Un moderno

Hay dos tipos de hombres. Los que saben a dónde van y los que, como yo, aún no se han movido. Los caminos son hostiles, están llenos de peligros. La vida es quedarse quieto, como si siempre hubiera un oso acechándonos, como si cada paso fuera el último.

La modernidad me da repelús. El moderno de verdad nunca es consciente de su ruptura. El progreso no es ostentoso ni colorido, más bien funcionarial y estrujado. Como la deriva de los continentes, ese crepitar subterráneo casi inadvertido. Difícilmente medible. Pausado. Pasa con la modernidad que siempre corremos el riesgo de que se la apropien los impostores, los jaraneros, aquellos que se autoproclaman diferentes y se disfrazan de futuro creyendo que la vida es gris y que todo lo que somos los demás es un magma perezoso y que sin ellos la humanidad es menos divertida, inconsistente o normal. Como si ser normal no fuera, por sí mismo, un ejercicio fatigoso.

Ocurre también en el fútbol donde, paradójicamente, la modernidad huele a añejo. A campos que nunca se han visitado, a equipos casi desconocidos, a historias desenterradas a paladas en busca de un no sé qué perfume a clásico, que no deja de ser una bofetada fétida emanando de una carne podrida. Como si lo rompedor y moderno fuera mirar atrás con infladísima nostalgia.

Me da rubor, y un poco de miedo, ver a toda esa gente loando las miserias de un club desaparecido en los sesenta en la segunda división inglesa. O citando a Best. O convirtiendo en leyenda a un jugador de Gabón que, a principios de los ochenta, tocaba el balón sin despertar ternura condescendiente en la grada. Los que lloran por estadios derruidos, los que gastan su dinero en camisetas mordidas por el tiempo, los que intentan convencerme de que todo tiempo pasado fue mejor. Al adjetivo, si es generoso, siempre hay que ponerlo en cuarentena.

Yo tengo la férrea convicción de que el fútbol siempre fue una mierda, lo sigue siendo, y lo será hasta que el último balón del universo deje de rodar. Y está bien que así sea. Para qué queremos endulzar un bocado que así, amargo, ya nos sabe bien. Para qué domesticar un deporte donde veintidós personas se ordenan, con mayor o menor criterio, sobre un campo no necesariamente mullido y confían en sus pies, torpes extremidades, para controlar un objeto esférico y lleno de aire. Qué maravilla de juego, cargado de azar, de tristes casualidades y esperanzadoras causalidades.

Por eso a veces me quedo aquí. Callado. Mientras otros avanzan en una búsqueda que siento ajena. No sé a dónde va el fútbol pero, desde luego, me temo a dónde van los futboleros: a un matadero emocional donde las cuchillas de la melancolía y la trituradora del relato exagerado harán el trabajo sucio. Como esa espontánea celebración del Alavés. Esa paternalista adhesión a la causa de los clubes pequeños. No soy un descreído. Creo en la modernidad. Soy tan moderno que soy del Córdoba. Tan moderno que mi equipo está al borde de los puestos de descenso en Segunda. Tan moderno que el domingo nos la jugamos, de nuevo. Si eso no es lo guay, ya no sé lo que puede serlo.

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com