Precio de mercado

No me preguntéis cómo he llegado a ello ni, desde luego, el dinero que he invertido, pero tengo que deciros que soy el afortunado poseedor de una colección de cerca de quinientas camisetas de fútbol de equipos y selecciones de todo el mundo. Algunos que ya incluso ni siquiera existen. La cosa empezó casi de manera inconsciente, con las típicas camisetas de algodón a las que la inocencia infantil no les pedía más que unos colores determinados y un número recortado en fieltro pacientemente cosido a la espalda. Ni escudos bordados, ni tejidos casi extraterrestres con propiedades abrumadoras, ni marcas deportivas encareciendo el precio final del producto. No hacía falta nada más para soñar y para imaginarse que el descampado de turno era un rebosante San Mamés. La primera fue del Athletic (o, mejor dicho, roja y blanca a rayas verticales) y llevaba cosido el número 7. El de Dani.

El asunto comenzó a complicarse cuando alguna mente pensante decidió aplicar las novedosas técnicas de mercadotecnia a un producto que escondía un potencial comercial valiosísimo. El fútbol necesitaba nuevas fuentes de ingresos y la venta de su propia imagen era un caramelo demasiado apetecible como para dejarlo pasar. Y es en este punto en el que entra en escena un viejo conocido de los amantes del fútbol inglés. Don Revie fue, además de un extraordinario técnico, un hombre con un ojo especial para los negocios que enseguida percibió el nicho de mercado que escondía la explotación de la propia imagen para un club como el Leeds United. Fue en el año 1973 cuando Revie convenció a la directiva del club para la firma de un acuerdo comercial con la marca deportiva Admiral. Admiral proponía elaborar las equipaciones del club a partir de unos estándares que permitiesen la fabricación masiva de camisetas, con todos sus derechos de explotación y comercialización reservados, y que facilitasen la posterior venta de réplicas entre los aficionados de Elland Road. El club, a cambio de la cesión de sus derechos de imagen, percibiría un porcentaje por cada camiseta vendida a modo de royalty. Un acuerdo embrionario que iluminó lo que hoy es un negocio que mueve miles de millones a nivel mundial. Al Leeds pronto le siguieron otros clubes. Manchester United, Southampton, West Ham y, pocos años después, la selección inglesa, catapultaron el nombre de Admiral a finales de la década de los setenta y cambiaron radicalmente el panorama de la explotación comercial de los clubes de fútbol.

El efecto bola de nieve fue ya imparable. Pronto entraron en liza nuevas marcas comerciales, conscientes de que la veta comercial abierta por el Leeds de Revie y seguida por otro buen número de equipos de las islas era un filón por explotar. Primero las británicas Umbro y Bukta. Más tarde, el gigante alemán Adidas irrumpió en el mercado inglés para tratar de trasladar el dominio que ya ostentaba en el continente. Con la modernización definitiva del fútbol inglés y la creación de la Premier League en la temporada 1992/93 el concepto del merchandising futbolístico explotó definitivamente. Llegaron las camisetas personalizadas con nombre de los jugadores, se popularizó la venta de las réplicas entre los aficionados. Las camisetas ya no solo se vestían sobre el césped, ahora también se lucían en las tribunas como un signo de pertenencia por un lado y de distinción, por otro.

El camino iniciado en el fútbol inglés pronto tuvo su continuidad en el resto de países europeos. Al mismo tiempo que las camisetas se popularizaban entre los aficionados, las marcas deportivas aumentaban sus precios. Una camiseta, siete mil pesetas. La cosa comenzaba a resultar algo más que un simple capricho. Tal fue el disparatado incremento de precio que la Office of Fair Trading británica (una suerte de organismo en defensa de la lealtad de la libre competencia y del consumidor) trató de tomar cartas en el asunto. Para ello, se convocó a representantes de las principales partes interesadas (Manchester United, la Football Association, Umbro, la cadena de ropa deportiva JJB Sports…) a una mesa redonda de la que surgiera un acuerdo para poner fin al disparate de la venta de camisetas de poliéster (bien, vale, tejido extransensorial, hidrófugo, termoaislante y con mil supuestas propiedades más) a 40 libras. Casi tres lustros después de aquel conato de raciocinio, la camiseta oficial del United alcanza un precio en su web oficial de 76 libras.

¿Alguien ha notado algún cambio en la política de precios que convierte a una camiseta oficial de un club de fútbol en un producto de lujo?

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

2 Comments

  1. xtaoth

    27 de abril de 2017 a las 3:52 pm

    Desgraciadamente, la calidad de esas camisetas decrece con cada año. Que tenga camisetas que a los dos lavados se le quite la publicidad de la propia marca fabricante (eh? Macron?). Así que es un producto de baratillo vendido como lujo, y que, encima, nos convierte en postes publicitarios…

    …y lo digo después de haberme comprado mi enésima camiseta, de la selección de Estonia, aprovechando un viaje a ese país 😀

  2. Full Norbert

    27 de abril de 2017 a las 11:16 pm

    Una camiseta de Estonia cómo mola…
    Yo tengo dos del Barça, una suplente amarillo pollo de la temporada del gol de Iniesta en Stamford Bridge que me costó 30 euros porque era ya Mayo. Y la otra es falsa, de este año (por fin sacaron una camiseta titular decente) que me costó 22. Si ya me parece cara una camiseta por 30 pavos, imaginad lo que me parece su precio normal. Bueno, ya lo ha definido Borja.