Esperando a Costa

Debíamos de estar en quinto o sexto de EGB, aquella cosa que se estudiaba antes de que alguna mente lúcida decidiera, con los resultados ya conocidos, que a los niños de este país les hacía falta una buena vuelta de tuerca en su educación. Andaríamos por los once o doce años de edad, una etapa de la vida en la que uno es fácilmente impresionable y en la que anda abierto a todo con la porosidad de una esponja. Llevábamos juntos en clase seis años. Es decir, para un chaval de once o doce, toda una vida. Nos conocíamos a la perfección, sabíamos de qué pie cojeábamos y hasta dónde se podía llegar con cada uno de nosotros. Y de repente, aquella mañana de principios de curso, apareció él: el repetidor.

Ser repetidor en EGB no era cualquier cosa. Por de pronto, la etiqueta de ‘repetidor’ ya conllevaba una serie de condiciones estereotipadas. El repetidor era, por definición, un bandarra. Un tío al que todo le importaba bastante poco y que estaba allí lo mismo que podía estar en una cantera picando piedra o en un banco del parque apretándose un Ducados mientras observaba la vida pasar. Tan poco le importaban las consecuencias de sus desbarres y sus salidas de tono que era capaz de plantar cara, frente contra frente, a cualquier profesor que osara recriminarle. Era un pollo peligroso que saboreaba su asumida peligrosidad con deleite. Todo lo que ocurría en aquel submundo hiperreducido que era la clase acababa y empezaba por él. Estaba en todos los fregados, en todas las peleas, en todas las movidas habidas y por haber. La clase entera, podía decirse, orbitaba en torno a él, a sus caprichos y al humor que le tosiera aquel día. Era el torbellino que revolucionaba a las masas, el que decidía cuándo y cómo había que liarla, el que daba el visto bueno a tus gracias y el que se mofaba con estruendo de tus meteduras de pata. Había, por narices, que respetarle.

Diego Costa fue, durante algunos años, el repetidor del Atlético de Madrid. Apareció en escena sin ser ni mucho menos una estrella y asumiendo una responsabilidad extraordinaria justo en el momento en el que el equipo del Cholo, huérfano de la indudable referencia ofensiva que era Radamel Falcao, necesitaba de un nuevo líder espiritual que guiara a la turba. Todo en los partidos de aquel Atleti revolucionario y contestón giraba en torno a su figura. Lo bueno, lo malo y lo regular. Costa jugaba, se ofrecía, remataba, discutía, se zafaba, forcejeaba, sonreía y se peleaba. Pero Diego no era como aquel hijoputa que lideraba a sus compañeros imponiendo la disciplina del miedo en sexto de EGB. Diego Costa hacía goles. Y ofrecía un muy buen rendimiento deportivo del que su equipo casi siempre conseguía sacar partido. Aglutinaba toda la trascendencia del juego de su equipo. Pocas veces se ha visto a un futbolista crecer tanto en tan escaso plazo de tiempo y resultar tan determinante e incidente en el juego colectivo de su equipo. Diego Costa, como aquel repetidor preadolescente, es un macarra y probablemente nunca dejará de serlo, pero tiene tantas cosas buenas cuando se viste de corto que su vis lúcida es cada día más potente que su vis oscura.

Por eso Diego Costa vuelve, tres años después de su salida con destino a Londres, como el héroe al que siempre se le respeta el sitio. Porque el recuerdo que de él se tiene entre la afición colchonera es inmejorable. Porque pocos futbolistas como él se han significado de semejante manera, en determinados momentos excediendo incluso de lo contractualmente tolerable, a la hora de poner de su parte para irse a un determinado equipo.

Surgió de la nada, emergiendo desde el subsuelo de las divisiones inferiores portuguesas a las que llegó después de salir de su Brasil natal siendo un simple jugador amateur en busca de una vida. Acumuló una retahíla de cesiones desde su llegada a la disciplina rojiblanca. Pateándose media España, de cesión en cesión, con el mismo tesón y abnegación que demuestra en cada balón que pelea y en cada carrera que le disputa a su defensor. De ser un futbolista secundario y sin apenas carisma en busca de su sitio pasó a convertirse en el jugador más añorado por la hinchada colchonera en la obligada mudanza al Metropolitano. Con su estilo atropellado y brusco, quizá algo torpe, pero efectivo. Con su capacidad para acumular acontecimientos alrededor de su figura. Con su tendencia innata al exceso. Pocas cosas mejores le podían pasar a este Atleti.

Camisetas de Diego Costa en Classic Football Shirts.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

3 Comments

  1. Israel

    25 de septiembre de 2017 a las 5:05 pm

    Griezman, Gameiro, Costa. Pfff que delantera la del Atlético para Enero.Está por ver si para Enero el Atlético todavía estará en condiciones para hacerse con la liga, y si sigue en Champions (que yo creo y espero que si)

  2. yo

    29 de octubre de 2017 a las 1:08 pm

    Esperemos que no osen llevar a tal mendrugo a la selección, representa y es todo lo contrario a la selección española que ha hecho historia. Creo que se entendería mejor con sus compañeros y el ambiente si jugase en la liga de prisiones. Como invitado eh.

  3. Jose Browser

    11 de noviembre de 2017 a las 4:45 am

    Me agrada la manera en la que redactas, muchas gracias, seguiré leyendo tu blog.

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