Stars and stripes

Aquel Mundial tenía mucho de exótico. No era Estados Unidos un país precisamente cercano, ni futbolística ni geográficamente. A mis 17 años, y pese a un desaforado amor por el fútbol que me convertía a ojos de mis amigos y familiares en una especie de bicho raro con conocimientos enciclopédicos sobre ligas recónditas y competiciones absurdas, el fútbol estadounidense me era un completo desconocido. Quizá por eso y por el extraordinario recuerdo que me había dejado el muy cercano Mundial de Italia en 1990 (pese a haber sido una cita escasamente memorable en lo futbolístico) me resultaba complicado entender el porqué de la celebración de algo tan único como un campeonato del mundo en un país de tan escasa tradición futbolera. Para mí no existían razones de índole económica, ni de expansión del deporte rey en el país más poderoso e influyente del planeta. En Estados Unidos no había una Liga potente y, por aquel entonces, ni siquiera existían futbolistas de cierto renombre originarios del país. A ojos de un adolescente, celebrar algo tan grandioso como un Mundial en un lugar así no era más que una decisión estrambótica, alejada de cualquier lógica y coherencia y muy difícilmente comprensible.

Puede que precisamente por aquella inicial predisposición en contra, por aquella cerrazón a admitir que Estados Unidos era un lugar tan válido como cualquier otro para la celebración de un Mundial, lo que iba a desarrollarse durante aquellas semanas de junio y julio en lugares tan futbolísticamente atípicos como el Rose Bowl de Pasadena, el Giants Stadium de Nueva Jersey o el Pontiac Silverdome de Detroit (primer estadio completamente cubierto en acoger un partido mundialista) acabó marcando para siempre, como a muchos de mis coetáneos, mi afición por este deporte.

El peculiar escenario era propicio para la anécdota. De primeras, aquello ni siquiera parecía un Mundial. Los partidos se disputaban en estadios mastodónticos y ante una afición que, mayoritariamente, no entendía muy bien el origen de semejante alboroto por un deporte que en Estados Unidos no pasaba de ser una actividad infantil extraescolar fundamentalmente femenina. O sea, un deporte para niñas. Y, tan propicio como el escenario, lo era el equipo anfitrión.

Si bien ya conocíamos de la existencia de un combinado estadounidense tras su participación en el anterior Mundial (donde acabó como penúltimo clasificado final), la oportunidad de comprobar el crecimiento de un equipo con un potencial abrumador pero escasamente explotado no debía pasarse por alto. Era ‘su’ Mundial. El exótico seleccionado norteamericano tenía ante sí una misión notablemente más complicada, si se me permite la exageración, que la de alzarse con el título. La selección de las barras y estrellas partía en su torneo con el objetivo inequívoco de enraizar el soccer, deporte mayoritario en todo el planeta, en un población que solo tenía ojos para el baloncesto, el fútbol americano, el béisbol y el hockey. Para ello, Bora Milutinovic armó un seleccionado rebosante de carisma, con futbolistas, muchos de ellos semiprofesionales, que aún hoy son recordados con cariño por los aficionados. Un auténtico icono pop en forma de equipo de fútbol. Justamente lo que el fútbol norteamericano necesitaba para su definitivo despegue de popularidad.

Era el equipo en el que comenzaba a despuntar Cobi Jones, que sigue siendo el futbolista que más veces ha vestido la camiseta nacional, en donde el extravagante central de origen griego con aspecto de frontman grunge Alexi Lalas imponía la ley de su inolvidable perilla pelirroja en el eje de la defensa o en el que Tony Meola, un gigantón de cuello dórico y coleta repeinada que llegaría a hacer sus pinitos como punter de los Jets de Nueva York, guarecía la portería sobre la que iban a dirigir sus miradas millones de espectadores de todo el mundo.

La cita de 1994 quizá no fue todo lo exitosa que se esperaba en el plano deportivo. Los de Milutinovic acabaron cediendo su ilusión ante Brasil, posterior campeona, en los octavos de final, en un partido que se recordará como muy disputado por parte de los locales. Pero, si bien su protagonismo como anfitriones del torneo fue efímero, la labor de los Meola, Lalas, Jones, Wynalda, Ramos, Wegerle o Caligiuri trascendió aquel torneo mundialista y sentó las bases de una hoy pujante y en franco crecimiento Major League Soccer y de un equipo nacional al que ya nadie nunca volvería a tener por un simple elemento anecdótico.

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com