Puntual con el milagro

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Hay algo de irracional en el fútbol de Leo Messi. Algo intangible a lo que, por mucho que trates de encontrarle una explicación lógica, jamás podrás asignarle una argumentación plausible. Lo realmente fascinante del caso es que el factor irracional de su juego no es algo meramente ocasional ni que se produzca de manera aislada y extraordinaria. Lo llamativo es la periodicidad de lo inexplicable. La puntualidad extrema en la cita con el milagro y el rendez-vous obligado con la jugada de antología. Cualquiera se cansaría de glosar las gestas del argentino porque nadie es capaz de mantener la atención del lector en algo que se ha convertido en felizmente cotidiano. Otro milagro. Otra actuación de impacto. Y qué más da… ¿cuántas van ya?

Tras un mal partido en Manchester días atrás, lo del domingo noche en Sevilla entra directamente en el listado innegociable de méritos en su trayecto por convertirse en el futbolista más decisivo de la historia. Porque ya no es solo su capacidad para generar peligro o su facilidad goleadora. Ya no son las jugadas yéndose de una retahíla de rivales. Su fútbol trasciende lo visible. Su fútbol, su capacidad para revertir situaciones incómodas o arriesgadas para su equipo, infunde un miedo irracional en el rival. Bloquea sus neurotransmisores y lo paraliza, mientras toma conciencia de lo que está por caerle encima. El empate del Sánchez Pizjuán, que tuvo mucho de belleza plástica, trajo consigo una consecuencia imprevisible. Desengranó el rodillo sevillista, que hasta ese mismo instante había aniquilado el fútbol del Barça negándole incluso la posesión del balón, y colocó a los suyos en el camino de los tres puntos tras un partido en el que se volvió a poner de manifiesto que la simple presencia de Leo asegura un alto porcentaje de puntos que, en otras circunstancias, se quedarían en el limbo.

Al Barça le basta con un simple guiño de Messi para creerse capaz de cualquier empresa que le toque afrontar. A sus rivales, por contra, la estampa del rosarino les bloquea, les ciega y les dificulta el oxígeno hasta anularlos. No son los goles que mete ni los que procura a sus compañeros. No son los dribblings inverosimiles e infinitos. No es su, cada vez mayor, incidencia en el juego azulgrana. Es su estampa de campeador comandante de los ejércitos adivinándose a lo lejos. Anticipando el milagro. Negando los méritos a cualquier adversario.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

1 Comentario

  1. Full Norbert

    8 de Noviembre de 2016 a las 9:58 pm

    Messi es la luz que nos ilumina. Lo del domingo entra dentro de sus grandiosas actuaciones y es decir mucho.