Camisetas interiores

“Mi libertad es el derecho de hacer lo que las leyes me permiten”, escribió Montesquieu. Suena hasta subversivo. Entiendo que las normas están demodé. Que el púlpito se ha elevado tanto que ahora casi luce por encima de los códigos que nos regulan. Que la dignidad arrebatada no entiende de leyes, ni de órdenes, ni de prohibiciones. No defiendo el estatismo, pero sí la adecuación a lo que hay. Todo tiene una razón y no conocer esa razón no exime, ni legitima. Sólo conociendo nuestras fronteras podemos celebrar que las hemos cruzado.

En el Real Sociedad-Eibar, tras la más que loable celebración al marcar un gol, Undiano Mallenco sancionó a Juanmi con tarjeta amarilla. El futbolista se había levantado la camiseta de su equipo mostrando una camiseta interior con un mensaje en recuerdo de Pablo Ráez. El reglamento dice que, sobre el césped: “Se deberá amonestar a un jugador por quitarse la camiseta o cubrirse la cabeza con ella”. En cuanto al equipamiento, so pena de ser multado por la Federación, queda fijado que: “Los jugadores no deberán mostrar ropa interior con eslóganes, mensajes o imágenes de carácter político, religioso, personal o publicitario que no sea el logotipo del fabricante”.

Podemos debatir sobre la pertinencia o no de esta norma. Y lanzo la reflexión ahora, cuando es innegable el calado que un hombre como Pablo ha tenido en la sociedad española y, con más insistencia, en la sociedad malagueña. De donde es Juanmi, por cierto. O Samu Castillejo, que también llevaba una camiseta interior como homenaje en su último partido, aunque no marcara y sólo pudiera enseñarla finalizado el encuentro.

Técnicamente, la tarjeta no viene por enseñar un mensaje sino por quitarse la camiseta reglamentaria. Insisto con eso, antes de seguir. Decía FIFA ya en 2004 que “quitarse la camiseta tras marcar un gol resulta innecesario y los jugadores deben evitar tan excesiva muestra de júbilo”. Y no es tanto una cuestión de entusiasmo, sino de protección a los que ponen el dinero en las camisetas y los estadios. Como aclara el IFAB, el comité internacional encargado del reglamento del fútbol: “Creemos es la regla más sencilla para la imagen del deporte, comenzar de la base que no debe haber consignas, imágenes o logotipos de patrocinadores alternativos en las camisetas que usan debajo del uniforme”. Con su norma se evitan reivindicaciones, sentidos recuerdos o pamplinas. Desde el “feliz cumple mami” de Messi al “Dani Jarque siempre con nosotros” de Iniesta en la final del Mundial. Aunque haya un mundo entre ambos, la norma no discrimina. No alienta la sentimentalidad. Sólo evita la reivindicación íntima del futbolista o sus propios intereses publicitarios. Mercantilismo personalizado y expresividad emocional arrancados de cuajo.

Ayer, tras la segunda amarilla a Juanmi, se leyeron relatos de fantasía en Twitter acerca de una expulsión provocada por el sincero homenaje. Las lecciones de dignidad siempre me han causado sonrojo. Todos esos que sacan la bandera de la cordura como si el resto viviéramos en la oscuridad y el fango, como si al fútbol se debiera entrar con antorchas, como en una cueva. Tras alegatos a la libertad de expresión, el repaso a Barcelona y Madrid, y los encendidos golpes en el pecho acerca de la indignidad de este deporte frío e hipercontrolado, se llegó al meollo de este debate.

¿Deben los futbolistas ser libres para mostrar mensajes en sus camisetas? Pongámonos en que sí. Que cada futbolista fuera libre de enseñar mensajes en su pecho. ¿Cuál sería el límite? ¿Quién pondría ese límite? ¿Los árbitros? ¿Los clubes? Por ejemplo, si un futbolista profundamente católico decide sacar en su camiseta en un mensaje en contra del aborto. ¿Tendría derecho? Según la Constitución, por supuesto que tiene derecho a oponerse a que las mujeres aborten. Incluso puede manifestarse para hacer más ostentosa su queja. ¿Por qué no garabateado en una tela bajo su elástica? ¿Y si un futbolista se saca eso de “Ni machismo, ni feminismo: igualdad”? ¿Quién pone el límite? ¿Podemos pedir al árbitro que además de conocerse las reglas del juego tuviera perspectiva de género? ¿Podría un futbolista pedir la inclusión de la pena de muerte en nuestro Código Penal? Me consta que hay futbolistas que la ven viable. Me consta que hay futbolistas machistas, retrógrados, ignorantes y cainitas. Igual que me constan futbolistas ilustrados, moralistas y preocupados por su entorno social. Pero si, de repente, estamos viendo el fútbol y un futbolista enseña una camiseta que dice “Vota PSOE”, “Con Franco vivíamos mejor” o “Bódalo Libertad”, ¿a quién vamos con el cuento?

