Los listos y los bárbaros

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Los estadios son sitios pequeños con sus manías, sus rituales y sus impostores. Pequeñas sociedades con dioses efímeros, leyes más efímeras todavía y liderazgos volátiles en la grada. Marvin Harris no hubiera necesitado salir de su Brooklyn natal si se hubiera aficionado a ir al fútbol cada dos semanas. Todo está en las gradas. El poder, la concupiscencia y el engaño. Los abusos, el ostracismo y la estupidez.

Criticaba un amigo airadamente, en su asiento de gol norte, el lastimoso juego del Córdoba cuando alguien le recriminó, con un tono conciliador que no escondía su invasivos argumentos, que el Córdoba iba tercero y que le diera tiempo y que peor estábamos hace un año y que al estadio se iba a animar y no a criticar a los suyos.

Anuncié en Twitter que iba al estadio una tarde y que ya había comprado mi paquete gigante de pipas Arias Lizano cuando alguien me escribió diciéndome que al Arcángel se iba a animar y no a comer pipas y que los aficionados de verdad no comían pipas.

Fue mi hermana una tarde conmigo al estadio y balbuceó el himno, porque no se lo sabe todavía, mientras que todo el Arcángel cantaba a capela eso de “Infinita pasión por mis colores…” cuando le dio por aplaudir en el estribillo final de la canción. Notó como desconocidos cercanos le silbaban y abucheaban porque, por lo visto, no se puede aplaudir rítmicamente el himno por un motivo que aún nadie ha sabido explicarme.

Con tal profusión de normas me hicieron sentir un extraño en el estadio que siento como mi casa. Tengo un carnet de abonado, como todos aquellos que legislan la vida en las gradas. También me tomo mi tiempo en acudir al estadio. Me gasto mi dinero para llegar hasta allí desde Málaga, donde vivía, o Sevilla, donde ahora vivo. También sufro, peno y trago pelo en la garganta si marcan en contra. Y grito y abrazo al que tenga al lado si marcamos.

Soy de la cofradía de hacer lo que me de la gana en cada momento, siempre y cuando no fastidie al prójimo. Será la educación católica que recibí hasta que me apunté a eso de la Ética en el colegio. Que viene a ser lo mismo: una moral del individuo en un entorno agresivo. El difícil encaje de las piezas. Sentir la vida como una carrera de obstáculos que hay que ganar sin perder la sonrisa. Me esfuerzo en que cada palabra que diga esté medida y que cada cosa que haga contemple las consecuencias. Si hago daño es porque quiero hacerlo. Y si no quería hacerlo, me disculpo e intento reparar la ofensa. Me muevo entre la gente como un esquiador alpino en descenso irrefrenable.

Voy al fútbol como quien va a una fiesta a la que no ha sido invitado. A beber y pasarlo bien sin necesidad de conocer a nadie. Si hago amigos, los abrazo. Si no me hablo con nadie, no me enfado. Soy lo que puedo llegar a ser en mi asiento, con mis pipas y el insulto fácil que se me cae de la boca en los partidos como a un bebé las babas en el hombro de su padre.

No entiendo a todos esos que quieren controlar la pasión de los demás. Domesticarla. Llevarla a su terreno. Coreografiarla para decir: yo fui coreógrafo de ese baile. Yo fui. Yo soy. Yo. Yo. Y muchas veces yo. Porque hay en la legislación espontáneo un profundo sentimiento narcisista, de creer que somos por encima de los demás. Porque yo veo el fútbol así, así es como se tiene que ver el fútbol.

Cuando mi amigo insultó a Víctor Pérez sabía perfectamente que hace un puñado de años estábamos en Segunda B. Lo sabía porque él estaba allí con su hermana y su primo haciéndose kilómetros en un autobús arrastrando su deseo de victoria por campos municipales de Jaen, Murcia o Almería. Y si como pipas es porque me calman los nervios. Los nervios por ver jugar a mi equipo. Y si mi hermana Mari Carmen aplaude el himno lo hace porque quiere sumarse a una fiesta que hasta hace un año no conocía y que ahora le anima los fines de semana y aplaude porque es feliz de estar allí, en un estadio, con más gente, apoyando a un club que ha empezado a sentir como suyo.

Estoy cansado de todos esos jefes tribales que abundan en los estadios. No solo en el Arcángel. También en el Tartiere, o en Castalia, en el Sánchez-Pizjuán o en San Mamés. La vida no puede ser oponerse a la vida de los demás. La invasión del tiempo y el espacio ajeno para reforzarse a sí mismo. Desunir en vez de unir. Romper en vez de arreglar. El ego por encima del nosotros.

