Vivir en campos de tierra

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Mis padres me quitaron del fútbol en el 96. Estudiaba 3º de BUP y me habían quedado cuatro asignaturas para septiembre: Latín, Inglés, Matemáticas y Física y Química. Esta última además con un Muy Deficiente porque mi profesora, Elena Kindelán, me había pillado con un post-it garabateado de fórmulas que escondía adherido al pupitre donde me examinaba.

Por entonces era titular del A.D. Miralbaida, el equipo de mi barrio. Me había ganado ser un fijo del once dejándome la piel, literalmente, en el campo de tierra que aparecía, como un desierto instantáneo, enfrente de mi casa. Acabamos la Liga segundos tras un gran campeonato e íbamos a empezar la Copa. Se nos escapó el torneo de la regularidad en el último minuto, en casa, ante los vecinos de Las Palmeras, que vestían como el Dortmund. Su portero, un chaval bajito y gordo, hizo un partido inolvidable. Yo, sin embargo, fallé en el último minuto a la salida de un córner propiciando el 3-4 que les dio la victoria y el campeonato. Nos valía empatar, como siempre en la vida.

Mis compañeros se acercaron a mí y me dijeron “no pasa nada” y así contuve las lágrimas. Había sido un año duro y lo había dado todo. El entrenador, tras el partido, me pasó el brazo por el hombro. Lo sentí como un yugo de culpa. Caminé como un buey hasta el vestuario, resoplando y humillado con el enorme peso del míster sobre la espalda. “Has dado más puntos al equipo que los que le has quitado, así que vete tranquilo. La Copa la vamos a ganar y tú vas a ser el mejor”. Me sacó una sonrisa. Me duché pensando en el futuro.

El futuro no llegó. Nunca jugué ese partido. Ni ningún otro. Cuando mis padres me dijeron que no seguía, el entrenador vino a mi casa, pero ya no hubo nada que hacer. Me metí en el cuarto y pasé días con un nudo espinoso en la garganta. Cambié los guantes y las botas por una academia de verano donde estudiar declinaciones, integrales y toda esa mierda que de nada me ha servido más en mi vida. Aprobé todo. Me esperaba COU, pero mis padres me dijeron que ya no volviera al fútbol. Que estudiara. Que después vendría la Selectividad, y la carrera y que eso ya no era tan fácil. Que me centrara.

Aprobé Selectividad pero nunca terminé la carrera. Tampoco volví a jugar al fútbol. Sólo esas pachangas de domingo, con amigos, con césped artificial, con cervezas en el tercer tiempo. Pero yo a eso no lo llamo fútbol. Fútbol es fallar en un córner y que el cielo se rompa sobre tu cabeza como un espejo en el suelo. Fútbol es que los goles se celebren de una forma irracional. Que te insulten los aficionados visitantes. Que luzcas orgulloso el chándal del equipo en el Instituto. Todos esos recuerdos que se amontonan en el lagrimal, ese músculo elongado al que llamamos nostalgia.

Hoy soñé con aquel partido de fútbol que nos costó la Liga. Volvía a fallar. Mis compañeros se acercaban a mí, con sus camisetas rojiblancas amarilleadas por el albero. Pero esta vez no me animaban, no me levantaban del suelo y me daban palmadas en la espalda. Esta vez se acercaban a mí y los rivales tenían que detenerlos. Uno me agarraba de la camiseta a la altura del pecho. “Hijo de puta” me dijo mi mejor amigo en el vestuario, un central muy negro y espigado que admiraba a Juanma López y lo imitaba en los partidos de casa. Borja, nuestro delantero estrella y que acabó de pichichi en esa temporada, me dijo: “Hemos perdido por tu culpa, por tu puta culpa”.

Me desperté dando bocanadas como un pez orillado. Me costaba respirar. Abracé a María pero no le conté nada. Me refugié en su plácido sueño. Esta mañana pensé en que la vida es ese partido. El mismo miedo al error. Pero aquí ya no me abraza un vestuario. Aquí ya no me anima el entrenador. Estoy solo, bajo los palos, después de haberme equivocado. El mismo cansancio, las mismas carnosas heridas al frotar los muslos contra la arena áspera de la infancia.

Así que vivir era esto, salir por alto en un córner y tratar de agarrar un balón que apenas ves. Sobre la presencia enemiga, alzándote entre futbolistas que no quieren que alcances ese balón. Que quieren que falles, que no celebres nada, que sobrevivas arrodillado en una esquina del campo maldiciendo los errores. Sin mirar más arriba. Ese balón que se escapa, ese fallo que te condena a la tierra y a un laberinto en el estómago, el de los nervios y el miedo.

Eso aprendí. Que no hay partido de Copa donde redimir los errores. Lo aprendí con 16 años. Lo he aprendido hoy. “Todas las decisiones tienen sus consecuencias”, dijo mi madre. Creo que ya la he perdonado por haberme quitado del fútbol cuando más feliz era. Aprendí, de golpe, de qué va todo esto. A qué nos exponemos cuando salimos al campo. Al campo que es vivir, siempre con los pantalones zurcidos y los tacos desgastados.

 

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com

4 Comments

  1. Israel

    24 de febrero de 2016 a las 11:42 pm

    Antonio ¿Vas a escribir algún dia algún libro sobre el futbol y la vida? Si lo haces, anuncialo por acá, y dinos donde comprarlo online, porque seguramente será un buen libro.

  2. Antonio Agredano

    25 de febrero de 2016 a las 8:09 am

    @Israel

    Ya escribí uno,hablando de mi vida y mi equipo, el Córdoba C.F. http://www.librosdelko.com/products/en-lo-mudable

    Quizá escriba alguno más en el futuro, pero de ese hay menos certeza.

    Gracias!

  3. Israel

    25 de febrero de 2016 a las 10:12 pm

    Gracias por el enlace!!

  4. jjsanchog

    27 de febrero de 2016 a las 1:22 pm

    Cada día escribes mejor gachón! Un post muy en la línea de la serie (incompleta) de “El futbol y yo” de Dadán Narval