Las botas de Portillo

El otro día vi a Ronaldo el gordo en el tenis, en un palco de la Caja Mágica. Lo normal. No falla. Cada año se pasa por allí. Yo también, aunque no voy a lo mismo. A mí me toca trabajar en el departamento de comunicación del torneo. Voy con un estabilizador para el móvil y grabo vídeos de cualquier cosa que pasa alrededor del juego. Me vale también Ronaldo el gordo, aunque hay que decir que al público tenístico no le interesa en exceso su figura. Lo sé porque alguna vez he ofrecido contenido suyo y no ha cumplido con las expectativas. Al menos con las expectativas que yo tenía, quizás algo distorsionadas, eso sí, por mi pasión futbolera. Pero es que siempre he sentido predilección por Ronaldo el gordo. Lo cual me lleva a otra historia. A la del día de su debut con el Real Madrid. Historia válida, pienso, para estos diarios. Así que vamos con ella.

Ronaldo el gordo debutó con el Real Madrid marcando dos goles al Alavés. Fue en un partido de estos que no suelen tener mucha historia, típico de comienzo de temporada, de los que pasado un tiempo nadie se acuerda. En este caso, todo fue diferente por el mencionado debut pero también, porque supuso, por decirlo de algún modo, el comienzo del fin de la carrera de Portillo. Los hechos se sucedieron de la siguiente forma. Ronaldo llegaba de ganar el Mundial de Corea y Japón con Brasil pero lo hacía con dudas sobre su estado físico. Portillo mientras tanto, había batido registros goleadores en el Castilla y parecía preparado para dar el salto al primer equipo. Ronaldo tardó algunas semanas en ponerse a punto. No había hecho pretemporada y su estreno vestido de blanco se retrasaba así que a Portillo le tocó hacer de nueve. La famosa tarde del Alavés, Portillo fue titular y Ronaldo suplente. Era el día propicio para que el canterano se reivindicara. Sin embargo, mediada la segunda parte fue sustituido sin haber tenido casi trascendencia en el juego. En su lugar entró Ronaldo y en un minuto anotó el primero en su cuenta. Un remate dentro del área que todos los que estábamos en el estadio observamos fascinados. Era como si no nos creyéramos que aquello estuviera pasando. Se paró todo. Hasta los defensas rivales. Daba la sensación de que nadie quería perder detalle de la jugada. Nadie excepto Portillo, seguramente.

Ronaldo no esperó mucho para hacer el segundo. Apenas quince minutos más tarde. Ahí ya todos tuvimos claro que iba a hacer lo que le diese la gana ese año. Y así fue. Lo malo es que también hizo lo que le dio la gana fuera del campo y sus registros goleadores se resintieron con el tiempo. Para entonces Portillo ya había caído en el olvido. De promesa a jugador desahuciado que va de equipo en equipo sin encontrar su sitio. Fue una pena porque prometía mucho y de hecho, empezó también a lo grande, como Ronaldo. Se estrenó en un partido de Champions ante el Panathinaikos y su tanto valió para rescatar un punto, lo que le permitió al Madrid llegar invicto a la ronda de cuartos de final de aquel año en la Liga de Campeones. Sería su mayor logro vestido de blanco. Eso sí, el mayor pero no el único. Antes de abandonar definitivamente el club madridista tuvo tiempo de salvar de nuevo a sus compañeros. Aunque no lo hizo sobre el terreno de juego.

La anécdota me la contó Fernando Manso, conductor del autobús del Real Madrid en la época de los galácticos, una tarde que quedamos cerca de su casa a tomar algo, poco después de haberse retirado de su actividad profesional. Ocurrió todo después de un partido en Murcia:

Tenía que llevar al equipo hasta el aeropuerto de Alicante para que los jugadores regresaran a Madrid en avión pero, al poco de entrar en la autopista, tuvimos una pequeña avería. Se rompió el cable del acelerador. Nos tocó parar en la vía de servicio y me tuve que bajar para confirmar que el problema era ese.

Dicho y hecho. Fernando abrió el capó pero no observó nada. El fallo tenía que estar en otro sitio. Se metió debajo del vehículo. A la segunda dio con la incidencia. La varilla que desplazaba la bomba de gasoil se había partido. Debía actuar con rapidez para evitar que se quedasen tirados (algo que nunca le había pasado). Fue entonces cuando intervino Portillo, aunque de manera involuntaria. Y es que Fernando, en un alarde de ingenio, llamó a uno de los utilleros y le pidió que sacara la bolsa de las botas:

Quería utilizar unos cordones para unir las dos partes en las que se había roto la varilla. Utilizamos los de Portillo. Y funcionó. Llegamos al destino a tiempo. Y no sólo eso, yo pude volver a Madrid en el autobús y estuve una semana circulando con aquel parche hasta que me mandaron la pieza de repuesto.

Ya de vuelta en la Ciudad Deportiva, Portillo en tono de broma le recriminó el haberle fastidiado las botas. “Menuda faena me has hecho”, le dijo. Pero no, no fue Fernando. Fue Ronaldo el que se la hizo. Al menos pudo salvar una segunda vez a los suyos.

Foto | AS

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