Un día, un fichaje: Deulofeu

Aunque tengamos la sensación de que lleva ahí una eternidad, Gerard Deulofeu tiene solo 23 años. Desde su debut con el primer equipo del FC Barcelona en octubre de 2011, siendo aún juvenil, el extremo de Riudarenes ha pasado por el Everton, por el Sevilla y por el Milan. Tres clubes con sobrada solera, ambiciosos y exigentes, pero quizá demasiada inestabilidad para un jugador aún en proceso de formación. Gerard se fue del Barça prácticamente sin haber llegado a ser jugador del Barça. Fue saltando de club en club sin tiempo para componerse y encontrar su sitio, sin ocasión de asimilar conceptos y estilos. El diamante en bruto, con unas condiciones técnicas intactas desde su aparición en escena, seguía sin ser pulido.

Deulofeu, estigmatizado por esa cruz que suele colocarse sobre los jóvenes y prometedores extremos habilidosos cuando comienzan a comprobar que irse de un defensa de primera división no es tan sencillo como hacerlo de un juvenil o un cadete, es un blanco fácil. Un futbolista anquilosado y anclado en una zona del terreno de juego en la que sus evoluciones, tan repetitivas, han llegado a ser tan previsibles como intrascendentes. El éxito de su operación de retorno al Barça, un secreto a voces anticipado por esa especie de ansiedad que se genera en torno a la necesidad que sufre el barcelonismo de ver triunfar a sus canteranos en el primer equipo, pasa por varias claves. Tal vez como primera premisa aparezca el factor emocional. A Deulofeu se le va a exigir porque sobre él y su rendimiento en particular sobrevuelan todas las sospechas. Y se le va a exigir partiendo de una posición extremadamente comprometida e incómoda para el propio futbolista. Nada hace presagiar que su incoporación vaya a restar minutos a ninguno de los habituales integrantes del tridente ofensivo, posición que por naturaleza debería ocupar el canterano. Su rol quedará limitado a la espera de minutos y oportunidades. Que esos minutos sean de calidad es una cuestión tangencial pero que no debe ser desdeñada. Deulofeu, y es consciente de ello, se verá obligado a demostrar cada vez que pise el césped. Aceptar lo incómodo de su cometido y la cesión del papel de protagonista a quienes realmente serán protagonistas en las alineaciones de Valverde parece una premisa fundamental para buscar la estabilidad emocional necesaria para obtener el mejor rendimiento posible.

Es Deulofeu un futbolista de ruptura y de desequilibrio. Un jugador que basa su juego en el dribbling y en esa capacidad física que le permite cambiar de ritmo de manera lo suficientemente brusca como para desequilibrar a sus marcadores. En ese sentido, su llegada aporta al ya completísimo arsenal de Valverde un arma muy específica de la que hasta ahora no disfrutaba el Barça. La búsqueda de la agitación y de la subida súbita de revoluciones en partidos atascados partiendo desde el banquillo es la principal exigencia que el cuerpo técnico azulgrana va a demandar de su nueva incoporación. Si bien es una característica bien presente en jugadores como Neymar o Messi, no es menos cierto que nadie entre los habituales integrantes de la línea de refresco poseía tales virtudes.

No es sencillo que la nueva incorporación de Can Barça readapte su juego a nuevas exigencias. Es un futbolista con un estilo demasiado focalizado en el desborde, con cierta tendencia al individualismo y con un preocupante desdén por incomparecencia en fase defensiva. Saber encajar lo que él está capacitado para ofrecer dentro de las exigencias del equipo, tal y como sí lograse en el último curso en el Milan, es la clave del éxito para la que parece, esta vez sí, la última llamada de la elite a la puerta de Deulofeu.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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