Aquella Lazio triunfal

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La carrera deportiva de Alessandro Calori (Arezzo, Italia, 1966) jamás habría trascendido más allá de las fronteras italianas si no hubiese sido por un oportuno y trascendental gol. Calori, defensor central de la más purista escuela italiana, se convirtió, a sus 33 años y después de una fructífera pero discreta carrera en el Udinese, en el hombre del Scudetto 1999/00. Un inesperado gol del veterano central dio, veintiséis años después del primero, el segundo título liguero de su historia a la Società Sportiva Lazio. Pero no lo hizo, como muchos ya intuirán, jugando para el conjunto capitalino…

Todo ocurrió en un último acto rebosante de dramatismo, como si el destino hubiese querido subrayar así la extraordinaria ‘italianidad’ del acontecimiento. En un mano a mano feroz con los romanos recortando ventaja de forma vertiginosa a los turineses, Juventus y Lazio alcanzaban por fin la última jornada del campeonato separados por apenas dos puntos de diferencia a favor de los bianconeri. La penúltima fecha había sido demoledora para las aspiraciones de unos laziali encoraginados. La Juventus, gracias a una discutidísima decisión arbitral, conseguía sacar adelante su compromiso ante un Parma al que se le llegó a anular un gol muy probablemente legal. Aquel injusto 1-0 a favor de los de Ancelotti generó una fortísima corriente de indignación en la capital y en toda la Italia no juventina. El propietario laziale Sergio Cragnotti llegó a afirmar, presa de la cólera y la frustración, que el fútbol italiano necesitaba ser ‘urgentemente reconstruido‘, en vista de los fuertes indicios de corrupción arbitral despertados en el partido de Delle Alpi. El tiempo, no obstante, terminaría dándole la razón. La prensa no se quedó al margen. ‘Lo sentimos, pero es un escándalo‘, titulaba Il Corriere; ‘Un título envenenado‘, recogía en su portada La Gazzetta. La batalla final, una semana después y en un clima de palpable tensión, enfrentaría a la Lazio con la Reggina en el Olimpico y a la Juventus, en una comodísima posición de ventaja para alzar el título, con el Perugia. La Roma celeste era todo desazón: el Scudetto se daba ya por perdido.

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Aquel doble enfrentamiento tenia un significado especial. Más allá incluso de la resolución final de aquel título, la imagen del fútbol italiano volvía a estar una vez más en juego, puesta muy duramente en entredicho por el supuesto trato de favor recibido por la poderosa e influyente, a todos los niveles, Juventus. Por eso, el acontecimiento que se produjo en la tarde de aquel catorce de mayo del año 2000 tiene una trascendencia tan significativa.

Todos los focos apuntaban a Perugia. Se daba por hecho que la Lazio conseguiría imponerse con facilidad a una Reggina que, salvada ya, no se jugaba nada en el último partido de la temporada. Iba a ser una victoria sencilla, pero con intenso sabor amargo. Con la atención puesta en el Renato Curi, la tensión se disparó cuando Pierluigi Collina saltó al campo tras el descanso, aún con empate a cero en el marcador, y comprobó que una fortísima tormenta repentina había dejado anegado el terreno de juego. Sin posibilidad de reiniciar el partido, éste tuvo que ser suspendido durante cerca de hora y media. Mientras, en Roma, la Lazio se deshacía con sobrada solvencia de la Reggina, gracias a los goles de Simone Inzaghi, Juan Verón y Cholo Simeone. Todo el Olimpico, guardando una calma tensa ante las noticias que llegaban desde Perugia, se refugió en la intimidad de los transistores. Si iban a alzar aquel título, iba a ser entre un suspense insoportable.

Reiniciado por fin el partido en Perugia, no sin las protestas de la expedición juventina ante lo que consideraban un césped aún impracticable, se produjo el milagro, el acontecimiento que lavaría la dañadísima imagen del Calcio al menos por un tiempo y que, de paso, terminaría llevando el segundo Scudetto a las vitrinas de la Lazio. Alessandro Calori se había sumado al ataque en una jugada confusa. Casi de manera clandestina, tanto que los defensores bianconeri apenas repararon en su presencia en el área, Calori tomó posiciones. Un mal rechazo de la zaga turinesa, un buen control con el pecho y una definición más propia de un cazagoles que de un central. 1-0. El milagro estaba servido, pero los casi cuarenta minutos restantes hasta el pitido final se debieron de hacer eternos para los de Sven-Goran Eriksson. El Olimpico estalló de júbilo con el pitido final de Collina. El solitario gol de Calori había volteado una situación que parecía inamovible. La Juve despedazada sobre el césped de Perugia. La Lazio exultante sobre el tartán del Olimpico. Nesta, Pancaro, Salas, Nedved, Verón, Mihajlovic, Simeone… Acababa de ser firmada una de las páginas más inesperadas y sorprendentes de la historia reciente del fútbol italiano. Rubricada de puño y letra por un protagonista ajeno a la historia. Un tosco defensa en el que jamás habríamos reparado y al que jamás se le habrían dedicado estas líneas de no ser por aquel inolvidable gol.


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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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