Ejemplo de europeísmo

gameiro sfc

La UEFA Europa League es una competición europea en la que compiten desde el mes de julio más de cien equipos y que siempre gana el Sevilla FC. O algo similar, aplicando la máxima linekeriana, podría afirmarse tras el que es el quinto título (y tercero consecutivo) conquistado por los hispalenses en el torneo. Lo que nadie ha conseguido. Es díficil dar con una explicación lógica y racional al idilio inmarcesible del Sevilla con la competición. Porque el equipo de Emery ha sobrepasado ya los límites de la razón y maneja una convicción que solo puede alimentarse desde lo pasional y gestionarse desde el corazón. No se explica de otra manera que ayer voltease con tal solvencia un partido que se le había puesto muy feo desde el gol inicial de Sturridge y que, al descanso, muchos daban ya por finiquitado, no tanto por el exiguo resultado sino por las sensaciones transmitidas por unos y por otros.

Pero ocurrió, pecado de juventud, que el Sevilla no tomó consciencia de quién es realmente hasta el parón del descanso. Necesitó verse zarandeado por un Liverpool escaso de juego pero sobrado de intensidad y muy inglés en sus hechuras (áspero, rápido y directo) para mirarse a sí mismo y ver la estirpe de un campeón. Y no sé si fue la charla de Unai, la parafernalia de un conjuro surgido de la garganta de Coke o simple vergüenza torera, pero el escenario de la segunda mitad cambió radicalmente. Y lo hizo desde el primer segundo. Desde ese momento en el que, engarzados en círculo sobre el verde del Saint Jakob Park, los futbolistas del Sevilla se despojaron de sus camisetas, las arrojaron contra el césped y, mirando fíjamente a los ojos de los jugadores del Liverpool, les dijeron que respetaban mucho a su historia y al liver bird de su pechera pero que ahí estaba su emblema, que esos eran San Isidoro, San Fernando y San Leandro, que esos eran sus colores rojo y blanco y que allí arriba vigilaba Antonio Puerta. Porque el Sevilla de anoche se impuso como se imponen los equipos grandes. Lo hizo tirando de escudo. De poso y de bagaje. Haciendo ver a su histórico rival que la Europa League es su competición y que como tal solo iba a claudicar después de muerto y enterrado. Tan cara vendió su derrota, que el remozado equipo de Jürgen Klopp no tuvo más salida que renunciar. Renunció al balón, renunció a visitar el área de David Soria y renunció a discutir la supremacía y la autoridad sevillistas.

El Sevilla de la segunda mitad se hizo más de Gameiro y de la profundidad de Coke y de Mariano y menos de Banega. Más loco. Más desmesurado. Y, por supuesto, mucho más convencido de quién es realmente. Coke llamó a filas y allí fueron compareciendo todos, afición incluida, cada uno con lo suyo. El Sevilla cogió vuelo y velocidad de crucero mientras en el rostro de Klopp no dejaban de sucederse las muecas ante el incontestable ejercicio de autoridad sevillista. Y tal fue la exhibición y el derroche de convicción que, de pronto, el Liverpool pareció un equipo bisoño y novel. Entregados a lo trascendental del momento como un Dnipro cualquiera, los Reds sucumbieron ante la estruendosa concatenación de olés que desembocó en el éxtasis final. Ya nadie se atreve a discutir la leyenda europea del Sevilla y el peso de esa camiseta blanca y roja. El ejemplo ya no es solo de sevillanía, lo es también de europeísmo.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com