El cielo sobre Berlín

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Si el Hertha finalmente descendiese de categoría, toda la ciudad de Berlín se sentiría de segunda clase, más pobre, más triste‘. Para el diario berlinés Der Tagesspiegel, que así se pronunciaba en la previa del definitivo duelo ante el Schalke 04 en aquel mes de abril de 2010, el de su penúltimo descenso al segundo escalafón del fútbol alemán, estaba claro que el fútbol en la capital alemana no era ni mucho menos una cuestión menor. Aquella desproporcionada boutade pretendía situar al fútbol en un lugar que, en realidad, nunca le ha correspondido dentro de la bulliciosa, estimulante y siempre atractiva Berlín. Porque ni el Hertha BSC tiene la exclusiva de la representación deportiva (ni siquiera futbolística) de la capital germana en los más altos niveles, ni la ciudad admite que su principal equipo de fútbol pueda ser considerado como un fiel representante de la variopinta sociedad berlinesa. Berlín es una ciudad, especialmente tras la reunificación y la recuperación de la capitalidad, con una gran afluencia de inmigrantes, tanto de otros países como del resto de Alemania. Cada uno trae consigo, aparcado en su memoria, o en forma de bufanda colgada de la pared de la habitación de un lúgubre piso de estudiantes, su propia fidelidad a un equipo de fútbol. Y casi todos ellos acuden al Olímpico al menos una vez al año: precisamente el día que su Stuttgart o su Wolfsburg del alma visitan al Hertha. Berlín es demasiado multicultural como para aferrarse con firmeza a un único club de fútbol y abrazar una sola fe futbolística. Berlín es un saco lleno de muchos corazoncitos variopintos. Berlín, sexy y vanguardista como pocas capitales europeas, es un banderín del Galatasaray colgado tras la barra de un döner kebab de Kreuzberg y una camiseta del Legia escondida en algún precario armario.

La particularísima idiosincrasia de la Berlín del Muro tuvo su repercusión, como no podía ser de otra forma, en el fútbol. Nadie lo ha contado mejor que Simon Kuper en su excepcional e imprescindible ‘Fútbol contra el enemigo‘ (Contra, 2012), en boca del ‘disidente’ futbolístico Helmut Klopfleisch, al que el Muro de la vergüenza separó forzosamente de su Hertha del alma durante veintiocho largos y agitados años. La profusión de clubes de muy diversa índole, cada uno con sus particularidades socio-políticas, no contribuyó precisamente al desarrollo sostenido de un club poderoso ni en el este ni en el oeste de una ciudad que resultó caótica, y no sólo en lo futbolístico, durante muchos años.

Cuentan que las circunstancias propicias pudieron haberse dado por fin cuando, días después de derribado el Muro, el Hertha jugó por primera vez en Berlín tras la reciente reunificación. Una marea humana de seguidores del Hertha procedentes de la zona este acudieron en masa al Olímpico con la ilusión de ver cumplido un sueño tan cercano como prohibido durante toda una vida: ver a su equipo en vivo. Pero la fiebre futbolística duró poco. Para el segundo partido en casa tras la reunificación, la directiva del club, en un gesto de acercamiento entre las dos mitades de la ciudad, decidió invitar al encuentro a los dirigentes del Dynamo y del Union, algunos de ellos antiguos miembros de la temida Stasi. La respuesta de sus ‘nuevos’ seguidores procedentes de la zona este no se hizo esperar. No querían compartir estadio con aquellos que se habían encargado de privarles durante décadas, entre otras muchísimas cosas bastante más trascendentes, de su amado equipo de fútbol.

El Hertha no pudo construir una masa social poderosa aprovechando una circunstancia tan favorable como la reunificación. Muchos de sus seguidores continuaron siéndolo, por supuesto, pero dejaron de lado esa ‘obligación’ ritual asumida por todo hincha de acudir cada dos semanas al estadio. El club berlinés se desligó de buena parte de sus aficionados porque quiso vendar prematuramente unas heridas tan profundas que aún no habían sido cauterizadas. Parecía imposible haberlo hecho futbolísticamente peor en una ciudad tan inmensa y con tanto potencial.

Como si Damiel y Cassiel, los dos ángeles que surcaban el cielo y la vida cotidiana de Berlín y los berlineses en la película de Wim Wenders, hubiesen decidido abandonarse a placeres más mundanos y hubiesen puesto algo de lo suyo en el Olímpico, el Hertha Berliner Sport-Club brilla hoy como hacía tiempo que no se veía. Aunque aún no llegue a suponer amenaza real para la implacable autoridad que llega de Múnich y Dortmund, Berlín puede volver a sentirse hoy una ciudad de primera clase. Mucho menos triste. Mucho menos pobre.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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