Ya no son solo los titiriteros. Es el perro Excalibur, los Reyes Magos, la foto de Aylan, Pedrerol, los trajes de Pablo Iglesias, las palabras de Piqué, John Cobra en Eurovisión, Babunski, los silbidos al himno, los que ven Gran Hermano, los que no lo hacen, los que llaman muffins a las magdalenas, las barbas, los shorts, las mierdas que a diario se comparten en Facebook, los veganos, los carnívoros, los ateos, los cofrades. Vivimos en la época de la invasión del otro, de la moralidad cercenadora, de la imposición, de las normas blandas. De las afrentas. Del “eso que dices me ofende”. Del “usas un tono agresivo”. Del “mientras tú hablas de fútbol están muriendo niños”.

Somos pequeñas aldeas ajenas al progreso. Los estadios, con sus tótems, sus jefecillos, sus palmeros. Rituales de la nada. Pasión excluyente por mis colores. Qué cansancio la existencia. Qué difícil desconectar del mundo. Salvo en el gol. El gol que nos consuela, el gol que tapona la herida. Y después vuelta a la realidad. A la insoportable convivencia en la bancada local. Intentando hacer lo que uno quiere sin que nadie venga a decirle lo que debe hacer. Los listos. Los listos me convierten la sangre en asadura. Los que siempre saben todo. Los que eligen. Los que quieren mandar. Los listos me hacen ser bárbaro. Me obligan a calzarme las pieles y las hachas. Si esos son los listos, yo prefiero ser de los demás, de los que no saben, los de la anarquía y el culto al sol. Los otros.

Los estadios: repúblicas bananeras del ánimo. Cunas del odio y el amor. Amargo y dulce como un yogur caducado. Frio y caliente como un potingue de Durex. Enormes y pequeños. Atestados y solitarios. El fútbol es la celebración del individuo, somos los bárbaros.

 

 

 

Antonio Agredano. Córdoba, Málaga y ahora Sevilla. Escritor y músico. Autor de "En lo mudable" un libro sobre el Córdoba CF en la colección Hooligans Ilustrados de "Libros del KO". Escribe en El Mundo y publica sus movidas más personales en www.futbolistascalvos.com

5 Comments

  1. Víctor

    9 de febrero de 2016 a las 11:35 am

    bien, en general. pero una cosa es comer pipas o hacer palmas cuando te salga de los huevos y otra es insultar a un futbolista de tu equipo mientras juega. la vida no puede ser oponerse a la vida de los demás, vale, pero tampoco puede ser no oponerse en nada a la vida de los demás. sin hacer daño, ahí está el límite, lo señalas bien. con el insulto se daña al jugador y se daña al equipo.

  2. Kurono

    9 de febrero de 2016 a las 9:28 pm

    Si tus futbolistas lo hacen bien, aplaudes y vitoreas. Si no le salen las cosas un par de veces, pero tienen ánimos, animas y contagias. Si empezaron bien y luego anímicamente se caen, tratas de animarlos, claro, si muestran actitud los animas más, y si ya no vuelven anímicamente al partido, lo mejor es no hacer pitos o vítores.

    Pero claro, llegas a pagar tus 70 euros por una entrada y “tu equipo” se arrastra ridículamente dando vergüenza infinita y lo peor, sin actitud de nada, a mi me parecería hasta inaceptable que una afición se dedique sólo a animar cuando se denota desgana en los jugadores, como si no les pagaran por al menos intentar jugar bien. No insultos o agresiones, pero sí que la gente tenga el derecho de criticar con una silvatina si el “espectáculo” estuvo horrible.

  3. marta

    10 de febrero de 2016 a las 2:00 pm

    Bravo

  4. Full Norbert

    10 de febrero de 2016 a las 11:06 pm

    Lo clavas en el antepenúltimo y el penúltimo parrafo, que no deja de ser el clásico conmigo o contra mí. Esto lo utilizan ahora las minorías, sea la que sea, que desprecian y miran por encima del hombro a los que no somos como ellos. Y empiezo a estar hasta los huevos de tanta lección moral.
    Y ya lo del tono agresivo y el eso me ofende, es que ha llegado un punto en que no se puede criticar nada salvo tres cosas: el fútbol, la prensa del corazón y los políticos, el resto, ni se te ocurra tocarlo.

  5. tubilando

    10 de febrero de 2016 a las 11:56 pm

    La censura suele ir precedida de alguna introducción del tipo “Yo respeto todas las opiniones, pero…” (la mía no, claro); “Los que somos demócratas…”; “Los que amamos la libertad…”; “Los que vamos siempre con la verdad por delante…”

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