Sin razones

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Suele ser habitual en el mundo del fútbol destacar a los equipos que consiguen sus mejores resultados a base de razón, de sacar el máximo partido táctico a su potencial técnico y de escrutar con frialdad los puntos débiles de su rival. Tendemos, en este fútbol de hoy en día, a valorar lo cerebral y lo racional por encima de lo pasional. El seso prevalece sobre el intestino en un fútbol en el que todo está analizado hasta el extremo y en el que parece pretenderse que niguna variable quede al arbitrio del azar. No manda, en muchas ocasiones, la puesta en escena y lo más o menos acertada que ésta resulte. Manda la previa y lo que se haya estudiado sobre el partido en cuestión.

No me gusta que tienda a calificarse de ‘primitivas’ todas aquellas situaciones futbolísticas en las que las emociones dejan en un segundo plano a las milimétricas y preestudiadas previsiones de los técnicos. Con pocos espectáculos sobre un campo de fútbol he disfrutado más que con aquellos en los que los veintidós protagonistas deciden dar un puñetazo en el tablero como si de un acto de rebelión se tratase. Parafraseando a Pascal, ‘el corazón tiene razones que la razón no entiende’. Y no es infrecuente, en el mundo del fútbol, que apoyándose en la pasión se llegue a donde el raciocinio no alcanza.

Solo así, apoyándose en motivos inalcanzables para lo racional, puede llegar a entenderse la segunda parte desplegada por el Sevilla el pasado martes frente al Liverpool. No sabemos con certeza si todo vino motivado por una charla especialmente emotiva en el descanso por parte de Eduardo Berizzo. Se presume que allí, en la intimidad de los bajos del Sánchez Pizjuán, el técnico desveló a sus jugadores que padecía un cáncer de próstata contra el que pronto iba a empezar tratamiento. Perdían los hispalenses por cero goles a tres. Y perdían porque su fútbol no alcanzaba, al menos en el modo propuesto, para superar al de los de Jürgen Klopp. Aparentemente, la pelea estaba perdida de manera irrecuperable. Pero ocurrió que, queremos creer que espoleado por la motivación extraordinaria surgida tras la confesión de su técnico, el Sevilla salió como si fuese un nuevo equipo a la vuelta del vestuario. Se sacudió de encima su insólito miedo por verse enfrente de todo un histórico de Europa y arrasó en cada palmo de terreno en el que se disputaba un balón suelto. Con un ímpetu que solo podía proceder directamente desde las entrañas, el equipo contagió al graderío. Y ahí, en ese momento en el que Nervión hierve, en el que el griterío se vuelve tan ensordecedor que hasta silencia cualquier tipo de disposición táctica que pueda surgir de los banquillos tratando de poner un poco de mesura en el despliegue y componer el ambiente, el Sevilla se vuelve invencible. Fueron cayendo los goles hasta el tercero, el de la definitiva igualada conseguida por Guido Pizarro en los estertores finales del choque, sin que el Liverpool fueran capaz de contener la hemorragia y la avalancha de emociones. Con orgullo y pasión. Como gusta a la grada. Sin someterse a profundos estudios y análisis. Como debería de manejarse siempre el visceral Sevilla. ¿Quién necesita razones ante un espectáculo así?

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

1 Comentario

  1. Israel

    28 de noviembre de 2017 a las 12:47 am

    Muy buen articulo. La emoción del partido,llevado a la escritura, a un relato del partido.

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