La medalla

 

La derrota no es desprecio, sino verdad, y la verdad admite pocos matices, como una sentencia en última instancia. La derrota llega y contra ella sólo queda juntar las muñecas, bajar el mentón y recorrer el camino al penal entre flashes. Perder es parte del juego. Sin derrota no hay victoria y sin victorias no hay fútbol. Luego están las lecturas elogiosas, las cartas desde la celda, la justificación del dolor. Todo ese poemario nacido de las tiniebla del gol en contra y la cabalgada desesperada en el último minuto de partido. Pero ese es trabajo para otros. La poesía es servidumbre. Escuchaba a Vialli la otra tarde, en un soberbio Informe Robinson sobre la final de Wembley en 1992, asumiendo la victoria del Barcelona con el aplomo que no tuvo en el césped. Sobre la hierba inglesa, al acabar el partido, el delantero italiano lloró y lamentó cada ocasión fallada. Fue su entrenador, Boskov, el que se acercó al futbolista derrotado gritándole “¡Los hombres de verdad no lloran por un partido de fútbol!”. Tres años después, el italiano ganó la Copa de Europa con la Juventus y el peso de aquella derrota no evitó su vuelo.

Es imagen habitual de estos tiempos ese terrible gesto de quitarse la medalla de perdedor en la final, delante incluso de quien, con boato y trascendencia, te coloca el yugo en el cuello. Por más prisa que te des en arrancarte el metal del pecho, la derrota siempre estará ahí y llorarás, como Boabdil, lo que no pudiste ganar sobre el terreno de juego. La derrota es inapelable y digna. Es dolorosa, palpable y perenne. La medalla es una jaula en la que viviremos hasta que en el siguiente partido nos abran la puerta. Mourinho entregó su medalla a un niño del público y el comentarista dijo que fue un bonito gesto. Yo creo que fue horrible entregar tu sambenito a un inocente buscando así expiación y olvido. Ahora ese niño porta con la derrota de su equipo, la derrota de los otros, una medalla que es símbolo de lo que tus botas no patearon, tus guantes no tocaron y tus decisiones no cambiaron. No es la primera vez. Ya lo hice tras perder contra el Arsenal la Community Shield en 2015. “Es una medalla de perdedor, así que será un buen recuerdo para él”, dijo entonces.

La medalla del perdedor es tan necesaria como la copa del que gana. Sin tocar el suelo es difícil tomar impulso. La otra opción es flotar en el limbo de los que jamás entendieron que el fútbol es un deporte de luz y sombra. Esa medalla, talismán de noche que un señor con traje te ofrece como un chamán, eres tú hasta que dejes de serlo. Mourinho lo sabía. Por eso quiso, inútilmente, espantar a los fantasmas. El niño no merece la indignidad metálica de los que no supieron ganar. Cada derrota, por pequeña o grande que sea, por rotunda o accidental que sea -no puede olvidarse-, es ya parte del escudo.

“A veces, cuando gano, no me quedo con la medalla, así que imagínate cuando pierdo. La medalla se hubiese quedado en cualquier lugar de mi casa y para ese niño es la luna”, dijo Mourinho al acabar el partido. Una luna escuálida y veraniega, fina como una uña, la sonrisa de un superviviente gato callejero.

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com

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