El mejor mediocampo del mundo

La falta de intensidad, como las bombillas de bajo consumo. Tres semanas de media por lesión, futbolistas jugando al escondite con un matasanos enchufado. Cinco minutos de desconexión por partido. El ángel que se le escapó a Keylor en un quirófano. Errores de concentración. El delantero del descuento que a veces es central. Necesitar la Heroica hasta para ir al cuarto de baño. Sustituciones extrañas, sustituciones políticas. El sillón de comentarista que está esperando a Cristiano. Las fugas zen de Benzema. Un equipo bisecado como un ángulo triste, crucificado por vagancias puntuales. Goles tempraneros, árbitros arbitrarios. Demasiados partidos, demasiada presión, Bale en los barrios bajos, Ramos haciendo de Llull, Varane de Flan Danone.

Éstas y no otras razones se desmenuzan estos días en los papeles, con mayor o menor gracia, tratando de explicar el desplome del titán, o cómo un equipo que ha batido récords se convierte en un día para otro en un cucurucho de vainilla olvidado cuatro días a la solana. Hay verdad en muchas de estas ideas, imposible negarlo, pero también un ruido de fondo desagradable, las uñas de un gato en celo arañando el gotelé, el silbido que precede a la deflagración. Es el tufo de la superficialidad. Poner el acento en lo perverso donde antes sonaba la melodía angélica. Argumentos retorcidos, algo ruines, de usar y tirar. Razones que no tenían sentido hace dos meses, cuando los mismos cabrones surtían de orgasmos a la parroquia.

Hay que cavar un poco más profundo, ajustarse la lupa de ojo y efectuar un raid sobre la composición de la plantilla del Madrid para extraer una razón convincente de lo que le viene ocurriendo a este equipo. Hay camiones, toneladas de centrocampistas en una plantilla sin fin. Y no son advenedizos, ni los mediocres mercenarios de fortuna que apestaban en otras épocas el césped del Bernabéu. Se trata, en cambio, de unos futbolistas magníficos, fuera de lo común. Los tipos que programan los hornos donde se cocina el fútbol. El rubio arquitecto de catedrales. La mirilla de Enemigo a las puertas en el pie izquierdo de un colombiano. Asensio levitando junto a la cal, Kovacic lanzado como los arietes del asedio. Una bestia intutiva que llegó de Brasil para agazaparse demasiado tiempo en las entrañas de Valdebebas y en la guarida del dragón. Lucas Vázquez, que lo mismo te friega el suelo que le baila el lago de los cisnes al defensa. Un demonio sureño, mago libélula, todo audacia y sabiduría. Y un tal Modric.

Cualquier entrenador razonable pondría su vida y la de su familia en manos de estos hombres. Casi cada vez que Zizou y su maestro confiaron en ellos, comenzó a hablarse de equipo de época, de suprema excelencia, de oro líquido fluyendo feliz a la orilla de la Castellana. La victoria fue rutina, regla la preciosidad, inevitables los récords propios y ajenos despeñados por el barranco. Sólo necesitaban uno o dos tipos competentes por delante para rematar la obra con los toques finales y regalar la sonrisa del triunfador al fotógrafo de guardia.

Pero también hay delanteros en el Madrid. Cristiano, un tomo en sí mismo de la enciclopedia del fútbol, acercándose poco a poco al epílogo. Karim, el artista gélido, bailarín genial y exasperante, lucidez donde a veces manda el automatismo. Bale, tantas virtudes que no sabe cómo ordenarlas, todo lo tiene menos el conocimiento del juego. Y Morata, la baza oculta, electrón libre e inclasificable, demasiado decisivo para olvidarlo, demasiado extraño para quererlo. Dos de ellos, casi cualesquiera, convierten a los caminantes blancos en el ejército de los Valar. Cuando son tres, en cambio, salta por los aires el puzzle, el cristal de Bohemia se hace añicos, y el fútbol se escapa a chorros, sangre fresca tras un buen tajo, entre tres hormiguitas desvalidas condenadas a cubrir una pradera, y tres figurines indolentes que sólo saben mirar hacia delante. Un pequeño cambio en el esquema, un gran desastre para el Madrid. Efecto mariposa de ponzoña y derrota.

Todos tenemos identificada, desde hace diez años, al arma de destrucción masiva del Barcelona; una ciudad casi entera cuelga de su cuerpo pequeño. La paradoja del Madrid es que, poseyendo su propia bomba atómica -esos medios angélicos e impares- extraños designios vetan su descarga cada vez que la nociva BBC se encuentra en perfecto estado de revista, o próxima a estarlo. Tres años donde sólo los desgraciados percances de los arietes han posibilitado una fugaz estabilidad en la excelencia. Tres años perdidos para un centro del campo destinado a referencia histórica, y resumidos en dos orejonas ganadas en la asfixia, mil remontadas domésticas tiradas a la basura, y una historia que quizá cuenten los abuelos merengues en el futuro: “Qué jugadores teníamos, y qué poco ganamos con ellos…”

Cada vez les queda menos tiempo.

Matemático profesional, lector empedernido, escritor ocasional y esforzado blogger, se enamoró del fútbol como fuente de momentos inolvidables y como metáfora de la vida. Nada mejor que un buen debate sobre tal o cual jugador, golazo o táctica, y nada peor que el fanatismo, la polémica gratuita o el cotilleo. Apasionado de las viejas historias sobre enfrentamientos míticos y leyendas del balón que no tuvo ocasión de conocer, guarda en su memoria muchos goles y partidos con la sensación de que fue un privilegio vivirlos (ramon.flores@diariosdefutbol.com).

1 Comentario

  1. Asier

    5 de marzo de 2017 a las 4:50 pm

    Y cuando ya sabía que estaba ante un textazo, llegó ese “Dos de ellos, casi cualesquiera, convierten a los caminantes blancos en el ejército de los Valar”. Ojalá Ramón se pase por DDF con, al menos, la misma frecuenta que el gran Antonio Agredano. Sin menosprecio de la labor de Mr. BB.