Un bocadillo de mortadela

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Nunca está uno preparado para la vida. Llevo toda mi vida aplazando las decisiones difíciles. El miedo a equivocarme insensibiliza, el tacto es de piedra y la mirada cada día más corta, como la de los caballos que marchan a la Feria por su diminuta senda de asfalto. Decía Rijkaard que no hacía falta solucionar los problemas, que simplemente desaparecían. Cuando uno es niño cree que con la edad alcanzará una sabiduría vital que aún espero, que aprenderíamos a entender todo esto, a conducir la vida con mano firme. Qué lejos están las certezas y qué extraña la sensación de ser siempre los mismos actores, con el mismo talento, a los que cambian nerviosamente de escenario. Elegimos un trabajo y una ciudad. Elegimos muchos amores y los sobrevivimos. Viajamos con poco para volver con mucho. La vida en un colegio, luego en el instituto, la academia de inglés, la primera borrachera, el primer polvo, la estabilidad, la locura, sacarse el carnet de conducir, pegar la L con vergüenza, la facultad, elegir siempre la carrera equivocada, los papeles del Erasmus, la fiesta en la casa de las polacas, ver como el tren se va parando, el tren de una vida que dura lo que dura, encontrar el amor, hacerlo crecer con torpeza, el alquiler, los compañeros del trabajo, la cerveza al mediodía, hacer eso que hacen los adultos, cambiar las películas por los bares, llamar al chino, hablar medio en broma de la boda, dejar que el tiempo marche pesadamente como los elefantes, la gente que se va muriendo alrededor, beber y reír en los tanatorios, con esa sonrisa congelada en la nostalgia de los entierros, tirar hacia delante de cualquier forma, los anillos y luego los niños, un crucero que no está tan mal pese a la gente que no para de hablarte, la hipoteca, la tele enorme, la piscinita de plástico en la playa, calentar los potitos en los bares, ver cómo los niños crecen y empiezan su ciclo, tu mismo ciclo, y fallar. Fallar siempre en todo. Fallar en los estudios y en el trabajo, fallarle a tu pareja y a tu familia. Fallar refinadamente, equivocarse, verse superado, ser despedido, rechazado, quebrado en la esencia de uno mismo. Una duda alargada en el tiempo, temblar y llorar, no pegar ojo, contar hasta diez. Darse cuenta, al fin, de que la vida no son las grandes cosas sino las pequeñas, las diarias, las de siempre, los paraísos cotidianos, los milagros vulgares. Que no hay planes enormes, que no hay una arquitectura nívea y coronada, que todo es así de andar por casa.

El bocadillo de mortadela tras el colegio, el beso de una desconocida en Feria, un gol de chilena que marcaste en la pachanga, una cena en un italiano barato de costa con la mujer que después será tu mujer. Esas cosas que espabilan la existencia cansada, con su melancolía llevadera. Ese gris continuo salpicado apenas de color. Una película, un libro inolvidable, un equipo de fútbol. El Madrid, por ejemplo, arrastrándose como sólo los grandes equipos saben arrastrarse. Con ese aire de señorito despellejado. Como un aparcacoches con chistera. El Madrid y sus méritos inesperados, ese Madrid que vuelve a duras penas, como llegar a casa tras la borrachera, arrastrando la llave por el bombín como si quisiéramos grabar nuestro nombre en la peana de una copa. Ese Madrid que al ser el equipo de todos se ha convertido en el equipo de ninguno, como al Burger King al que se va porque ya no queda nada abierto. Un club inaprensible y extraño, de grandes victorias y enormes derrotas, siempre a la sombra de sí mismo.

Cuando eliges un equipo no sabes a qué te arriesgas, no sabes cuánto hay en juego. Es parecido a crecer, quién me iba a decir que esto iba a ser tan duro, que la vida es tan espinosa y está tan llena de otra gente. Por eso, de pequeños, elegimos los equipos que más ganan. Para minimizar el daño de adultos, para garantizarnos la anestesia. La victoria, como la cocaína, crea una adicción invisible, intensa y llevadera. La derrota, como la heroína, te marca el rasgo y te pudre por dentro. Cuando elegimos el Madrid elegimos una felicidad indisimulada. Somos de la quinta del Buitre y luego de Raúl y ya no somos de nadie, ahora somos del equipo como mi padre que anima al Madrid pero no conoce a ninguno de sus futbolistas, que es del Madrid como se es de la vida, por inercia. Somos del entusiasmo de la finales, de las persecuciones imposibles. Ser del Madrid es compatible con cualquier cosa, porque en el Madrid está resumido el fútbol.

Ganar una Copa de Europa sin merecimiento, sin fútbol, con un entrenador improvisado, con soldados desconocidos. En los penaltis, que es la daga en la espalda del fútbol, villanos raquíticos esperando su momento para dar el beso mortal. El acero penetrando en la armadura atlética, verlos caer de rodillas primero y temer que se levanten. Y que lo hagan, y que vengan a por ti con toda su fiereza. Y volverlos a tumbar. En la película del fútbol también ganan los buenos. Los buenos son siempre los nuestros, por algo se eligen de pequeños, para noches como las del sábado, donde la existencia es armoniosa y la vida parece un paisaje tierno observado por un niño desde su asiento en el coche, pensando en el futuro. En que el mañana es domesticable y sencillo.

 

 

 

 

 

 

  • Imagen de www.realmadrid.com

 

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com

5 Comments

  1. jose VILLANUEVA

    30 de Mayo de 2016 a las 7:30 pm

    ¡Ah, la literatura!¡Qué bonita es la literatura! Aunque lo que te cuenten sea mentira, o verdad a medias. Pero qué bien queda lo bien contado. O cantado, como Sabina y su himno al Atleti, aunque no seamos del Atleti.

    Siempre me ha maravillado como se cuentan/cantan las victorias del Madrid. Lo del equipo que sabe ganar sin merecerlo. Vamos, como si fuera caso único. Ahí tenemos, sin ir mas lejos, la última final de Copa. O el mismo Bayern estrellándose una y otra vez contra el muro rojiblanco. Ejemplos hay para dar y tomar. Pero la literatura (siempre la literatura) blanca debe volver al mismo camino trillado, como uno de esos mantras que a fuerza de repetirlos consiguen que acabemos creyéndolos.

    Sería algo así como esa otra letanía de signo contrario que dice que Real Madrid, Copa de Europa y árbitros a favor van siempre de la mano. Pero claro, para esto último necesitaríamos de una buena literatura que lo extendiera y no de este tuerceletras que lo intenta. No todos podemos ser Agredano.

  2. oscar

    30 de Mayo de 2016 a las 7:48 pm

    @antonioagredano precioso, gracias.

  3. Full Norbert

    30 de Mayo de 2016 a las 11:21 pm

    @Jose Villanueva

    ¿Que el Barça no se mereció ganar la final de Copa? Y el Madrid se mereció ganar esta Champions, ¿no?

  4. Asier

    30 de Mayo de 2016 a las 11:43 pm

    Joe Antonio, cuando te pones a escribir… Olé y olé.
    Gracias y enhorabuena por la Champions.

  5. dAVID

    19 de Agosto de 2016 a las 4:25 pm

    Maravilloso texto