Torres y el cielo

torresHay que reconocer que la imagen que en el verano del año 2000 inundó las vallas publicitarias de Madrid y sus autopistas de circunvalación era potentísima: sobre unas enormes llamaradas que podrían servir igual para anunciar un estreno de acción o una cadena de restaurantes de comida rápida, se recortaba la figura de un Kiko Narváez en acrobática postura animando a la deprimida parroquia colchonera a abonarse para ayudar a su equipo a superar “un añito en el infierno”. Luego sí, la letra pequeña dejaba caer que en Segunda nada iba a ser fácil, pero nadie lee nunca la letra pequeña: la idea que quedó en el imaginario colectivo fue la de que la temporada siguiente iba a ser poco más que un trámite antes de volver al cielo de la liga de las estrellas. Y lo cierto es que la campaña de socios resultó un éxito incontestable (tanto para el Atlético como para la agencia publicitaria Sra. Rushmore), pero parece que el arrogante eslogan irritó a los dioses del fútbol: ¿cómo que un añito?

Batido el récord de abonos llegó el momento de empezar el tránsito por el Hades, y las tres derrotas en los tres primeros partidos bastaron para que, ahora sí, todo el mundo fuera consciente de que el infierno de la Segunda quemaba de verdad y no iba a soltar tan fácilmente el alma atlética. El primero en comprobarlo fue el entrenador Fernando Zambrano, que cayó abrasado en la jornada 5. Otras tres derrotas consecutivas entre las jornadas 33 y 35 dejaron a Marcos Alonso en la cola del paro y al equipo anclado en la quinta plaza, sin haber olido en todo el año los puestos de ascenso y pendiente ya casi sólo de un milagro. Pero entonces, cuando peor pintaban las cosas, el Atlético encontró algo por lo que ilusionarse, un rayo de luz entre las tinieblas: más o menos por las mismas fechas en las que el primer equipo embarrancaba, un canterano de 17 años recién cumplidos se presentaba en sociedad en el Europeo cadete liderando a la selección española en su camino hacia el título. El chaval era alto, rubio y metía goles. ¿Qué más se le puede pedir a un mesías?

Si casi todo estaba ya perdido, pensaron en el Calderón, por qué no poner ya al niño. Y a finales de mayo, después de un triste empate en Lleida que acabaría resultando definitivo, Carlos García Cantarero tuvo que ceder. Fernando Torres debutó en casa en la jornada 39, jugando un rato en la victoria contra el Leganés que colocaba cuarto al Atlético; en su segundo partido, jornada 40, saltó al Carlos Belmonte en el minuto 73 reemplazando a un Kiko Narváez al que las llamas de los carteles habían terminado por alcanzar: 32 partidos jugó ese año el jerezano, sin marcar gol alguno. Toma infierno. Precisamente aquella tarde en la que suplió al ídolo que caía, porque las cosas de los símbolos funcionan así, el niño inició su particular cuenta, esa que acaba de superar la centena: siete minutos tardó Torres en aparecer de no se sabe dónde para meter su cabecita de querubín y conseguir el gol de la victoria ante un rival directo, un tanto que mantenía vivo el sueño del ascenso y empezaba a cimentar las bases de su leyenda.

Por supuesto, el Atlético no subió aquel año. El cruel castigo a la prepotente campaña de marketing fue acabar cuarto empatado a puntos con el tercero, el Tenerife, por lo que tuvo que pasar otro añito picando piedra en el inframundo. Lo demás ya nos lo sabemos: el niño se hizo grande más rápido que su Atleti, le clavó al Betis el gol del cartel de Kiko y a los 23 años voló del nido buscando unos títulos que al final también acabaron regresando al Calderón, aunque antes que él. Posiblemente sean estos sus últimos meses en el club de sus amores. Probablemente su hueco lo acabe ocupando otro niño prodigio de la cantera atlética y las selecciones inferiores, uno que completa ahora en Eibar una larga mili y que volverá al Manzanares, porque las cosas de los símbolos funcionan así, precisamente a la edad a la que Torres tuvo que irse por primera vez. Pero la de Borja Bastón es, será, otra historia. Fernando Torres, el niño que se bautizó en el infierno, sabe que está a unas pocas carreras (ya no digo goles) de alcanzar su cielo particular: ganar algo con la rojiblanca. Y fuera de la Copa, tal vez ya demasiado lejos en la Liga, el de la Champions se perfila ahora como el camino principal y casi único para lograrlo. En realidad él no se irá nunca (porque las cosas de los símbolos funcionan así), pero levantar la orejona no sería una mala despedida. Tampoco será fácil, claro: si lo fuera no estaríamos hablando ni de Torres ni del Atlético de Madrid.

Palencia, 1984. Nunca llegué a debutar en Primera.