México en territorio Trump

usa-mexico-2013-04En noviembre del año 2000, el sorteo del famoso Hexagonal de la CONCACAF, la última ronda de clasificación mundialista de la zona norteamericana, deparó que México y Estados Unidos deberían medirse en la primera jornada de la liguilla en territorio estadounidense, y la federación yanqui decidió probar algo distinto: en vez de programar el partido en una gran ciudad, lo que tradicionalmente significaba llenar un gran estadio pero con mayoría de aficionados visitantes por obra y gracia de la inmigración mexicana, llevó el choque del 28 de febrero de 2001 al centro del estado de Ohio. Con apenas dos años de vida, el pequeño estadio de Columbus no sólo era el primero del país construido específicamente para albergar partidos de soccer, sino que además estaba ubicado en el lugar perfecto: una ciudad mediana del interior, con escasa población hispana y un duro clima invernal. Casi por primera vez, EE.UU. jugaría realmente en casa contra México, y vaya si se notó. Los dos grados bajo cero de aquella noche (los jugadores mexicanos ni siquiera saltaron al césped para calentar antes del partido) y la animosidad de una grada completamente volcada llevaron en volandas a los estadounidenses, que se impusieron por 2-0 para alborozo de los casi 25.000 espectadores que abarrotaron el estadio para alentar exclusivamente al cuadro local.

Desde entonces, cada 4 años, EE.UU. siempre ha jugado en Columbus su partido del Hexagonal premundialista contra México, algo que no sería especialmente reseñable si no fuera porque todos esos duelos (en 2001, 2005, 2009 y 2013) han acabado con idéntico marcador: dos a cero. El asunto se ha convertido, como reconocía el seleccionador Juan Carlos Osorio esta semana, en una especie de paranoia para los futbolistas mexicanos, e incluso el grito de “Dos a cero” que los aficionados yanquis cantan jubilosamente en español en cada duelo contra México se ha convertido en marca patentada: no sin polémica, la federación estadounidense registró ese nombre comercial hace un par de años (aunque no para explotarlo, sino para evitar, según sus palabras, que algún empresario avispado lo usara en beneficio propio).

Sin embargo, esta vez el interés del partido no se centra en ver si Estados Unidos es capaz de prolongar esta casi increíble racha como local contra su máximo rival. El fútbol masculino (soccer o futbol, dependiendo de a qué lado de la frontera nos encontremos) es uno de los pocos campos en los que México aún puede mirar por encima del hombro a su todopoderoso vecino del norte, y el inesperado resultado de las elecciones presidenciales del martes hace que el choque entre ambas selecciones cobre un claro matiz político. Es el primer “gran” acontecimiento (con todas las comillas que queráis) en el que México y Estados Unidos se ven las caras tras la victoria de Donald Trump, cuyo discurso durante la campaña es por todos conocido, y en este marco cualquier gesto o declaración será, sin duda, observado con lupa.

Que además el partido se dispute en el corazón de Ohio, un estado que, como siempre, ha resultado clave para decantar la balanza electoral, añade aún más morbo al asunto. Los datos demográficos dicen que el área metropolitana de Columbus acoge a unos dos millones de habitantes; de ellos, sólo un 2,4% aproximadamente (unas 47.000 personas) son hispanos. Ese exiguo porcentaje es incluso inferior en un punto al dato total de hispanos en Ohio (de los que algo menos de la mitad son mexicanos o tienen raíces en el lejano vecino del sur) y en el estadio se espera que la proporción sea todavía más pequeña. La primera intuición al ver los elementos de esta ecuación (aplastante mayoría “blanca” en un lugar que acaba de votar a un presidente de discurso racista) no augura un recibimiento amable para el equipo visitante; sin embargo, es bastante probable que la tradicional encerrona antimexicana de Columbus acabe convirtiéndose esta vez en un acto de hermanamiento y fraternidad de la sociedad estadounidense (o, al menos, de la futbolística) con la selección y el pueblo mexicano a ambos lados de la frontera. Para entenderlo, como siempre, hay que ir un poco más allá de los simples datos agregados.

En Ohio, el vuelco político fundamental se ha producido en el cinturón de condados del norte del estado, a orillas del lago Erie: más allá de las palabras gruesas de Trump y sus amenazas contra México y los inmigrantes, han sido las promesas de fortalecimiento industrial y lucha contra la deslocalización empresarial las que han convencido a unos votantes desencantados con la administración Obama, a la que ellos mismos auparon al poder ocho años atrás. Pero el condado de Franklin, situado en el centro del estado y del que Columbus es capital, se ha mantenido en los mismos niveles de apoyo al partido demócrata que en las dos últimas citas electorales (alrededor del 60%), algo que también ha ocurrido en Cleveland y Cincinnati, las otras dos grandes ciudades del estado, así como en casi todas las demás grandes urbes del país. No estamos, por tanto, en un lugar plagado de fanáticos pro-Trump, aunque tampoco en uno especialmente beligerante contra él: apenas 100 personas se reunieron el miércoles en una vigilia de protesta convocada por la reducida comunidad hispana de Columbus.

Y es de esperar que la idiosincrasia del soccer en el país también juegue a favor de la concordia. Michael Bradley, el capitán de una selección caracterizada por su gran diversidad racial, insistía ayer en los valores de integración y respeto que simboliza la bandera de las barras y estrellas. El principal grupo de animación de la selección local, American Outlaws (una peña con más de 30.000 miembros repartidos por todo el país y que acompaña desde hace años por todo el mundo a cualquier selección estadounidense de soccer), también ha dejado claro que no tolerará ni amparará ningún acto o cántico que suponga un ataque hacia los jugadores y aficionados mexicanos y que se salga de lo estrictamente deportivo; de hecho, a través de sus redes sociales insiste en que la unidad y el respeto a la diversidad que conforma la nación estadounidense (y que se refleja especialmente bien en el soccer) es uno de los fundamentos de su existencia.

Así que, con todos esos elementos sobre la mesa y con la FIFA especialmente sensible ante cualquier manifestación de índole política que se produzca en sus partidos (ahí está la polémica del Inglaterra-Escocia o las multas impuestas a una docena de federaciones por distintos hechos acaecidos durante la última tanda de clasificatorios mundialistas), no cabe esperar que el duelo del viernes se convierta ni en un acto de adhesión popular al nuevo presidente electo al estilo Alemania años 30 ni en un foro de protesta exacerbada contra el resultado de los comicios. Salvo, claro está, que a partir de ahora tengamos que entender que aprovechar un acontecimiento deportivo para enviar un mensaje de fraternidad y respeto entre personas de diversa procedencia es un acto de protesta política. Esos tiempos creíamos que habían quedado atrás.

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Palencia, 1984. Nunca llegué a debutar en Primera.