Lazarester

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Parte del encanto del fútbol y también parte de su desgracia procede del hecho de que, en general, el hincha se sienta delante de la tele o acude al campo para ver ganar a su equipo como objetivo principal. Por supuesto, muchos matices rodean la afirmación, habiendo aficionados a los que la calidad del fútbol le importa más o menos, los que ven al árbitro como un mal necesario o un mal a secas, o los que consideran al contrario un rival al que saludar al final o un enemigo al que destruir. Pero lo principal, que sean los míos los que triunfen, permanece invariable.

Sin embargo, entre la gente a la que le gusta el fútbol –un conjunto que contiene en particular a algunos o bastantes de los hinchas del primer párrafo- hay otra motivación como espectadores, siempre poderosa y siempre presente, y que yace en fondo de cualquier aficionado: el deseo de lo inesperado. Puede ser un disparo desde 35 metros que rompa la escuadra, un regate mágico, una combinación de cien toques que acabe dentro o un taconazo lleno de suficiencia; los milagritos que mendigaba Galeano, cancha por cancha, en “El fútbol a sol y a sombra”. Algo que remueva por dentro, ponga a trabajar a las neuronas que fijan el recuerdo y le dé a ese partido una pincelada de color que lo distinga de otros mil que descansan arrumbados justamente en la caverna del olvido.

Esta necesidad no es algo privativo del fútbol, ni siquiera del deporte en general, sino un simple reflejo de una característica casi universal del ser humano. Si la rutina diaria y las agendas nos proporcionan la seguridad de conocer (más o menos) el suelo que estamos pisando en cada momento, es lo diferente y lo improbable lo que pone el picante en los días. Vivimos de la sorpresa. De esa chica que se nos cruzó un día en el paso de cebra y no pudimos ya dejar de pensar en ella. De la noticia del tipo que ha recorrido el mundo andando. De esos torreznos que parecían anónimos y, de repente, hacen pensar en ambrosía y en lo que fuera que cocinasen en los fogones del Valhalla. Esas historias que luego acabamos contando mil veces, adornadas, mutiladas y deformadas, que al final terminan por ser nuestra propia historia. Se confunde al final lo que somos y lo que contamos.

Si uno relee esas historias de milagros que a muchos nos contaron de pequeños y le meten peso a los evangelios, siempre aparece en ellas una multitud que rodea a Jesucristo. Había seguidores aclamando y había fariseos metiendo el dedo en el ojo, pero me inclino a pensar que la mayor parte era gente que pasaba por allí, que ni le iba ni le venía mucho el tema religioso, pero que habían oído que allí iba a ocurrir algo prodigioso, y se acercaban a ver qué ocurría. La palabra “milagro” ha acabado teniendo connotaciones divinas, pero en latín original designaba algo tan extraño y maravilloso que provocaba admiración, asombro y estupefacción. Y eso era lo que llevaba allí a todas aquellas personas, sentirse un poco protagonistas por el hecho de haber estado mientras ocurría, de haberlo vivido, de poder decir mucho después “lo vi con mis propios ojos.”

Y esto es lo que ha ocurrido con el Leicester: la resurrección de Lázaro, diferida durante un año. Semana tras semana, hemos contemplado como el muerto que ya hedía –lleva cuatro días enterrado, Maestro- parecía haber pestañeado, el pie quizá se había movido un poco, no puede ser, es imposible, me ha parecido oírlo respirar… La incredulidad iba saltando en pedazos, mientras gente en todas partes del mundo se arremolinaba en twitter y frente a la tele esperando lo que nunca hubieran creído posible. Anoche, por fin, escuchamos moverse la piedra, los pasos trémulos, y lo más parecido a un milagro que quizá nunca podamos contemplar. 5000 a 1 se dice en lenguaje probabilístico, una historia suplicando un narrador a la altura, una felicidad incomparable y profundamente humana para mucha gente.

Gracias, Leicester.

http://www.tb-credit.ru/zaimy-na-kartu.html

2 Comments

  1. Full Norbert

    3 de mayo de 2016 a las 11:37 pm

    Ramón, dile a tu amigo Antonio que lea el artículo, XDDD

  2. Ramón Flores

    4 de mayo de 2016 a las 12:12 am

    @Full, debe de haberlo leído, porque me ha RT 😀 Si te fijas bien, no son contradictorios, hablamos de personas diferentes.