El penalti de Baggio

Football - World Cup 1994 , Final , Italy v Brazil (2-3 Pens) , 17/7/94 Roberto Baggio - Italy kisses the ball before taking the final penalty Mandatory Credit:ActionImages / Action Images

Ayer aproveché el Día de los Enamorados para hacerle a mi chica una gélida confesión. “Tengo miedo”, le dije mientras compartíamos tostadas en el salón de casa. Un hogar a medio construir, con la bienvenida fría de los pisos que han pasado demasiado tiempo vacíos, huérfano de Ikea aún, como un puzle de muebles viejos y recuerdos que no son nuestros. Con humedades por descubrir y ruidos inencontrables. Uno de esos pisos de prestado donde arrastramos el amor y los sueños de futuro. Uno de esos pisos que ya conocía del pasado y que se clavan en el corazón y penetran en la conciencia recordándote, como el esclavo al emperador romano, que mirara hacia atrás y recordara que sólo soy un hombre.

Tengo miedo, le dije, de fallar el penalti. O a que tú lo lances fuera. A que todo dependa de nosotros y no estemos a la altura de lo que esta nueva vida necesita. Con muchas cajas aún sin deshacer, con ese aroma de tránsito que tienen los pisos alquilados, donde parece difícil echar raíces, sin la certeza aún de los contratos. Como si el papel y los garabatos blindasen el amor de alguna manera. Esa educación de la propiedad. De lo nuestro. Mientras vivimos en la duda permanente de un amor que se acomoda a los espacios como el agua de la piscina en los oídos. Hasta doler.

“¿Recuerdas a Baggio?”, le dije. Por supuesto que lo recuerda. Es su jugador preferido. En su último cumpleaños le regalé una camiseta de los azzurri. “Ese penalti fallado en Estados Unidos frente a Brasil. Fallar ese y saber que no habrá más. Que jamás volverá a tener la posibilidad de llevar a su equipo a ganar el Mundial. Que jamás volverá a levantar esa Copa”. “Después jugó otro Mundial”, contestó, “pero los eliminaron en cuartos”, concluyó. Y nos abandonamos al silencio.

“Da igual cuántos Mundiales juegues. Sabes que hay uno en el que puedes ganar. Los otros están ahí, sin más. Puedes brillar puntualmente, marcar goles, ser momentáneamente feliz. Pero hay uno, y sólo uno en la vida, en el que la Copa puede ser tuya. Y ahí no puedes fallar. Y me siento como Baggio mirando el balón y Taffarel en la portería”. Las tostadas se enfriaban en el plato. El café dejó de humear. La tele muteada vomitaba un programa de zapping.

Cómo explicar el abismo. Cómo explicar el espacio definido por la ausencia. Tengo miedo. Un miedo atávico a perderlo todo. A jugarme la vida a una sola historia. Sin trucos, sin matices. El futuro y sus fauces. Tengo el amor como un niño que se cree invencible con armadura de cartón. Y piensas: de qué sirve el amor, qué garantías, qué medidas, qué camino me traza el amor que no se abra ante árboles negros como en un bosque tenebroso de Disney. Qué me espera. Cuándo deja de dar miedo el abismo.

Encaro la pelota con decisión. Ella también. En un piso desconocido apenas abierto a nosotros. En una casa donde la duda cuelga del techo como las lámparas tardofranquistas que el casero colgó con desgana. Yo la amo y ella me ama. Ojalá el balón vaya a la red con la certeza de un sentimiento certero. Pero he fallado tantos penaltis. Me han adivinado tantas veces la trayectoria del balón. He tropezado antes de golpear, resbalado, lanzado blandamente a las manos del portero. Y ahora, como Baggio, miro el balón con la incertidumbre del gol.

Con la mayor de las dudas: la del futuro compartido. Le digo “el miedo no me paraliza. Sólo quiero que sepas que me siento como un futbolista antes de tirar el definitivo”. “Yo también”, me contesta. “¿Cómo vas a lanzarlo tú?”, le pregunto. “Esperaré a que el portero se delate y lanzaré suavemente al lado contrario –me contesta-. ¿Y tú?”. Apuro el café frío y giro el plato sobre la mesa. Pienso en cómo tiraría el penalti de mi vida. Pienso en la grada silenciosa. El olor del césped. La respiración contenida de los rivales detrás de mí. La luz cayendo disciplinada sobre mi camiseta sudada. El portero ligeramente encorvado, mascando el salto, mirando la bola hipnóticamente. Pienso en cómo duelen los músculos. En la victoria. En la derrota. “Yo lo lanzaré de punterillo y con los ojos cerrados, y que sea lo que dios quiera”. Sonríe. Untamos mantequilla en la tostada. Celebramos el amor sin saber aún si el balón dormirá en la red tras el golpeo sordo, un instante antes de que el estadio grite de alegría o llore de tristeza. Ese segundo único que emparenta el fútbol con el amor, ese precipicio del corazón que precede a los momentos inolvidables.

Italia en Nueva York. Italia en Boston. Italia en Pasadena. La coleta de Roberto Baggio danzando al sol californiano. Un penalti y una gloria que tuvo que posponerse. Un recuerdo, amargo, que puedes encontrar en Classic Football Shirts (junto con otras joyas de aquel Mundial norteamericano), la tienda online especializada en camisetas de fútbol de todo el mundo.

italy-94-home-use_14_2_1_1_1_2_1_1_1_1_1_1_2_1_1_1_1_2_2_1_1_1_1

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". antonioagredano@outlook.com www.futbolistascalvos.com

6 Comments

  1. Ivan

    15 de Febrero de 2016 a las 1:28 pm

    Genio, “y llegó Messi y os demostró que un penalti también se puede lanzar juntos, lo tiro a un lado y tu lo metes que a mi me da la risa”

  2. Álvaro

    15 de Febrero de 2016 a las 7:04 pm

    Grande.

  3. Vilík Klika

    15 de Febrero de 2016 a las 7:37 pm

    Gran artículo.

  4. Full Norbert

    15 de Febrero de 2016 a las 10:53 pm

    Pensé que le ibas a pedir que se casara contigo, o algo. Buen artículo.

  5. titus

    18 de Febrero de 2016 a las 11:57 pm

    Da gusto leeros

  6. Kurono

    19 de Febrero de 2016 a las 5:01 am

    El penalti de Baggio, o como un héroe puede claudicar en el último intento. Interesante tu visión.