En la Final de Copa con Pepsi Max

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Que la Final de Copa del Rey iba a ser cosa mala para nuestros corazones lo sabíamos de antemano. Pero pese a todo, aceptamos con mucho gusto el guante que nos lanzó Pepsi Max España invitándonos a vivir el partido más singular de la temporada en España en primera persona. No nos arrepentimos. En una magnífica localidad a ras de hierba en el Vicente Calderón, con Messi y con Gameiro a unos metros, con el sonido precioso de un balón acariciado por Iniesta y Banega llegando nítido a nuestros oídos, con los tifos, el morbo estelado y el mejor fútbol de Europa frente a nuestras mismísimas narices, nos sentimos afortunados de pertenecer a la familia del fútbol. Podríamos haber sido responsables anticipando el madrugón del lunes y rechazar la oferta pero nos habríamos perdido el impresionante empuje del sevillismo en el campo y en la grada, la última demostración de por qué el Barcelona será recordado como un equipo de época y una prórroga eléctrica que levantó de la butaca hasta a los más templados.

Nos habríamos perdido también el desenlace de una temporada (una más) histórica para el sevillismo, que esta vez se quedó a una prórroga de la matrícula de honor. Y no habríamos podido ser testigos directos de que este Barça de Luis Enrique también sabe sacar adelante sus partidos a base de esfuerzo y trabajo y sin tanta orfebrería como acostumbra. Porque si algo le faltaba a la obra cumbre del barcelonismo era sin duda una dosis de épica en alguna de sus más recordadas victorias. Porque el éxito también se construye desde la agonía. Y el Barça demostró una notable capacidad de sufrimiento. Se convirtió en un equipo de mínimos a partir de la justa expulsión de Javier Mascherano y resistió el ímpetu sevillista, probablemente consciente de que tras la final de Basilea el resuello hispalense tenía los minutos contados. Cuando los de Emery cedieron definitivamente, los azulgrana se reactivaron. Neymar creció en el desborde y Messi, ya sin Suárez, se multiplicó en sus funciones para ejercer de mediapunta pasador y atisbar la carrera profundísima de Jordi Alba para resquebrajar la ilusión de la mitad del Calderón. Las energías andaban ya justas y el Barça, apenas agitado por un colosal Iniesta, se movía ya con movimientos espasmódicos, como un juguete al que se le están agotando las pilas. Fue suficiente para finiquitar el partido con el segundo de los goles azulgranas, obra del renacido Neymar, y depositar en las vitrinas barcelonistas el vigesimooctavo título de Copa culé.

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