Cuando el Dépor se encontró a sí mismo

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La historia reciente del Real Club Deportivo de La Coruña, si interpretamos como reciente las dos últimas décadas, daría para escribir un serial bien completo. Nadie como el club gallego ha sido capaz en este tiempo de poner en entredicho la tiránica hegemonía de los gigantes de nuestro fútbol viniendo desde tan abajo. Porque nadie ajeno a la aristocracia liguera integrada por el reducido grupito de campeones del torneo ha conseguido llegar tan lejos como aquel Deportivo que arrancó su vuelo a mediados de la década de los noventa. Tal vez por eso, la imagen que tenemos del club herculino aquellos que vivimos su pleno apogeo con plena conciencia de la magnitud de su osadía es la de una feliz anomalía. La de un heroico equipo de provincias que pasó en poco más de una década de eludir el descenso a Segunda división B por mejor diferencia de goles con el Bilbao Athletic a arrebatarle los laureles a los habituales dominadores del escenario.

La historia de cómo el modesto Deportivo pasó de ser un simple equipo de acompañamiento a convertirse en referencia europea y de cómo encontró acomodo para su alma hasta entonces errante en la zona noble de nuestro fútbol enlaza directamente con un hombre, una idea y una época en la que las ideas eran viables aunque no procediesen de los habituados a repartir el pastel. Augusto César Lendoiro salió de Riazor con la amargura que provoca el lógico desgaste tras veinticinco años dirigiendo los designios de un club de fútbol en una ciudad pequeña. El ‘lendoirismo‘ fue cruentamente atacado en su caída incluso por aquellos que más lustre sacaron de sus años más felices y prósperos. Sin embargo, puede presumir y presume de haber conseguido llevar a cabo la disparatada idea con la que aterrizó en el club allá por el año 1988, cuando las proezas deportivistas aún se dirimían sobre el césped de El Plantío o Las Llanas y no sobre el de Old Trafford o Highbury. No fue una boutade ni un producto de la euforia aquella histórica advertencia de ‘Barça, Madrid, ya estamos aquí‘. El grito de Lendoiro iba tan en serio como las Copas conquistadas en el 95 y en el 2002 y la apoteósica Liga del año 2000.

Hoy, con el Deportivo otra vez sobre la tierra y los rescoldos del ‘lendoirismo‘ cada vez más apagados, el recuerdo de su odisea adquiere una dimensión extraordinaria. Es ahora cuando uno, al echar la vista atrás, percibe la importancia de lo que se vivió en A Coruña en aquellos años. No es ya por los títulos levantados, memoria visual de la alegría que invadió Riazor. Es por el empeño mostrado por un pequeño club de una ciudad pequeña y lejana que solo importaba a sus habitantes en encontrar su sitio en este mundo. Es por la identidad labrada en tiempo récord sin necesidad de machacar a nadie. Es por la personalidad definida a base de robarle protagonismo al Liceo y de convencer a los vecinos de que más valía el orgullo de lo propio que el habitual éxito de lo ajeno.

Ya no gana al Arsenal. Ya no humilla al Milan y ya no toca con la yema de los dedos la gloria europea. El Depor es otro. Un club ceñido a los rígidos mandatos del fútbol actual que pelea por arañar sus puntitos con el objetivo puesto en permanecer en su sitio. No sé a vosotros, pero a mí me sigue alegrando cada pequeña victoria del Deportivo.

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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