En los campos de Flandes

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Al teniente coronel John McCrae se le partió el alma en dos cuando recibió la amarga noticia de que su amigo y exalumno de la academia militar, Alexis Helmer, había caído en el frente de Ypres, en las praderas sembradas de trincheras del oeste de Flandes. Era el 2 de mayo de 1915. La Primera Guerra Mundial no había hecho más que estallar y aún quedarían tres duros y larguísimos años hasta la firma del armisticio. McCrae, a cargo de un hospital de campaña, afrontó con entereza la pérdida de su joven colega. Se dice que fue la tarde del día en el que habían enterrado el cuerpo de Helmer. McCrae, recogido en sí mismo y reflexionando sobre lo que aún estaba por llegar, se sentó en un momento de descanso frente a la campiña que hacía las veces de improvisado cementerio de guerra. Fue allí, observando la monotonía del paisaje que ofrecían las cruces erigidas en memoria de muchos de sus compañeros y amigos, donde observó como la explosiva primavera ofrecía un inoportuno guiño a lo terrible de la situación bélica. Entre aquellas cruces, desafiando al tétrico panorama, asomaban unas manchitas rojas salpicando el verde del prado. Eran amapolas. Inocentes amapolas. Ajenas al drama bélico, las delicadas flores salpicaban de pequeñas gotas rojas hasta allá donde alcanzaba la vista del teniente coronel. No eran pétalos, eran las gotas de la sangre derramada en los campos de Flandes. Así lo entendió McCrae y así lo plasmó en apenas quince versos.

Quince versos que hoy, casi un siglo después de haber sido escritos, siguen contando con una vigencia plena. No es tanto por su nivel literario, sin duda discutible, sino por su valor simbólico. Las amapolas a las que hacía referencia McCrae en su desesperado poema pasaron a convertirse en el símbolo del Remembrance Day (El día del recuerdo), día en el que se recuerda, en los países miembros de la Commonwealth, a todos los caídos en el frente de batalla desde aquella Primera Guerra Mundial. Y tal fecha coincide con el 11 de noviembre. El mismo día en el que, hace hoy 93 años, se firmó el armisticio que ponía fin al primer gran conflicto armado del siglo XX. El mismo día, el próximo viernes, en el que Inglaterra y Escocia se verán las caras sobre el césped de Wembley.

Convertida en todo un símbolo social en Inglaterra, el fútbol no es ajeno a la imagen de la pequeña amapola de fieltro o papel en la solapa. Lo habrán podido ver en las últimas jornadas de la Premier League. Lo que empezó siendo una costumbre entre algunos entrenadores y cuerpos técnicos ha acabado extendiéndose a los terrenos de juego desde hace un par de temporadas. Raro es el club que no ha lucido la remembrance poppy (amapola) en sus camisetas. Nadie ha querido quedarse al margen de una celebración que entronca directamente con lo que muchos han querido ver como la lucha de sus antepasados por la defensa de los derechos y las libertades. Es el respeto por el honor de los que dieron su vida en la defensa, equivocada o no, de un país. Algo con fortísimo arraigo en los países anglosajones pero que en una España con un concepto de identidad nacional no tan bien definido no termina de ser visto de la misma manera.

Pero a la repentina, al menos en el mundillo futbolero, fiebre por la poppy le ha salido un contrincante peleón. La Football Association inglesa y la Premier League, instituciones que son firmes defensoras de la secular tradición, se han topado frontalmente con la inflexible oposición de la FIFA. La máxima autoridad del fútbol mundial ha prohibido tajantemente la exhibición de la tradicional amapola, recordando la prohibición taxativa impuesta por su normativa de exhibir cualesquiera símbolos políticos, religiosos o personales sobre los terrenos de juego. Ya en el año 2011 las federaciones inglesa y escocesa se encontraron con la negativa de FIFA. Finalmente, y ante la insistencia y el clamor popular, el organismo permitió el empleo de brazaletes negros con la imagen de la amapola en ellos, lo cual hace pensar en una solución similar en esta ocasión. Es la esencia de la britishness, su marcadísima identidad nacional y la peculiaridad de una comunidad que conoce su camino y en la que se conduce por la izquierda, se menosprecia el euro y se la da una patada en el culo a la Unión Europea. El revuelo ha alcanzado a las más altas instituciones políticas del país, habiéndose pronunciado contra la prohibición incluso la primera ministra Theresa May. ‘Queremos que nuestros jugadores puedan lucir la poppy. Tengo que decir a la FIFA que antes de decirnos a los demás qué es lo que podemos o no podemos hacer, primero deberían organizar su propia casa‘. A estas alturas, pocas dudas nos quedan: ingleses y escoceses acabarán luciendo con el habitual orgullo y respeto por los caídos la tradicional poppy. FIFA no tendrá más remedio que volver a mirar hacia otro lado.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com