Aquel gran Deportivo Alavés

El Alavés es un balón a la desesperada en el minuto 117 de Dortmund que roza Delfí Geli y que acaba colándose en cámara lenta en la portería de Martín Herrera. El Alavés es un ascenso, el primero de la historia de nuestro fútbol, tras derrotar al Betis por dos goles a cero el 30 de marzo de 1930. No existían ni las crónicas deportivas y los vitorianos ya estaban a lo suyo, subiendo y bajando peldaños y recorriendo entre gritos de júbilo los descansillos de la escalera. Pero el Alavés es también un triste peregrinar de muchos años en Tercera división y una interminable compilación de partidos semiclandestinos en Lasesarre, el Stadium Gal o Merkatondoa con la vaga esperanza de volver a sufrir con las incertidumbres de los ascensos. Es un declive salvaje y descontrolado precipitándose hacia el concurso de acreedores que tuvo al club contra las cuerdas de la desaparición hace algo más de un lustro después de haber acumulado una deuda de veinticinco millones de euros. Y es, también, un partido con el agua al cuello en el estadio de La Victoria de Jaén con un gol salvador de Guzmán Casaseca en el minuto 93 para conseguir la permanencia y, con ella, la supervivencia del club. Ese es el sabor del tuétano alavesista, la esencia babazorra. Ese sube y baja eterno, ese vivir permanentemente instalado en la montaña rusa emocional de los ascensos y los descensos que se personaliza en la figura del capitán Manu García. El centrocampista vitoriano subió con el equipo de Segunda B a Segunda y lo hizo el pasado año a Primera. Dentro de tres meses capitaneará al equipo de su ciudad y de su vida en la Final de Copa.

El Alavés también ha sido la intrascendencia del equipo que casi nunca es tenido en cuenta porque a casi nadie le importa. Así ocurrió en la previa de su eliminatoria de semifinales de la Copa del Rey ante el Celta. Poca gente reparó en las posibilidades reales de los vitorianos, un equipo menos vistoso, menos bonito y menos sonoro que el gallego y que no había conseguido eliminar a todo un Real Madrid en la ronda anterior, sino al Alcorcón y con mucho trabajo oscuro. Tirando de frase hecha, el fútbol parecía deberle la mismísima vida a los celestes. En Mendizorroza, en cambio, no pasaban de meros invitados, de comparsas en una fiesta que no se preveía como suya. El clásico papel de secundario hasta que Edgar decidió hacer suyo el escenario. Y fue así como, discretamente y sabiendo estar en el momento idóneo y en el lugar preciso maximizando sus escasos pero apañados recursos, como los de Mauricio Pellegrino alcanzaron la primera final copera de su casi centenaria historia.

Han transcurrido únicamente cuatro años desde aquella agónica heroicidad en el estadio de La Victoria de Jaén con la que el Alavés salvó la vida. Podría parecer un tiempo insuficiente para cambiar la perspectiva y las aspiraciones del equipo. Y de hecho, probablemente lo sea. La historia del Alavés está repleta de subidas y bajadas. De perspectivas florecientes y de sueños trágicamente despedazados. De fogonazos como en el del Westfalen o el que espera el próximo 27 de mayo en Madrid, Bilbao o vaya usted a saber dónde. Pero este es su momento. ‘Gure garaia‘ (‘nuestro momento’), como podía leerse en las camisetas conmemorativas que lucieron los jugadores tras confirmarse la hazaña. Está en su esencia misma y en su himno. Cuando el bravo equipo albiazul resurge potente otra vez, recordando la gloria de aquel gran Deportivo Alavés, Vitoria solo puede poner en él su esperanza y su gran ilusión. Enhorabuena, alaveses.

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alaves

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com