Teta y silencio

La primera vez que vi una teta, dejé de entender el mundo. Las tersas líneas rectas del amor se transformaron en laberínticas secuencias, en mecánicas complejas. El universo me pareció un lugar menos asequible, menos cercano. Lejos de la visión globalizadora de un niño, como si algo se me hubiera estado escapando todo este tiempo. Como si las cosas se movieran, de repente, por motivos que yo había ignorado durante tantos años. Una vida cálida y hostil. Habitable, a duras penas. Epifanía e inyección de sangre. Como si a través de esa teta -pequeña, huidiza- pudiera comunicarme con mi pasado y lanzar mensajes a mi futuro. Una eternidad resumida en una montaña que late.

 
La teta, apenas descubierta, presa aún de un sujetador marcial, era la consecuencia de un amor adolescente, de un encuentro furtivo, de un deseo que iba más allá de todo lo que hasta entonces conocía. Algo nuevo, enhiesto, cálido. Demoledor. Único. El sexo como nueva comunicación entre personas que se aman. Aunque fuera un amor torpe, demasiado tierno. Jeroglíficos de carne. Sustituir las palabras por besos y los besos por lametazos y los lametazos por una inmersión suave en el cuerpo ajeno. Y al principio aquella teta. Como un fuego artificial de nieve.

 
El fútbol llega después de la vida. Aterriza en lo que somos como un avión de papel, de esa forma precipitada, descontrolada, errática. El 13 de octubre de 1999, FC Barcelona y Real Madrid se enfrentaban en Liga. Van Gaal y Toschack en los banquillos. Hesp e Illgner bajo los palos. Guardiola y Redondo en las medulares. Palabras mayores. El Real Madrid llevaba dieciséis años sin ganar en el Camp Nou. La sombra se espesaba sobre el club blanco. Un fortín inexpugnable es una herida abierta para el que asedia. Empezó marcando Raúl, pero Rivaldo y Figo voltearon el marcador.

 
La inocencia no se pierde, sólo se abandona entre susurros. Se deja allí, esquinada, con la esperanza de volver a recogerla más adelante. Aunque ese momento no llegue nunca. En el amor, abandoné mi inocencia sumergido en la teta enfurecida, brava y espumosa. Conversaciones de piel a piel en dormitorio ajeno. En una esquina, como la piel mudada de una serpiente, quedó transparente y retorcido el niño que fui. En el fútbol fue más sutil aún. Casi invisible.

 
Aquel día de octubre, séptima jornada de Liga, con el Camp Nou ya con el sabor de la victoria en los labios, apareció el cachalote del gol. Un empate que lucía victorioso. Raúl, Capitán Ahab aún barbilampiño, alma de un Pequod desvencijado, mandó el balón a la red. Lo hizo con dejadez, casi una casualidad, arpón perdido. “Fue una jugada que empezó por Redondo. El balón lo tocó Savio y pensé que estaba en fuera de juego. Controlé el balón, hice una vaselina y pensé que podía hacer otra cosa, pero supuse que estaba en fuera de juego”, dijo tras el partido. Marcó por marcar. Hasta ahí, el Madrid. Desde ahí, parte del imaginario de una generación. Raúl, tras el gol, se llevó el índice a la boca. Silencio. Como en el pasillo del hospital. Como en una biblioteca atestada.

 
“Estaban haciendo unos cánticos en mi contra y es un gol de alguna manera dedicado a ellos”, confesó. De alguna manera, Raúl mandó callar al Camp Nou. “De alguna manera tendré que olvidarte”, cantó Aute. Aquel día pensé que el fútbol no era solo celebrar la victoria. No era un párvulo juego de pelota. Había algo más. Algo oscuro, como el propio deseo. Un retorcido camino entre grada y césped. Una venganza impropia. Como si los mecanismos del fútbol me hubieran sido ajenos hasta ese momento, hasta esa celebración, hasta ese pendenciero gesto. La caza de la ballena. Aquel gol fue, también, un descubrimiento. Furtivo y desolador. Como la primera teta. Aquel gol tan adulto, de repente. Tan lejano y, sin embargo, propio. Anclado en mí. Como si siempre hubiera estado ahí ese gol, pero dormido.

 

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com

2 Comments

  1. Full Norbert

    2 de febrero de 2017 a las 10:45 pm

    Qué bonito, si Piqué manda callar al Bernabéu se monta la III Guerra Mundial, mientras que lo que hizo Raúl da para una oda exageradísima comparadac con el sexo como en este artículo. Rico doble rasero.

  2. Oleg

    3 de febrero de 2017 a las 12:06 pm

    Agredano escribe bien pero usa de más los símiles entre fútbol – sexo o fútbol-niñez.
    Lo hace bien, pero lo quema de tanto usarlo.
    En esta ocasión, le sale demasiado forzado y se nota que pierde frescura con respecto a otros artículos suyos o “Lo mudable”.
    Es solo una opinión que trata de ser constructiva.
    Saludos