Desubicado

Sant Joan Despi 15.08.2017 Deportes Ernesto Valverde durante la sesión de entrenamiento previa al partido de vuelta de la supercopa de España contra el Real Madrid en el Bernabeu. Fotografía de Jordi Cotrina

No fue, el de la ida de la Supercopa, un Barça bochornoso, por mucho que de la lectura del resultado y del posterior hervor implacable de las redes sociales pudiera entenderse lo contrario. No fue para tanto. Ocurrió, simplemente, que el Madrid fue mejor y, sobre todo, más efectivo. Golpeó con mayor contundencia y se mostró más desmesurado en sus intenciones contra la portería rival. Más o menos lo que se prevé y se espera de un equipo serio, rodado, trabajado y con sus constantes estables. Cuando un equipo de fútbol aúna talento individual como para exportar y un aprendizaje exhaustivo de los más básicos automatismos que deben gestionar su funcionamiento colectivo, puede decirse que ha alcanzado su punto culminante. Y en ese cúlmen, bordeando la sublimación de su rendimiento, parece encontrarse este Real Madrid del tercer curso de Zidane. Bonito, vistoso, exhuberante e implacable. Un equipo que lo tiene todo y al que le sale todo. Un equipo hecho. Justo en las antípodas de lo que es, a día de hoy, el FC Barcelona de Ernesto Valverde.

El técnico extremeño tomó la decisión de afrontar la que quizá sea la misión más complicada de su carrera deportiva en un momento delicado para el barcelonismo. Que, de un tiempo a estos días, el agua en Can Barça baja turbia es una realidad que nadie medianamente puesto en la actualidad futbolística desconocía. En pleno cambio de ciclo deportivo, con jugadores capitales embocando la inevitable cuesta abajo, con la abrupta salida de un jugador franquicia que estaba llamado a liderar proyectos inmediatos y todo bajo el manto de una junta directiva que parece incapaz de reaccionar con la debida celeridad ante el cariz que empiezan a tomar los acontecimientos, el escenario sobre el que ha aterrizado Valverde no anima precisamente a ser entusiasta con su futuro inmediato. Su distancia con el Real Madrid es, en estos momentos, inasumible. Mucho mayor de la que el aficionado culé puede llegar a tolerar. Además, con el club obligado a apagar primero los fuegos surgidos intramuros antes de ocuparse de las batallas extramuros, no parece que el rumbo tomado por la ejecutiva azulgrana suscite muchas esperanzas entre el graderío. El golpe que supuso la intempestiva e inesperada salida de Neymar para una junta directiva ya demasiado desgastada parece haber reducido aún más su, hasta la fecha, limitada capacidad de gestión. Tal es la situación y la sensación de zozobra en la dirección técnica que cualquiera podría pensar que mañana podrían ser presentados en el Camp Nou Philippe Christanval o Dragan Ciric como fichajes de última hora para tratar de reflotar el proyecto.

Veo a Valverde en sala de prensa. Lo observo con esa mirada de ceño fruncido tan suya, como escudriñando cada palabra de las preguntas y meditando todos los posibles sentidos de sus respuestas. Y lo veo en un mundo que quiero creer que no es el suyo. En un mundo alejado de lo que ha estado acostumbrado a vivir, en un mundo de imposiciones e hiperanalizado hasta el extremo y en el que, mucho me temo, le va a costar mucho ser quien realmente es y volver a encontrarse a sí mismo.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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