Días de vino y turquesa

Como en el Amstrad CPC 464 con el que mataba el tiempo en mi infancia, pantalla monocroma, parpadeante y verde, salían Barcelona y Real Madrid al campo mezclando, a este lado de la tele, los tonos de sus uniformes. Más uniformes que nunca. Como una guerra sin enemigos donde el balón se pastoreaba por el césped sin más intención que dejar pasar las horas. Entiendo que la RFEF, descabezada, investigada y masacrada desde dentro, no ha tenido tiempo para ponerse a mirar camisetas como un adolescente en el Primark. Días de vino y turquesa.

Cuantos más barçamadrides haya, menos importan. Como los besos, valen más de inesperados, incluso rotos, que de seguido. Por esa facultad que tiene el ser humano de aburrirse en la abundancia y echar de menos un, qué sé yo, Madrid-Korona Kielce por la propia excentricidad y rareza del choque. Tras el clásico de pretemporada, de madrugada como un alunizaje, y este choque supercopero, el de la Liga ya se nos hará hasta tedioso. Así somos. Sólo imagino feliz a Mealdo.

El partido fue tan bueno como buenos son algunos de los jugadores que pisaron el césped. Messi hizo de Messi y Cristiano hizo de Cristiano. El portugués marcó un gol, celebró con revanchismo infantil y pagó su frustración con el árbitro. Cierto que el colegiado fue obstinadamente malo, pero sólo hace falta imaginar un juicio para saber que si el reo quiere ser libre lo último que debe hacer es zamarrear al magistrado.

Cristiano se ha convertido en el borracho del grupo que siempre sale con alguna trastada. Es divertido hasta que deja de serlo. Incontenible y pueril. Tan excesivo, tan suyo y tan ajeno a la lógica mecánica del partido. Tan injusta es la tarjeta por simulación como irresponsable la que pide a gritos por quitarse la camiseta y remedar a Messi con sorna y unas migajas de complejo. Una parte del madridismo pensará en justicia. Otra parte seguro que está cansada del pataleo, de la permanente llamada de atención como el niño en la trona que cree haber inventado un color nuevo mezclando rayajos de cera. Y es que no hace falta, y menos ahora, que el Madrid está desatado. Planifica bien, gana títulos y cada decisión que toman sale a favor. Para qué remover la rivalidad, si el contrario está en la lona, sin Neymar y fichando a treintañeros de exótico Erasmus en China.

El Madrid galopa y el Barcelona rebuzna. Esa es la realidad. Hace unos años era al revés y aquí nadie se rasgó las vestiduras. Mientras el Barcelona ganaba la primera Champions de Guardiola en el Madrid entronizaban a Palanca. El fútbol es terrible y olvidadizo. Cíclico y cruel. El proyecto megalomaníaco de Florentino ha empezado a funcionar cuando ha dejado de ser megalomaníaco. Como si el Joker se forrara robando carteras en el metro en lugar de destruyendo Gotham con cabezas nucleares. La mesura, tan monacal, tan del nuevo florentinismo, le sienta bien al Madrid. Se ficha poco y se confía ciegamente en un señor al que muchos creíamos incapaz de entrenar al más alto nivel. Zidane es un fenómeno tan inexplicable como las líneas de Nazca o el triangulo de las Bermudas. Él comanda un equipo al que le gusta ganar. Al que le gusta mucho ganar. Al que le gusta más ganar que la pizza o que pillarse primero la chaise longue al llegar a casa. Y eso, ese apetito desmedido por la victoria, no es algo que pueda comprarse en el mercado de verano, aun teniendo 222 millones de euros bajo el colchón.

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com

1 Comentario

  1. Full Norbert

    14 de agosto de 2017 a las 10:17 pm

    Podría incluso debatirte algunos puntos, pero puede que sea tu mejor artículo del Madrid.
    Del Barça prefiero ni hablar, ya está dicho todo.

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