Entiendo que la prohibición, genérica, evita el despiporre aunque, en casos como el de Pablo Ráez, perdamos esa perspectiva de la protección. Porque nos duelen las pérdidas y cualquier homenaje es insuficiente para algunos de los que se van. Sin embargo, en el Málaga-Betis se guardó un minuto de silencio por él. Es decir, no se prohíben los homenajes sino que se acota la forma de llevarlos a cabo en un estadio. Lo que sobra es la tendenciosidad y la desinformación. Criminalizar el fútbol. Moralizar a través de casos como este. Echar piedras sobre un deporte que tiene que cambiar pero que no debe estar sometido al capricho emocional de los que escriben sobre él. Ni de los aficionados. Ni de nadie que se cree con más autoridad que la propia autoridad de este deporte mutable.

La libertad de expresión es importante, pero no avasalladora. Debe marcar el ritmo, pero no someterlo a su caprichoso pulso. Juanmi sabía que recibiría tarjeta amarilla y aún así quiso rendir homenaje a un ser excepcional, como fue Pablo. Ejerció su derecho asumiendo sus consecuencias. La norma está para cumplirla. También para debatirse. Pero en el caso de esta prohibición me parece procedente, no quiero un fútbol donde los futbolistas, a los que pago por ver, pero no siempre por escuchar, tengan vía libre para reivindicar nunca se sabrá qué cosas aprovechando su repercusión mediática.

A los otros, a los que amparados en su derecho a opinar sacan conclusiones pretendidamente epatantes y lanzan flemáticos sus recelos a un fútbol, por lo visto, oscuramente moderno, sólo les pediría que leyeran las normas antes de juzgar. Por higiene y seguridad. Amparados en la legítima y áurea libertad de expresión, a veces, se dicen sonoras estupideces. Me pregunto si hablar con ligereza y desapego no es un derecho más importante, aún, que el de expresarse. A alguien que habla o escribe en público se le presupone un bagaje, una reflexión, cierto interés por comunicar cosas veraces, interesantes y constructivas, pero se ve que ese no es límite de la libertad, que los límites son otros, muros que descansan en la espalda del que escucha. Tras cada defensor de la libertad de expresión hay un oyente que debe asumir la mentira con docilidad, el insulto con estoicismo y la bravata con ceremonial silencio. Bastante tiene el fútbol con lo que tiene, para encima cargarle lo que a uno se le pasa por la cabeza. Así, a lo Laudrup, sin mirar.

 

 

 

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com

5 Comments

  1. ANA

    4 de Marzo de 2017 a las 11:44 am

    He dejado de leer tu artículo cuando has puesto lo de “Ni machismo, ni feminismo: igualdad”. Si no sabes la diferencia entre la primera y la segunda palabra no me interesa seguir leyendo.

    Por cierto, la CE’78 recoje el derecho a la libertad de expresión siempre que no vaya en contra de leyes o del honor de otras personas. Una camiseta anti aborto estaría en contra de la propia ley del mismo y sería dañino contra el honor de muchas personas.

  2. ANA

    4 de Marzo de 2017 a las 11:46 am

    Recoge*

  3. Antonio Agredano

    6 de Marzo de 2017 a las 9:06 am

    Hola, Ana.

    Si lo hubieras leído entero quizá hubieras detectado que los ejemplos que pongo son irónicos y que pretenden, precisamente, lo contrario de lo que me acusas. La idea de “ni machismo, ni feminismo: igualdad” es señalar que hay expresiones negativas que pueden ampliarse en un campo de fútbol.

    Realmente no sé qué hago contestándote. Es terrible que te permitas la libertad de criticarme algo sin haber hecho el esfuerzo, si quiera, de llegar al final del escrito para ver qué defiendo, cómo lo hago y entender mi razonamiento. Una vez hecho, por supuesto que puedes ponerme a parir. Pero es muy ridículo venir a criticarme con la chulería, no tiene otro nombre, que es anunciar que ni me has leído.

    Sobre la CE. Ojalá bastara con leer el articulado para entender las normas. Puedes expresar tu inconformidad con alguna de las leyes. Por supuesto. El caso del aborto que tenía en la cabeza era además el de aquellas manifestaciones organizadas por Provida en la que no cuestionaban el aborto como tal, sino la ampliación del llamado “cuarto supuesto”.
    Es como si ahora, que se pretende legislar sobre pobreza energética, saliera un futbolista con una camiseta que dijera “Si quieres luz, trabaja para pagarla”. Por ser más sutiles.

    Y sí, sé la diferencia entre machismo y feminismo.

  4. Fernando

    16 de Marzo de 2017 a las 3:03 pm

    Texto deliciosamente escrito, respecto de cuyo contenido estoy totalmente de acuerdo.
    No aporto mucho con este comentario, pero lo hago para no reservar este espacio a quien solo pretende agredir y faltar.
    Disfruté leyendolo, gracias.

  5. Andrés Villanueva

    24 de Marzo de 2017 a las 9:39 pm

    A “Ana” no la encontré nunca en los comentarios de otros artículos y viene a mandarse semejante estupidez, que además denota la incompetencia intelectual y emocional de confrontarse con aquello que parece contrario a los ideales propios, volviendo imposible cualquier intercambio de ideas.

    Respecto del texto, me quedo con la frase “no quiero un fútbol donde los futbolistas, a los que pago por ver, pero no siempre por escuchar, tengan vía libre para reivindicar nunca se sabrá qué cosas aprovechando su repercusión mediática.” Me deja pensando qué tanto quiero escuchar a los jugadores opinar sobre tal o cual cosa, sabiendo que, por estadística histórica, poquísimos tienen opiniones inteligentes respecto de otras esferas de la vida.

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