A las tres menos veinte

La luz del sol caía a plomo sobre la portería del fondo norte del Bernabéu. En una de esas mañanas invernales tan típicamente madrileñas con mucho sol y escasos grados, el Clásico menos clásico de la historia reciente volvió a poner de manifiesto que a cada edición que pasa es un choque un poquito menos pasional, un poquito más frío, un poquito menos reseñable. Quita el hambre, pero no deja huella. Como un Whopper o un falafel a deshora. Por mucho que el envoltorio continue siendo el mejor y que se trate de dotar al partido de una impronta épica, interestelar y apocalíptica, los Madrid-Barça son cada año un poquito más asépticos. Más preparados para ser exportados a nuevos y emergentes mercados. Consecuencia directa de la globalización extrema del fútbol contemporáneo.

Sobra decir que al final de estos partidos lo que uno acaba siempre recordando es el resultado. Porque ese 0-3 tan contundente, sonoro y sin posibilidad alguna de réplica que ni siquiera ha permitido levantarse a la habitual polvareda arbitral de otras ocasiones será recordado dentro de bastantes años. Fue el Barça más pragmático de la era reciente. Con la impronta evidente de Ernesto Valverde, el técnico que parece haber llevado por fin a Can Barça la sensación de normalidad que todo proyecto requiere para desarrollarse en armonía. Valverde cogió a un equipo que amenazaba seriamente zozobra tras el palo anímico de la salida de Neymar. La Supercopa de España no arrojó precisamente luz sobre el nuevo entrenador azulgrana. Pero en apenas cuatro meses, el extremeño ha cambiado la cara a un equipo que, hoy por hoy, parece no tener rival en el camino hacia el título de Liga. Acostumbrado a hacer magia con recursos escasos, Valverde ha sabido explotar el potencial de las herramientas, peores y un año más desgastadas, de las que disponía en la plantilla. Y todo ello sin salirse jamás del tono de sosiego, sin prepotencia ni arrogancia. Sin querer ser más protagonista de lo que la realidad marca.

Especialmente llamativo es el caso de Paulinho Bezerra, un futbolista sobre cuya contratación llovieron todo tipo de improperios el pasado verano. Ernesto sabía para lo que necesitaba al brasileño. Podremos poner en duda si es el método que más nos gusta, si es más o menos atractivo para el espectador, si el barcelonismo aspira a otro tipo de cosas… pero sobre lo que no queda un resquicio de duda es sobre la idoneidad de su contratación. Paulinho le ha ofrecido al Barça un dinamismo y una llegada en segunda línea con la que hasta ahora apenas contaba. Quizá es una pieza atípica, lastrada en creatividad si lo ponemos en comparativa con sus compañeros, pero con una variedad de soluciones tácticas (de ruptura, de presión, de llegada…) bajo el brazo ideal para su técnico.

El resto de escenas del partido dejarán la habitual foto para el recuerdo (eso sí, algo sobreexpuesta por la luz cenital del mediodia) de la que dentro de algunos años ni siquiera recordaremos el año. La aparente agresión impune de Sergio Ramos, el excelente momento de forma de Ter Stegen dibujado en dos o tres paradas de enorme mérito, el Mesías entrando en el área descalzo en contraposición al fallo grosero en el remate al aire de Cristiano y un pasillo que no se dio en el sentido futbolístico del término pero que bien podría haberse dado en su sentido rugbístico: con el vencedor despidiendo con honores al derrotado.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

1 Comentario

  1. ivan

    26 de diciembre de 2017 a las 12:24 am

    Lo que te pasa es que no gana el que quieres que gane, si te ha dejado de gustar el fútbol no escribas de fútbol y deprimas al personal.