Feliz o como se llame esto que siento

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El pasado es un cadáver que huele a colonia cara. La piel se arruga, los órganos verdean, pero pasan los días, los años, y el dulce aroma lo invade todo. Mirar atrás es una tentación terrible. Desde Edith hasta nuestros días, la sal sustituye a la sangre, preferimos lo que tuvimos a lo que tendremos. Es cómodo retornar a lo que una vez fue, más cómodo al menos que desentrañar el enigma del mañana. La vida es una búsqueda de luz. Delante espera el sol y atrás una plácida noche. Acogedora, lasciva y templada. Yo fui del Madrid hasta que Raúl se marchó al Schalke. Después me sobrecogió el futuro. La incertidumbre. Raúl me había acompañado toda la vida y, de repente, me soltó de la mano. Perdido como un niño en la feria, miré a todas partes buscando a algún familiar pero sólo encontré a desconocidos que caminaban, ociosos o borrachos, riendo muy alto o riñendo a otros niños, pasandome de largo, sin saber quién era yo, ni que estaba perdido y solo en mitad de una muchedumbre ajena.

Hace tres tardes mandé por whatsapp a Pablo García Casado una foto con una alineación del Madrid que encontré en Twitter. Era un pantallazo que escupía nostalgia. Buyo, Chendo, Hierro, Sanchís, Lasa, Redondo, Sandro, Luis Enrique, Amavisca, Zamorano y Raúl. “Eso es la UEFA de la 94/95”, me contestó. Con Pablo, y David, Vicente y Javier, íbamos mucho al Puerto Rico, en la Plaza de Colón. Cervezas y pipas bajo la inquisidora mirada de los camareros agrios. Pantalón negro y camisa blanca. Canónico. Aquel madridismo mío era irresponsable y orgulloso. Tuve un banderín con el escudo colgado en mi habitación durante mucho tiempo. Curiosamente, de todos aquellos partidos del Puerto Rico, sólo recuerdo a uno en el que Kahn fue protagonista. El Bayern eliminó al Madrid. Nos despedimos en silencio y procesionamos hasta casa con el recuerdo alemán clavado en el corazón.

No en el Puerto Rico, pero sí en Córdoba, vi el Atlético de Madrid-Real Madrid del sábado. Llevaba bebiendo desde la una de la tarde, pero el cuerpo me aguantaba de milagro. María, mi hermana Mari Carmen y yo, apiñados contra la barra. Un señor a mi lado dijo en voz alta «esta noche tiene color rojo y blanco» y buscó la complicidad de los otros clientes. Lo miré achinando los ojos como Melania Trump, porque el alcohol me convierte en un gilipollas y no tengo más filtro que mi desvergüenza. En los dos primeros goles del Madrid me giré para él. Elegantemente, el señor me evitó la mirada. En el tercero al final solté lo que llevaba mascando todo el partido: «va a ser que la noche se está poniendo de color blanco». Me oyó, pero no apartó la vista de la tele. Me sentí en paz conmigo mismo y, diez segundos después, me sentí ridículo. En Málaga, hace unos años viendo un Real Madrid-Atlético de Madrid con mi amigo Víctor, estuvimos muy cerca de pelearnos con unos tipos porque nos pusimos a celebrar los goles en su cara. A nosotros nos parecía de justicia. Ganarle al Atlético de Madrid es una de las cosas más bonitas que tiene el madridismo. Después pensé que jamás había sido del Madrid en contra de nadie. Que siempre había entendido el fútbol como una celebración íntima. En el bar fui indecente y revanchista. Y no me gustó, aunque no sabría decir si me arrepiento. Estaba feliz y confundido. Y también cansado.

Conducía mi viejo Ford Fiesta camino a casa. El domingo era lluvioso y la carretera estaba vacía. El cielo era de papel albal. Le pedí a María que me pusiera a los Smiths. Morrissey cantó «under the iron bridge we kissed and although I ended up with sore lips, it just wasn’t like the  old days anymore, no it wasn’t like those days». Nada será como entonces. Tampoco el fútbol. Ni habrá más raúles. Ni mi impostada celebración del sábado respondía, necesariamente, a la felicidad, sino al revanchismo, a la pueril venganza. Madurar es buscar un nuevo camino. Ya casi nunca miro atrás. El amor es un machete cortando la espesura. El Madrid ganó y Cristiano Ronaldo se celebró a sí mismo, como un joven Walt Whitman. «Me celebro y me canto a mí mismo. Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también». Whitman era maricón, según cuentan sus biógrafos. Digo maricón porque así se lo dijo Koke a Cristiano Ronaldo. El portugués, para defenderse de tan estúpida acusación, apeló al dinero. En esa breve conversación sobre el césped están todos los problemas de nuestro mundo. Raúl se señalaba el nombre y el dorsal, pero él no era Whitman. Raúl González era Dylan Thomas: «En mi oficio u hosco arte/ ejercido en la noche en calma / cuando sólo rabia la luna / y los amantes descansan / con sus penas en los brazos, / trabajo a la luz cantora / no por ambición ni pan / lucimiento o simpatías / en los escenarios de marfil / sino por el común salario / de su recóndito corazón».

Mirar atrás es lanzarse al abismo. Siempre en el descubrimiento de mañana. Cuando brindo, siempre lo hago «por el futuro». Me da miedo caer en la nostalgia. Celebrar los goles con tristeza. Perderme en los recuerdos. Agarrarme a la mano de un desconocido. Las victorias del Madrid están oxidadas en mi corazón. Como el puente de hierro, revestido de herrumbre y deseos rotos. Ojalá volver a sentir los goles como entonces, o no. O dejar que el futuro escriba su propia historia. En otros bares, con otros compañeros de aventura. Marcadores virginales, hierba por pisotear. Estoy feliz. La felicidad jamás había sido tan laberíntica y confusa. Tan impredecible. Tan ruin y desordenada.

 

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com

2 Comments

  1. Israel

    21 de noviembre de 2016 a las 6:58 pm

    Genial!!
    Y muy familiar esa cosa de estar pedo hacer algo ridículo y no saber si sentirte feliz o avergonzado, jeje.

  2. ivan

    23 de noviembre de 2016 a las 12:17 am

    Me pasó lo mismo, me hice del Schalke y después de Messi