Veinte años de amor

Hay amores que surgen repentinos como un navajazo en la noche. Otros pulen en el frío de los años su hueco en el corazón, desbastan cuidadosos y precisos cada mirada, cada contacto, cada recuerdo, cada leve inflexión en la voz amada, un joyero paciente y sabio que sabe apreciar y domina todos los reflejos del rubí que crece en su mano. Algunas historias aparecen y desaparecen, sangrantes ojos del Guadiana, trigonometría sentimental en la patria de los ciclotímicos que disfrutan cada ascenso y sufren sin remisión cada caída. Los hay que crecen por encima de ellos mismos, una explosión monotemática de sexo y felicidad, bárbaramente unidireccional, que se agota veloz en la pasión de su propio éxtasis y sólo deja el rastro, y un poco el olor, de las cenizas de eternidad donde las llamas lo quemaron todo. Amores breves o largos, autodestructivos o simbióticos, platónicos y sucios, simple territorio de la hormona, terremotos literarios. El motor de la especie.

Son miles los amores, pero de entre todos ellos, querría hablar hoy de uno en particular. Hay un palacio, un baile, una fiesta. Saludamos a los amigos, disfrutamos la primera copa, encontramos poco a poco nuestro espacio entre la multitud. De pronto, al fondo, reparamos en esa persona que más que andar, parece deslizarse al fondo del salón. No es muy especial, ni siquiera demasiado atractiva, y la olvidamos a ratos, aunque de vez en cuando nuestra mirada vuelva a ella, distraída. La vemos hablar con unos y con otros, sonriente, mundana, un punto cosmopolita. Nos la presentan fugazmente, un nombre bonito pero corriente, candidato claro al precipicio del olvido. La conversación es breve, agradable pero fútil, acaba pronto y esa noche dormimos profundamente, sin sueños, acunados por los rescoldos del alcohol. Pasamos página.

Llegan las semanas siguientes, y empezamos a ver que su nombre se menciona en muchos círculos. Todos parecen conocerla, y en todas las voces, sin excepción, hay un deje de enorme respeto al hablar de ella, algo que media, sin alcanzarlos, entre la adoración y la sumisión. Y claro, nos vamos volviendo gatos lentamente mientras la curiosidad crece como una negra sombra en nosotros. Por fin volvemos a verla: ahora ya la charla no es ni breve ni fútil; hay tiempo por delante y nos dejamos envolver en el terciopelo de su voz, en el encanto de sus historias y en su humor fino, algo irónico, que apenas perturba su rostro al brotar de modo natural, con frecuencia pero sin exceso. Cuando al fin nos abandona, el puñal ya está clavado. En lo que a nosotros respecta, sus largos dedos mecen la cuna y dominan el mundo. Un mundo de pequeños títeres que se mueven obedientes a sus gestos amables, a veces displicentes, siempre seguros, con la autoridad que se gana, no con lo que se impone por la fuerza.

Ayer se fue para no volver. Se llenaron los pechos de hielo, se rompieron las cuerdas de los títeres y vieron salir torrentes de lágrimas por los vomitorios del estadio. Hoy no hay fútbol, y Pirlo se ha retirado. Bien mirado, es casi lo mismo.

Matemático profesional, lector empedernido, escritor ocasional y esforzado blogger, se enamoró del fútbol como fuente de momentos inolvidables y como metáfora de la vida. Nada mejor que un buen debate sobre tal o cual jugador, golazo o táctica, y nada peor que el fanatismo, la polémica gratuita o el cotilleo. Apasionado de las viejas historias sobre enfrentamientos míticos y leyendas del balón que no tuvo ocasión de conocer, guarda en su memoria muchos goles y partidos con la sensación de que fue un privilegio vivirlos (ramon.flores@diariosdefutbol.com).

3 Comments

  1. Mircea Cluj. Coslada.

    12 de noviembre de 2017 a las 6:16 pm

    “Form is temporary. Class is permanent”

  2. Full Norbert

    13 de noviembre de 2017 a las 11:59 pm

    Y qué cruel es el destino o como lo queramos llamar, que coincide con la catástrofe de no ver a su azzurra en un Mundial.
    PD: Grande Ramón.

  3. Fernando

    15 de noviembre de 2017 a las 9:49 pm

    Es una pena que se haiga retirado pero gracias Pirlo por haberme demostrado que la mente es mas rápida que los pies grande Pirlo

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