Costará

Costará convencer a quienes estas dos semanas se hayan animado a ver por primera vez a la selección femenina absoluta que esta España no es así. Que esta España llevaba dos años mostrándose como un equipo con ideas, animoso, con confianza, buen juego y notable capacidad goleadora. Pero la realidad es que más de medio millón de personas siguieron ayer una prórroga en la que un equipo nervioso, romo, de juego pastoso, carente de desborde individual y de soluciones colectivas pretendió acceder a las semifinales del Campeonato de Europa colgando balones a un área repleta de jugadoras rivales con una más que evidente ventaja física sobre las españolas. La realidad es que a ninguno de esos 548.000 espectadores le extrañará que ese equipo alcanzara los 350 minutos (260 de ellos ante rivales notablemente inferiores) sin meter la pelota entre los tres palos, ni sería capaz de visualizar la manera en que podría romperse la racha. La realidad, dolorosa, es que recuperar a esa gente para la causa, volver a convencerla para sentarse a ver este fútbol por algo más que simple curiosidad o cierto paternalismo culpable, costará casi tanto como marcarle un gol a Austria a base de centros desde 35 metros.

Y duele. Duele porque era posible haber hecho algo muy distinto y realmente histórico. Antes de comenzar el torneo, pasar a cuartos era el objetivo mínimo y razonable, pero el desarrollo del campeonato abrió a España un camino inmejorable para alcanzar la final: un grupo asequible, un cruce de cuartos contra un rival netamente inferior sobre el papel y, en el horizonte, unas semifinales ante una Dinamarca que acabó con la tiranía alemana (seis eurocopas seguidas acumulaban las germanas) pero que, nuevamente sobre el papel, no es superior a la España que creíamos ser. Sobre el césped la cosa cambió demasiado. Después de unos aceptables primeros 45 minutos en el debut ante Portugal, España no supo qué hacer. Se olvidó de quién era y de cómo había llegado ahí. Fue una caricatura deslavazada, perdida sobre el campo y superada por rivales y situaciones. Llegar a cuartos era el objetivo, sí, pero perder así en cuartos no merece otra nota que el suspenso general. Es cierto que pasar desde los 11 metros hubiera obligado a cambiar la evaluación, pero las conclusiones serían las mismas. Que jugando así de mal sólo se haya estado a una tanda de penaltis de las semifinales ya da una idea de la enorme oportunidad que se ha perdido.

Sólo quienes han estado dentro sabrán identificar las verdaderas razones de este desplome. Sólo ellas y ellos sabrán decir si la preparación ha sido la adecuada. Si la ausencia de Vero Boquete y Sonia Bermúdez de la lista de convocadas ha privado a la selección no sólo de juego y goles sino también de carácter y liderazgo. Si han ocurrido otras cosas que expliquen esa pérdida de identidad y confianza con respecto a lo visto durante el brillante camino a esta negra Eurocopa. Decíamos hace dos veranos en estas mismas páginas que en el fútbol no hay peor cosa que no controlar lo que pasa en el terreno de juego. Dos años y una revolución después, cualquiera diría que no hemos avanzado nada. Y costará convencerle de que se equivoca.

Palencia, 1984. Nunca llegué a debutar en Primera.

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