Un gol para presentarse al mundo

Zinedine Zidane siempre dijo de sí mismo ser un gran tímido. Y puede que estuviera en lo cierto. Su mirada fugaz, escondida y nerviosa y su tono de voz pausado, susurrante y monocorde lo delataban y aún, cuando ya no es ningún niño y ha asumido un rol de primerísima plana mundial en el banquillo del Real Madrid, lo siguen haciendo. Pero Zizou es un tímido de doble faz, un tímido descarado e insolente. Un tímido que, sobre el campo de fútbol, era capaz de atreverse a hacer cosas que nadie nunca habría osado hacer y encima tener los arrestos suficientes como para hacerlas bien.

Seis de diciembre de 1995. Estadio Benito Villamarín. Es el partido de vuelta de la tercera eliminatoria de la vieja Copa de la UEFA. El Real Betis recibe a un potente Girondins que se trae un notable y tranquilizador dos a cero del choque de ida en el Parc Lescure. Los verdiblancos salen hipermotivados bajo la fría y lluviosa noche invernal sevillana y parece que incluso los dos goles de renta de los bordeleses van a ser insuficientes ante el más que previsible empuje andaluz. Sin embargo, en las filas del club de Aquitania hay quien tiene una sorpresa preparada. Una bombazo inolvidable que entraría directamente en la antología perfecta de las más brillantes obras de arte del mundo del fútbol.

Minuto cuatro del partido. Gaëtan Huard, portero que más tarde lo sería del Hércules, saca en largo de puerta. El balón bota en el círculo central y Anthony Bancarel, que ha acudido a la lucha por él, consigue desviarlo ligeramente hacia el primer compañero libre de marca, varios metros dentro ya del campo del equipo local. Recibe el balón y es el jugador más adelantado de su equipo. No tiene a nadie con quién asociarse para intentar progresar en su avance hacia la portería contraria. El horizonte yermo. Los refuerzo en la retaguardia. Tiene que inventarse algo, en décimas de segundo. De pronto, y dejando que el balón pegue un sólo bote sobre el césped, el latigazo. La plasticidad del gesto, la elegancia del movimiento. ¡Zum! El inesperado pelotazo hacia la gloria. Lo que sólo queda al alcance de unos pocos irreverentes. Ese Pedro Jaro sorprendido, como todos, y ese balón cayendo a plomo contra las redes béticas después de un vuelo supersónico de cuarenta metros.

La presentación en sociedad de un tímido patológico como Zinedine Zidane tuvo mucho de descaro y suficiencia, un aquí estoy yo en toda regla. Aquel Girondins de Dugarry, Lizarazu y el mago Zizou que fue pasando rondas para llegar desde el submundo de la Intertoto hasta la gran final de la competición y tropezar en el último instante ante el potentísimo Bayern quedó para siempre en la memoria popular como un equipo irrepetible y una conjunción única de futbolistas, momentos y fuerzas que funcionó como magnífico marco para la puesta de largo del que acabaría siendo considerado el quinto grande de la historia del fútbol.

En DDF| El Girondins que tumbó al Milan

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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