Veinte años de Arsène

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El mes de febrero de 1994 no es un mes de buenos recuerdos en Islington. Es un mes con el sabor amargo de la infamia, de la deshonra y del descrédito. Fue el punto en el que se puso fin, de la manera más abrupta posible, a la meritoria etapa de nueve años de George Graham como técnico del Arsenal. El 21 de febrero de 1994 el técnico y exjugador gunner fue destituido de manera fulminante. Atrás quedaban dos títulos de liga (1988/89 y 1990/91), una Recopa (1994) y una FA Cup (1992/93) y futbolistas como Ian Wright, David Seaman, Anders Limpar, Ray Parlour, Paul Merson o Alan Smith. La gloria. La gloria y la vergüenza. Todo junto y entremezclado.

A Graham, que había llegado tras conseguir dos ascensos con el tenebroso Millwall, no se lo llevó por delante una racha de malos resultados. Ni siquiera una eliminación temprana. Fue algo mucho más sórdido. Algo que hizo enmudecer a la hinchada y que dio un meneo considerable a unos cimientos, los de Highbury, que habían sobrevivido incluso a los bombardeos de la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial. Aquel mes de febrero de 1994 salieron a la luz las 425 mil libras que Graham se embolsó en forma de comisión como consecuencia de los traspasos del noruego Pål Lydersen, en 1991, y del danés John Jensen, en 1992, procedentes respectivamente del IK Start y del Brøndby. El técnico gunner acordó con el representante de futbolistas Rune Hauge el cobro de la citada cantidad a cambio de colocar a ambos futbolistas en el club londinense, circunstancia que no trascendió hasta dos años después y que desembocó en el cese de Graham y el inesperado fin de una prolífica etapa para el equipo. Allardyce no ha inventado nada nuevo.

Graham, que fue sancionado por la federación inglesa con un año de suspensión como consecuencia de sus desmanes, no pretendió nunca dibujar un Arsenal de trazo fino. Lo suyo fue más la apuesta por la practicidad. El ‘One-Nil to the Arsenal‘ y el ‘Boring, boring Arsenal‘, ya saben, magnífico resumen cantado de lo que supusieron aquellos años de éxitos y pragmatismo. No creó escuela porque su heredero, Bruce Rioch, fracasó solemnemente en el reflote de un equipo que había quedado herido de muerte tras el bochornoso episodio protagonizado por el viejo técnico.

A Rioch, esforzado hijo de un militar escocés que había llegado a representar a Gran Bretaña en su juventud en pruebas internacionales de atletismo, debió de parecerle el cielo abierto el día que el Arsenal decidió confiarle su banquillo. El extécnico del Bolton decidió continuar con la tradición impuesta por Graham: disciplina marcial para su plantilla y un fútbol de escasas concesiones estéticas. Pero los títulos y las victorias, que al fin y al cabo son lo que sustenta a un equipo rácano en su puesta en escena, no llegaron como en la etapa anterior. Rioch apenas duró una temporada en el cargo, 1995/96, y su impronta fue tan prescindible (apenas cuarenta y siete goles en treinta y ocho partidos) como inolvidable fue el único legado positivo que dejó en Highbury: Dennis Bergkamp, una mariposa en medio de un ejército de hormigas.

El Arsenal se encontraba en un punto de no retorno. Con una plantilla completa y equilibrada pero tremendamente acomodada e infraexplotada y con la oscura sombra de la tempestuosa salida del club de George Graham todavía planeando sobre las tribunas de Highbury. Nadie se atrevía a alzar la voz contra unos futbolistas endiosados, maleados y extraordinariamente bien pagados. Nadie quería ser el responsable de reflotar un equipo anclado en las cavernas del peor fútbol inglés después de dos años de infamia y sordidez. Quizá precisamente por eso, la extravagante apuesta por Arsène Wenger fue vista con algo más que simples recelos. Arsène who? tituló en portada el Evening Standard el día después de la presentación del alsaciano.

¿Qué sabe este francés de fútbol? Lleva gafas y parece un profesor de colegio. Nunca será tan bueno como George. ¿Saben si sabe hablar inglés?. Fueron las palabras de bienvenida de Tony Adams, capitán gunner, hacia el que iba a ser su nuevo técnico. El clima de tensión era palpable. Lo que Wenger encontró a su llegada a Londres forma parte de la historia del Arsenal. Una plantilla aparentemente ingobernable seducida y regida por dos alcohólicos reconocidos como el propio Adams y Paul Merson y una afición narcotizada por un fútbol más propio de estadios de tercera que de la Premier League. La llegada del francés marcó un evidente antes y después en la historia del club. Fue el primer paso hacia la definitiva modernidad que hoy inunda cada rincón de la entidad y que incluyó, como punto culminante, con el traslado al nuevo estadio en el triángulo de Ashburton. Supuso el abandonar los malos hábitos del más oscuro fútbol inglés de las pasadas décadas para pasar a convertirse en un ejemplo de gestión a todos los niveles, desde la transparencia en la contratación de futbolistas y el trabajo desde la base hasta la sustitución del fish and chips y la cerveza por la pasta y la bebida isotónica en la dieta de los jugadores. Wenger se ganó la confianza a base de esfuerzo y trabajo en un entorno que mostró repulsión hacia su figura desde el primer día que puso el pie en Inglaterra. Convirtió aquel burlón ‘Arséne who?‘ en el ‘In Arsène we trust‘ que ha inundado el graderío del Emirates durante años. Dinamizó un club que apestaba a putrefacción y lo hizo en un tiempo récord, situándolo en un nivel tan alto dentro del fútbol inglés que solo el United resistiría la comparación con los últimos veinte años de los gunners. Los títulos y los éxitos conquistados y el abono permanente a la fase de grupos de la Champions League son ya conocidos, aunque quizá para muchos no eran suficientes para valorar su figura en su justa medida. Ahora ya tienen más argumentos para valorar las dos décadas que Arsène Wenger cumple en estas semanas al frente del club.

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Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com