça siempre vio muy de lejos al Arda del Atleti. No encontró un entorno tan propicio para trunfar porque se incorporó a un equipo que, con sus sombras, ya funcionaba. Lejos de pelear por volver a encontrar su mejor fútbol con su nueva camiseta, el atacante turco se entregó a los brazos del conformismo más destructivo. De pronto, se convirtió en poco menos que un bulto sospechoso en la plantilla azulgrana. Un lastre fuera de forma y con la dañina sombra de su elevada ficha oscureciendo su figura. Sin sitio y sin intención de buscarlo. Intrascendente, hasta el punto de no haber llegado a debutar en partido oficial en la presente temporada, su salida estaba cantada desde hacía tiempo, únicamente supeditada a la aparición de un caprichoso mecenas que pudiera hacerse cargo de sus elevadas pretensiones económicas.

Arda Turan vuelve a Turquía. Se va cedido al pujante Istanbul Başakşehir, que se reservará opción de compra. Se va por la puerta de atrás y aprovechando la oscuridad de la noche. Se va sin rastro de aquel futbolista que encabezara espontáneos movimientos populares en el Calderón. Se va dejando tras de sí la tristeza por lo que pudo ser y lo que él mismo no quiso que fuera. Su despedida en forma de carta no pudo ser más nostálgica: ‘Escondida tras la barba hay todavía una sonrisa‘.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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