Sobre la remontada

Loor al Barcelona. Mito inmediato. Historia viva. Lo imposible. Da igual que se pitasen o hubiesen pitado penaltis injustos, que hubieran echado a seis o que las órdenes angélicas en pleno hubiesen transportado a hombros a Messi, Luis Suárez y compañía. El Barcelona se había abocado a un desafío impensable –jamás logrado antes en competición europea-, salieron como demonios del túnel convencidos de que era posible, y terminaron clavando la bandera en lo alto de la montaña dejando un partido que todos (los que estemos vivos) recordaremos dentro de cuarenta años. Tras varios meses de cal y arena, rumbo errático y vida al límite, los azulgrana sacaron del armario el traje de ave fénix; en 90 minutos de pasión y fuego, lanzaron al pozo del olvido la humillación de París, y volvió el conjunto de leyenda que lleva diez años como piedra de toque del fútbol europeo. Hoy es un día para rendirles la pleitesía que han merecido, y para envidiar los torrentes de lágrimas que desbordaron el Camp Nou tras la catarsis de Sergi Roberto.

El final de Emery. Nadie hubiera pedido al PSG del Camp Nou la perfección que desparramó en el Parque de los Príncipes, pero ni los que llevamos años siguiendo a Unai y conocemos su pulsión barraquera a domicilio, su gusto por la trinchera y la peste sospechosa que desprenden sus equipos cuando salen de su hogar, podíamos figurarnos la puesta en escena de sus jugadores anoche. Más especuladores que Buffett y con más miedo que vergüenza, sus futbolistas se colgaron del larguero durante 45 minutos de la basura, incapaces de dar cuatro pases con sentido y sin un jugador con arrestos y torería para pedir el balón y aguantarlo cinco segundos. El gol de Cavani pareció premiar tanta tristeza y tanto cálculo, pero inopinadamente, en ocho minutos de lava ardiente, el mazo del fútbol cayó sin piedad para castigar el miedo y la cobardía de un equipo capaz de tirar un 4-0. Es muy posible que este partido señale a Emery para siempre, y le clausure sine die los grandes banquillos del fútbol europeo.

Show me a hero. No siente el arriba firmante un especial aprecio por el fútbol de Neymar. No puede dudarse de su velocidad, de su culebreo en carrera, de la sangre a 5 grados en los mano a mano que le suele regalar Messi, ni de su fiera competitividad; sin embargo, es un jugador algo obtuso a la hora de tomar decisiones –lo cual deja muchos de sus regates en fogueo-, poco variado en su juego cuando no hay espacios, que pasa de puntillas por bastantes partidos y cuyo comportamiento en el campo roza con frecuencia la antideportividad. Casi siempre, el eslabón más débil de la MSN. Sin embargo, anoche se elevó por encima de sus defectos para convertirse en el gran protagonista del partido que más veces será revisado por los culés en los próximos años. Insistente, punzante, preciso, forzó un penalty, clavó una falta de las que descerrajan mandíbulas, asumió la responsabilidad en el quinto, y de sus botas salió el balón que precipitó 95.000 orgasmos sobre la campana de las once de la noche. Un gigante ayer, quizá por primera vez estuvo a la altura de su precio. Cualquiera que haya sido.

Las repeticiones. Se trata de un asunto lateral al propio partido, pero viene ocurriendo esta temporada con cierta frecuencia y cada vez haciendo más ruido. Javier Mascherano declaraba anoche en zona mixta que en una de las últimas jugadas del partido, justo antes de la gran gloria barcelonista, había hecho penalty a Di María en un avance a portería del Fideo. La sorpresa de muchos resulto mayúscula, por cuanto que durante la transmisión no se vio ni una sola repetición de la jugada. Ni una. Puede ser simplemente un error técnico, pero se están produciendo muchos este curso en jugadas importantes y/o decisivas en las que la cantidad de imágenes que se ofrecen no parece obedecer al interés de la propia jugada, sino a una cierta arbitrariedad de la realización televisiva. Con el VAR en la rampa de lanzamiento, urge una explicación convincente de lo que está ocurriendo con este asunto, y sobre todo una vuelta a la situación de normalidad de pasadas temporadas. Se trata de un asunto muy serio.

Foto: Lluis Gené.

Matemático profesional, lector empedernido, escritor ocasional y esforzado blogger, se enamoró del fútbol como fuente de momentos inolvidables y como metáfora de la vida. Nada mejor que un buen debate sobre tal o cual jugador, golazo o táctica, y nada peor que el fanatismo, la polémica gratuita o el cotilleo. Apasionado de las viejas historias sobre enfrentamientos míticos y leyendas del balón que no tuvo ocasión de conocer, guarda en su memoria muchos goles y partidos con la sensación de que fue un privilegio vivirlos (ramon.flores@diariosdefutbol.com).

5 Comments

  1. Full Norbert

    9 de marzo de 2017 a las 10:00 pm

    Menos mal que escrito tú este texto, Ramón, y no lo ha hecho Agredano que ya me lo veía yo venir…
    Lo de ayer fue, simplemente, apoteósico.

  2. Marko Masiç

    10 de marzo de 2017 a las 12:06 am

    Yo he pensado lo mismo Full Norbert. Veía un artículo de la gramdeza del ascenso de Segunda B a Segunda o una comparación por el estilo.

  3. Andrés Villanueva

    10 de marzo de 2017 a las 6:46 pm

    “Da igual que se pitasen o hubiesen pitado penaltis injustos”, no, nunca da igual, menos si se trata de un equipo (incluyendo directivos, jugadores, entrenadores y aficionados) que enarbolan valores y transparencia, aunque estos rara vez sean genuinos. Muy lamentable postura Ramón.

  4. EL GRAN KAN

    13 de marzo de 2017 a las 4:49 pm

    Este “da igual”, jamás lo habría escrito, si es otro equipo y no el Barça, quien recibió el favor.

  5. macqroll

    13 de marzo de 2017 a las 9:03 pm

    ¿Alguien se acuerda de las famosas, por tantas veces contadas, remontadas europeas del Real Madrid? Al menos una de aquellas dos copas de la UEFA tuvieron sus “ayuditas” arbitrales. Sin ir mas lejos está el caso del Real Madrid-HNK Rijeka, vuelta de dieciseisavos de final de la UEFA cuando un jugador sordomudo fue expulsado por insultar al árbitro. Los blancos tenían que remontar un 3-1 y los visitantes acabaron el partido con 8 jugadores. Hoy en día, y entonces, se recuerdan las gestas que supusieron ir remontando eliminatorias claramente en contra por los resultados en los partidos de ida. De eso va este artículo y quien no lo quiera ver está en su derecho pero, en unos años, nadie hablará del árbitro como nadie recuerda hoy en día el nombre del expulsador de jugadores mudos. Como nadie, tampoco, recordará el nombre de Mateu Lahoz por mucho que hoy lo recuerden algunos. Como nadie recuerda goles en fuera de juego que sirvieron para ganar, nada menos, que Champions League. Solo permanecen los trofeos.