Adoptando símbolos ajenos

¿Imaginan al Bayern, al Arsenal, al Milan o al FC Barcelona cambiando su escudo tradicional por imperativo contractual con alguno de sus múltiples patrocinadores? ¿Visualizan lo que sería el escudo azulgrana, por ejemplo, con la gran R roja de Rakuten superpuesto sobre la cruz de San Jorge? ¿Y los cuatro aros de Audi engarzados en la bandera de Baviera del escudo del Bayern? Lo que hoy en día, y a esos niveles, nos parece algo impensable y sería tachado poco menos que de insulto sobre la identidad y la memoria de la institución transformó para siempre la imagen de un modesto club de South Yorkshire a mediados de la década de los setenta, cuando la cada vez más debilitada Inglaterra pre-Thatcheriana se resolvía entre protestas sindicales, reformas y cuestiones pre-europeístas varias.


En Doncaster tenían poco que perder. Con un equipo acostumbrado a deambular sin mucho éxito por las diversas categorías de la Football League sin haber conseguido jamás en toda su larga historia trascender del segundo nivel, cualquier estímulo en forma de inyección económica que hiciera pensar en un futuro alejado de los barrizales era más que bienvenido. Quizá por eso, cuando a finales de la década de los años sesenta con el Rovers anclado en la tercera división y avistando un futuro poco halagüeño, el ayuntamiento de la localidad tomó la decisión de prohibir que el club de fútbol exhibiera como propio el escudo de armas de la ciudad, tradicional emblema durante sus casi cien años de historia, muchos vieron el cielo abierto en lugar de un acto de deshonra. El Rovers no era digno de representar a la ciudad en una región en la que el fútbol es religión y en la que las vecinas Sheffield o Barnsley les miraban por el retrovisor en lo que a asuntos futbolísticos se refiere. O eso entendió el consistorio, cansado de que un club segundón se ocultase bajo la enseña de la ciudad.

Los acontecimientos se precipitaron. Había llegado el momento de dar una nueva imagen al club. Era una ocasión idónea para modernizar la institución, para dar un paso más en su estancadísimo crecimiento. Fue entonces cuando surgió la posibilidad que terminó perpetuándose, cuando ya han pasado cuarenta años. Existen varias versiones al respecto, pero todas acaban desembocando en un origen común. Huérfano de simbología, el Doncaster Rovers decidió aprovechar el tirón y adoptar en su escudo el símbolo de la Rover Car Company, histórico fabricante inglés de vehículos, tras el acuerdo de patrocinio alcanzado con el distribuidor de la marca en la localidad de Doncaster. Hay quien dice que ni tan siquiera hubo un acuerdo comercial, que fue todo un simple capricho del por entonces manager del equipo Maurice Setters, convencido de la fuerza que otorgaría al club una imagen como la del vikingo. Sea como fuere, lo que resulta innegable es que desde el año 1972 la imagen del Rovers quedó indefectiblemente asociada a la impactante efigie del guerrero nórdico

Y parece que el cambio fue para bien. Tardó un tiempo en dar sus frutos, pero por fin, en la temporada 2007/08, y tras conseguir tres ascensos de categoría en apenas seis temporadas, el Doncaster Rovers alcanzó por vez primera desde la década de los cincuenta la Championship, segunda categoría del fútbol inglés y techo, hasta la fecha, para el modesto club del vikingo. La alegría duró apenas cuatro temporadas. Al término de la pasada campaña, el equipo, último clasificado de la categoría con solo ocho victorias en 46 partidos, terminó precipitándose de nuevo al abismo. Un nuevo paso atrás. Una nueva vuelta a empezar. Siempre, eso sí, bajo la tutela del desafiante vikingo.

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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