La sombra de la broma

Llegó en un buen momento. Arropado y recomendado por José Mourinho, a nadie pareció chirriarle demasiado el pago de treinta millones de euros al Benfica por ver a Fabio Coentrão (Vila do Conde, Portugal, 1988), uno de los mejores laterales zurdos del momento, vestir la camiseta del Real Madrid. Aquel Madrid del segundo año de Mourinho era un equipo en franco crecimiento y la llegada del defensor portugués se interpretó como un necesario enriquecimiento del fondo de armario, imprescindible para afrontar con garantías las extremas exigencias a las que se vería sometido el equipo de ahí en adelante. Han pasado cinco años y medio desde aquella incertidumbre inicial a su llegada.

La última imagen que tengo de Fabio Coentrão vistiendo la camiseta madridista tiene un punto tragicómico. Jugaba el Madrid en el Alvalade lisboeta en la quinta jornada de la fase de grupos de la Liga de Campeones. Ya expirando un partido que los blancos tenían controlado, Coentrão, que había saltado al campo por lesión de Marcelo, cometió penalti por tocar el balón con la mano al levantar los brazos reclamando precisamente una mano del jugador rival. Fue una acción con un innegable punto cómico, con el lateral en extraño escorzo, como si se hubiera arrancado con una vira portuguesa. Porque ha llegado un momento en el que todo lo que rodea a Fabio Coentrão se ve bajo una pátina de comicidad. En cinco años se ha convertido en un futbolista que fuma en ambientes más o menos públicos y visibles, que aparece y desaparece de las sesiones de entrenamiento sin mayor explicación, que sufre extrañas lesiones y sospechosas dolencias con sucesivas recaídas enlazadas cuyos tiempos de sanación siempre acaban prorrogándose bajo un aura de misterio y secretismo y que, en resumen, apenas cuenta para su entrenador hasta el punto de ser el futbolista de la primera plantilla con menos minutos jugados en lo que llevamos de temporada, apenas 150 repartidos en cuatro encuentros.

Coentrão, antaño prometedora incorporación, se ha convertido en un chiste fácil que ya no despierta ni la ira de su público. Su estatus es otro. Es un recurso graciosete con el que ya nadie, ni siquiera los propios aficionados madridistas, cuenta como elemento válido dentro de un terreno de juego y al que ni siquiera su año de redención en el Principado de Mónaco consiguió devolver el lustre de sus inicios. Lejos quedan sus notables actuaciones en comprometidos partidos europeos de la mano de Mourinho en las que cumplía con creces con su labor de refresco y repuesto. Su protagonismo ha ido disminuyendo con el paso de los años (y de los entrenadores) hasta acabar ceñido al ostracismo casi absoluto. Ya solo es utilizado en aquellas escasísimas ocasiones en las que, estando disponible, no se presenta ninguna otra opción mínimamente planteable. La de hoy en Balaídos, en un partido que está muy lejos de ser un mero trámite para los de Zidane, podría ser una de esas ocasiones. Una oportunidad más en su historial de idas y venidas, de apariciones y desapariciones. Una de sus últimas alternativas para demostrar que aún puede seguir siendo un futbolista válido.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

1 Comentario

  1. Luís Cividanes González

    26 de Enero de 2017 a las 12:08 am

    ¿Sabías que Pulp patrocina las camisetas de un equipo femenino del sheffield GC? Sale en el último documental del grupo

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